Segundos, minutos, horas…

Por Clara Zapata Tarrés / La Liga de la Leche A.C.

Hace unos días, una de las mujeres que me inspiran para continuar en este camino de la lactancia, compartió un texto sobre la delicia que es dormir con los hijos. Y hace otros días, extrañé mucho a mi mamá, que está lejos de mí. Tengo 43, y a veces, cuando voy a visitarla, dormimos la siesta juntas. Sin que se dé mucho cuenta, le doy mi mano para que la abrace, mientras yo disfruto de sus ojos descansados y su aliento a perfume francés.

Cuando estoy acá en mi casa, y desde que nacieron mis dos hijas que tienen 9 y 7, puedo estar loca todo el día, manejando, haciendo ejercicio, llevándolas a todas partes, haciendo de comer, trabajando un poco… Pero llega la noche y espero con muchas ganas el momento de dormirlas. Es el silencio, los apapachos de los párpados somnolientos, las últimas miradas de amor, las respiraciones que se unen en un solo latido, y llega el amor con toda su potencia. Durante la noche, me empujan, me dan patadas, pero más me abrazan y sueñan acompañadas. Es el segundo, minuto u hora que me siento más útil, más amada, más completa, porque sé que conmigo a su lado, es suficiente. Ahí, lo tienen todo. No me piden nada, solo mi tacto. Segundos, minutos, horas… El tiempo se evapora para volverse infinito. Y es que percibir este universo que nos da el sueño es una cuestión de abrir el corazón, que a veces no es tan fácil.

Al otro lado de la puerta de mi casa y de mi intimidad, está la vecina, luego, la amiga, la compañera, el médico, la enfermera, la suegra e incluso la propia madre. También en la librería se encuentra en el estante más importante, el famoso libro que quiere convencerme del método más antiguo y permanente de cómo dormir a los hijos desde el día uno, solos, o quizás desde los 6 meses; y también está la psicóloga que me dice las grandes y abismales consecuencias de dormir juntos, de la poca autonomía que tendrán los cachorros e incluso de los problemas emocionales, sexuales y físicos que conlleva esta práctica… Pero, ¿de verdad es así?

En mi propia familia hemos visto que todo pasa… con mis compañeras líderes o amigas cercanas, los niños se alegran en algún momento acerca de viajar a otro cuarto cuando ellos lo decidan… no es eterno… Luego dormiremos quizás con nuestra pareja o con algún amigo… pero esa brecha de tiempo de dormir solos, en realidad es más corta… y luego, ya más viejos tal vez hasta preferiremos dormir solos, para poder expandir nuestras piernas a lo largo de aquel rectángulo y otros días querremos dormir empiernados, de cucharita, de sillita, o apretujados…

Cuando un bebé nace, lo único que querrá es dormir calientito, cobijado, acurrucado como en su bolsita, como un canguro, un tlacoache o un koala. Jamás preferirá dormir solo en una cuna que es demasiado grande o entamalado en una cobija… Idealmente lo que va a desear con tanto gusto y placer es dormir pegado a los pechos de su madre, escuchando el corazón, oliendo su esencia, oyendo atento su voz que lo calma, que lo acaricia en cada vibración, que lo cuida y los apapacha. Será el lugar perfecto. Y ¿qué pasará con esa madre? Que quizás al principio se pregunte sobre la posibilidad de tener un ser tan indefenso… pero al pasar los segundos, los minutos y las horas, se dejará conquistar por este ser que la quiere sin ninguna explicación y entonces vendrá el infinito del amor. Nada sobrará, todo estará en su lugar. Los enojos, tristezas, el miedo, las locuras, los vaivenes y las soledades, se calmarán para dar paso al equilibrio y tranquilidad que da el silencio, el abrazo y el amor incondicional.

Clara Zapata

Soy Clara, etnóloga chilena-mexicana. Tengo dos hermosas hijas, Rebeca y María José, con Joel, mi regiomontano amado. La libertad y la justicia son mi motor. Creo plenamente en que la maternidad a través de la lactancia puede crear un mundo más pacífico y equitativo y por eso acompaño a familias que han decidido amamantar. Amo la escritura, la cultura y la educación.

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