Por: Mabel Morales
Cuando el amor se va sin despedirse, el verdadero trabajo comienza dentro de uno mismo. Tu forma de soltarme fue lenta, dosificada, casi como una agonía silenciosa. Hoy entiendo que quizá fue la manera que encontraste para hacerlo más fácil para ti. Al final fui yo quien tuvo que ponerle palabras a lo que estaba pasando. Quien tuvo que mirar de frente una verdad incómoda: ya no estábamos conectados.
Al principio pensé que todo era una pausa. Una especie de broma del destino. Creí que, si te daba tiempo y espacio, reaccionarías. Que recordarías eso que alguna vez pareció tan real entre nosotros. Porque yo pensaba que no solo existían el deseo, la admiración mutua y la atracción física. Creí que también había algo más profundo… algo que se parecía al amor.
Tal vez fui ingenua. Tal vez me dejé envolver por la idea de un “nosotros” que en realidad solo vivía dentro de mí. Hubo días en que te lloré a mares, incluso sin que una sola lágrima saliera de mis ojos. El insomnio, la ansiedad y esa sensación de falta de aire aparecían cada vez que mi mente volvía a la misma pregunta: ¿En qué no fui suficiente? Y fue justo en ese momento de mayor vulnerabilidad cuando llegó la enseñanza más importante de esta historia.
Frente al espejo comprendí que, de alguna forma, también fuiste un maestro. Aprendí que el amor no se persigue ni se suplica. El amor se sostiene, pero no se soporta. Aprendí que la reciprocidad pesa. Y que cuando del otro lado ya no existe interés por quedarse ni espacio para acompañarse, no hay esfuerzo que pueda salvarlo. También entendí algo que antes olvidaba con frecuencia: no tengo que complacer para merecer que me amen bonito.
No sé si alguna vez me entregaste un pedacito de tu corazón o si todo lo que sentí fue solo una ilusión bien construida. Lo único claro es que dejaste de sentir por mí lo que fuera que sentías. Pasaste de ser mi lugar seguro a convertirte en una necesidad. Tal vez por costumbre. Tal vez por miedo a aceptar que algo estaba terminando. Y en ese proceso, sin darme cuenta, empecé a perder mi paz.
Hoy, con la distancia y con el corazón en reconstrucción, puedo mirar nuestra historia con más calma. Y lo primero que aparece es la gratitud. Gracias por los momentos compartidos. Por creer en mí cuando ni yo misma lo hacía. Por verme tal cual soy, con mis luces y mis sombras. Contigo pude ser transparente, sin máscaras.
Hoy sé que quiero vivir el amor de otra manera. No a medias, no por momentos. Quiero amar y ser amada con presencia, con intención, con reciprocidad.
No te odio. Jamás podría hacerlo. Te deseo felicidad y plenitud, aunque ya no quieras compartir tu vida conmigo. Hoy te suelto con amor. Y al hacerlo, también me estoy eligiendo a mí. Porque soltar no siempre significa dejar de amar. A veces significa aprender a amarse primero.
Nunca imaginé escribir una despedida como esta. Y siendo honesta, ni siquiera estoy segura de que realmente lo sea.
Porque tu silencio me dejó como un barco a la deriva, intentando comprender qué pasó dentro de tu mente, dentro de tu corazón, dentro de tu vida.
Pero esta carta ya no es para ti. Es para mí. Para darle un lugar a tu ausencia. Para comprender tu silencio. Para sanar. La vida es movimiento. Es energía que cambia de forma, igual que el amor.
Algunas veces este camino sin ti se siente como una montaña rusa. Hay momentos en que todo se mueve lento y puedo disfrutar el paisaje. Otros en los que la velocidad me asusta y quiero bajarme. Pero incluso en esos momentos aparecen pequeñas luces que me recuerdan que la vida sigue invitándonos a subir de nuevo.
Yo creía que envejeceríamos juntos. Tal vez de alguna manera sí lo hagamos… pero solo en la memoria, en los recuerdos que siguen viviendo dentro de nuestro corazón. Tal vez cuando vea la luna, el sol o las estrellas. Tal vez cuando visite esa ciudad que tanto recorrimos. O cuando escuche esas canciones que cantábamos a todo pulmón. Tal vez cuando llegue cada 4 de julio. Quizá en esos momentos vuelva a pensarte. Y estará bien. Porque amar también deja huellas.
Hoy sigo aquí, en medio de pensamientos y emociones que todavía se acomodan. Sanando. Aprendiendo.
Sosteniendo la esperanza de que algún día volveré a vivir un amor bonito.
Dedicado a todos quienes alguna vez han sentido su corazón romperse y atraviesan su duelo en silencio.
MM