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Dar y recibir es lo mismo

Por Valeria González

Desde el mundo de la forma de la materia, donde creo que soy un cuerpo, si yo tengo dos manzanas y te doy una, me quedo con una. Ahí ciertamente dar y recibir no es lo mismo.

¿Cómo va a ser lo mismo? Si tengo 100,000 y te doy 20,000, me quedo con 80,000. Así es en el mundo de la materia, matemáticas. Habrá otros que argumenten desde la metafísica que, si das, es porque sientes que te sobra y entonces eso es lo que lanzas al universo y eso es lo que recibes. Pero, ¡qué difícil sentir eso, si me estoy quedando con menos! Es imposible entender este concepto desde el mundo físico, ahí lo que te doy ya no lo tengo, por lo que en esta lógica empiezo a acumular para tener.

Para tener más, da todo a todos.[1] Dice Un Curso de Milagros. Bajo la perspectiva de la forma esto es imposible, pero hay otra manera de ver las cosas, en el mundo de la mente, en el mundo espiritual dar y recibir es lo mismo y entre más doy, más recibo.

Cuando insulto a alguien, cuando doy una ofensa, estoy pensando en esa ofensa y lo más importante, estoy sintiendo ese enojo, esa ofensa. Lo siento al mismo tiempo que la doy. Si pienso en vengarme o desquitarme de alguien, estoy sintiendo ese resentimiento dentro de mí. Si abrazo a alguien, en realidad me abrazo a mí misma porque estoy sintiendo la intención con la que doy el abrazo. Si bendigo o veo a alguna amiga con amor, al momento de verla así, estoy sintiendo ese amor. Si veo a mi familia en paz, estoy sintiendo esa paz. Si veo que mi ciudad está sucia, descuidada, e insegura, estoy sintiendo ese pensamiento, siento la inseguridad, la suciedad. En cambio, si percibo a mi ciudad limpia, segura, eso es precisamente lo que estoy sintiendo al verla así. Siento lo que elijo pensar, lo que elijo dar. Dar es pensar, dar es percibir, doy un pensamiento.

Ayer tuve una confrontación con mi hija, ella quería vestirse de una forma y yo pensaba que definitivamente no se podía vestir así. La juzgué, (no importa si no se lo digo, el chiste es que lo pensé), le di a mi hija el juicio de “eso que haces está mal” ¿qué sentí cuando lo estaba haciendo? Sentí el juicio dentro de mí, sentí contrariedad, ganas de controlarla porque pensaba que lo estaba haciendo mal, para nada me sentí en paz y armonía al momento de hacer mi juicio. Lo que experimenté es el pensamiento que tuve, es el pensamiento que di. Después me di cuenta de mi percepción y corregí el pensamiento “¡wow! que tesón y voluntad tiene esta niña”, qué diferente sentí al pensar eso, estoy dando cualidades y confianza, y estoy recibiendo esa confianza. (Eso no significa que se vistiera como ella quería en esa ocasión, ya que era el uniforme y en el colegio hay reglas, pero no hubo una mamá gritona esta vez).

Lo único que siento es la percepción que he elegido, el pensamiento que decido sostener y experimento los efectos de dicha decisión. No puedo dar sin recibir lo mismo. ¿Qué es dar? Dar es pensar, ver, percibir. ¿Qué pienso? ¿Qué veo en el mundo? ¿Qué percibo en los demás? ¿Le doy juicios a esa circunstancia, a los demás, a mí misma, al mundo, al pasado, al futuro? Al pensar, al ver, estoy dando. El sentir es el recibir. “Dar y recibir son en verdad lo mismo”. Y pedir y dar también es lo mismo.

Dice un Curso de Milagros: Si quieres sentir paz, ofrece paz a todo el mundo, si quieres sentir sosiego, ofrece sosiego a todo el mundo, si quieres sentir ternura, ofrece ternura a todo el mundo. Te darás cuenta que recibes una retribución exacta, pues eso es lo que pediste.

Y en realidad lo que me importa es el cómo me siento, la forma se vuelve intrascendente si lo que siento es felicidad. ¿Quién es más feliz, una señora que vive en primer mundo y es muy feliz, o una señora que vive en el tercer mundo y es muy feliz? ¿Quién es más feliz, un niño sano que es muy feliz o un niño con un síndrome que es muy feliz? ¿Quién es más feliz, un rico que es muy feliz, o un pobre que es muy feliz? Desde el punto de vista de quien observa (de la separación) puede “medir” o “juzgar” lo que es mucho o poco, o si es más feliz el que vive en el primer mundo, o que un niño sea “normal” es más feliz, pero para el que lo está viviendo, feliz es igual a feliz. La forma se vuelve insignificante.

Qué importante es esto, doy pensamiento y percepción y recibo sentimiento.

Empiezo a comprender que no existe un mundo separado de mí, que todo está en mi interior, y que soy libre de dar (ver, percibir, pedir) lo que quiera, pero eso que decida dar es lo mismo que recibo. No soy víctima del mundo que veo, soy responsable.

¿Qué voy a elegir dar desde esa libertad? ¿Qué veré? ¿Envidia? ¿Desigualdad? ¿Limitaciones? Eso es lo que estaré recibiendo. Si elijo percibir espíritu, complitud, abundancia, recibo esa conciencia espiritual. En el artículo anterior hablé de cómo se corrigen los “errores” al reconocer la verdad en mí, mi espíritu perfecto, atemporal y completo. Con este artículo trato de explicar el círculo virtuoso, de ir reconociendo la verdad de amor en mí, y así poder darla, pensarla, percibirla y así se expande todavía más.

Me aquieto, soy amorosa conmigo misma, no requiere esfuerzo, doy con gusto y cada vez más, progresivamente, doy calma, alegría y el resto vendrá solo.

[1] Un Curso de Milagros

Valeria Gonzalez: Valeria González, esposa y mamá de una niña y un niño. Estudió Ciencias de la Comunicación, aunque profesionalmente se ha dedicado a la industria restaurantera. Actualmente se siente feliz siendo ama de casa ya que solo dedica unas horas a la semana a los restaurantes. Inicia su búsqueda o madurez espiritual con Yoga kundalini y más tarde y desde hace casi 4 años con Un Curso de Milagros y ahí dejo de buscar más no de aprender.
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