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Los eufemismos de Ana Negri

Por Clara F. Zapata Tarrés

Me llamo Clara. Casi todas y todos me dicen que es un nombre perfecto para mi porque además de ser nombre, es adjetivo. Soy clara, doy claridad y tengo mis mañanas a veces claras. Puedo ser eufemismo también para algunos. A veces lo cambian, muchas veces. Cla, Clari, Claru, Clarita…

A través de cada palabra, cada metáfora, leo las líneas de este libro intenso: Los eufemismos, de Ana Negri. Leí una reseña. Decía que era una mujer llamada Clara, hija de exiliados argentinos, y que tiene una madre que se vuelve loca poco a poco. Nunca menciona la palabra loca pero así es. Un eufemismo pues. Es un eufemismo ser hija de una madre exiliada. Es un libro que quizás entendamos mejor sólo esas hijas. Y ahí tuve que leer sin parar.

Yo soy Clara, hija de exiliados chilenos y mi mamá se volvió loca también.

Es un libro que habla desde la perspectiva de una hija. Casi no hablamos las hijas. Casi siempre hablamos las madres. Es interesante la mirada. Está sorprendida, está en su mundo particular, está desesperada de ver a su madre en este estado surreal o más bien demasiado real. Tan real como una cachetada no pedida. Tan surreal como la peor tortura no imaginada. El ojo puesto en la hija y cómo mira a su propia madre.

Las que somos hijas de mamás exiliadas sabemos que traemos la carga de las historias que nos contaron, que no vivimos. Es la memoria que nos hace preguntas. Son los libros de historia, los cuentos de sus compañeros, las casas clandestinas, las luces prendidas en las madrugadas, las danzas con Zorba el griego a las 3 de la mañana que crean lazos para la eternidad, la historia de la historia. Es la vida debajo del árbol de Alicia, el mundo por descubrir y el dolor permanente y a veces lejano, desconocido. Es el reloj del conejo que siempre va a prisa. Es el dolor que se hizo propio. Es también el miedo al Otro. El miedo construido y deconstruido. La creación de la propia identidad como una mezcla de sentidos, emociones, sentimientos y lugares de llegada. Es lo que jamás se olvida.

En esta mirada, intentamos hacer nuestra vida, exagerar el acento o meterlo en un cajón con la esperanza de que no resurja de entre las cenizas rojas. Es un letrero en la frente que nos hace ver graciosas y que nadie entiende. Y tratamos de saber qué significa tener esa marca, ese estigma. Desde decir, La Maga, La Clara hasta como dice Negri, no pedir perdón ni decir gracias, muletillas tan cínicas y sarcásticas mexicanas, eufemismos. Tampoco decir “Mande” y ser vistas como maleducadas ante el poder y la autoridad de ese término colonial.

No podemos sufrir porque sabemos las atrocidades cometidas. Es un sufrimiento muy extraño porque supimos que las torturas fueron reales. Exigimos necesidades, sabiendo que debíamos callar de vez en cuando, recordando el recuerdo de esa historia que nos contaron. La historia de segunda mano. No fuimos las víctimas. Creamos algunos personajes y etiquetamos. Protegimos y permanecimos muchas veces en silencio con cara de pregunta.

Después de pasar infancias libres, crecimos. Crecimos como muéganos en general. Comimos pastel de choclo y soñamos con un tlacoyo. Bailamos cuecas en cada festejo y veíamos cumbias o faldas gigantes de baile folclórico. Aprendimos de la identidad propia ya por las adolescencias.

Cada una nos creamos una historia propia y decidimos qué ser. Odiando, floreciendo, amando o reivindicando esa historia. Ahora gritando a los cuatro vientos que eramos hijas de exiliados. Somos. Nos abrimos los horizontes y cantamos las cuecas a todo volumen, moviendo el pañuelo con orgullo y tomando pisco con los amigos compañeros.

Nuestro padre hizo de las suyas y nos contó un día lo que jamás hubiera querido nombrar. Lo obligamos. Yo pedía claridad, como siempre. Y ahí, finalmente entendimos un poco más. Lloramos juntos por primera vez. Contó después su historia a alguien de la burocracia chilena, de sus días en cautiverio con el fin de hacer un libro de más de 3000 hojas con una detallada enumeración de nombres y tipos de tortura. Se llamaba reparación. En el Museo de la Memoria abrimos esa página. Decía su nombre, cuándo lo tomaron, qué tipo de torturas le aplicaron, cuánto tiempo estuvo y qué lugares recordaba. Y seguía otro nombre y otros lugares, y otra tortura, y otro nombre y otro lugar y otra tortura…

Nuestra madre quedaba ausente, contaba con ironía el eufemismo. Reía. Mi madre reía. Un día, ya después de 40 años en México, contó que escuchó un helicóptero y se metió debajo de la mesa de nuestro comedor. ¿Tortura? Yo ni lo recordaba. Quizás era muy chica o quizás mi cajón del recuerdo se encargó de borrarlo para protegerme. Ella estuvo en Chile todo el tiempo, con una hija muy pequeñita, mi hermana, la Maga, buscando por aquí y por allá, desafiando la autoridad como siempre, armándose de valor y enfrentando la mirada y el poder militar. Buscando, buscando pistas. Sola, sola, sola. Mirando de frente, valiente. Hasta encontrar a mi papá. ¿Tortura?

Un día cercano a hoy, igual que la Clara del libro, la madre comenzó a ponerse nerviosa, no durmió y contó cuentos de hombres elegantes que venían a buscarla. Gritaba y enfrentaba a cualquier desconocido. Con su postura y su descarada voz sin filtro, diciendo verdades y mentiras, regañando al que se le parara en frente, siendo muy ella, siendo el eufemismo de la sinceridad. Estuvo encerrada por dos semanas sin hablar más que con mi papá y sus dos hijas. Quería contar a los cuatro vientos su historia de persecución. La adrenalina estaba al tope hasta que se rompió. Durmió por 2 días. En silencio. Queda la conversación pendiente. Hubo quien le creyó.

Hoy sigue la sinceridad, su afán por permanecer eternamente trabajando. Sigue su elegancia andando aunque ya aceptó dejar de usar tacones. Permanece con el mismo perfume, fumando, alegando por su vejez, arreglando eternamente su dentadura. Sigue amando. Es real. Es ella en todas sus facetas. Es mamá. Es mi mamá. Pero es una mujer. Como yo. Con todo lo que implica. Con la historia y su historia a cuestas. Con su feminismo, con su obsesión por trabajar y su obsesión por odiar el trabajo hogareño. Reconociendo lo que amamos la una de la otra, pero también aceptando que nos desesperamos mutuamente de vez en cuando. Hoy, dormimos las siestas tomadas de la mano.

Ana Negri, en Los eufemismos, resume muy bien lo que somos esas hijas. Un desorden ordenado. Una historia inconclusa. La memoria reconstruida con la consigna: ni perdón ni olvido. Esta sí es clara. Clara, como yo.

¿Quieres leerlo?

Clara Zapata: Soy Clara, etnóloga chilena-mexicana. Tengo dos hermosas hijas, Rebeca y María José, con Joel, mi regiomontano amado. La libertad y la justicia son mi motor. Creo plenamente en que la maternidad a través de la lactancia puede crear un mundo más pacífico y equitativo y por eso acompaño a familias que han decidido amamantar. Amo la escritura, la cultura y la educación.
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