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Ya no nos quejemos

Por Elena Hernández

A veces me cuesta trabajo ver la maravilla que tengo frente a mi cada día, al despertar y saberme viva, rodeada de mi familia, de un esposo encantador y unos hijos divinos, divertidos, inocentes, llenos de alegría, de preguntas y de exigencias que, a lo largo del día, lo confieso, me abruman.

Otras veces no distingo la felicidad con mi vista nublada de ocupaciones, el cansancio del embarazo, el desayuno, la comida, la casa, las actividades extracurriculares, la tarea, el juego, la merienda, la hora del baño, la pijama y a dormir, – ¡Ya duérmanse por favor! Y pienso que tendré un rato para mí, para leer, para escribir, ver alguna serie, bañarme “a mis anchas”, esperar a mi marido con una rica y recién hecha cena, pero todo esto se queda en sueños cuando cierro la puerta de sus cuartos y me recuesto agotada en mi cama durante “5 minutos”, -sólo 5 minutos- me digo. Y así desparramada se pasa la noche hasta que suena mi despertador y me doy cuenta que comienza otro día atareado, tedioso, cansado, pero no menos maravilloso.

Y así a veces con todo acumulado, no soy la madre más dulce, ni la más paciente, ni moderada; me transformo en una loca que grita por la cosa más mínima, exploto, mi respiración se acelera, agitada los regaño: -¡Al rincón todos!, y luego de los llantos quejumbrosos viene la calma y se hace el silencio, y es donde me duele el corazón, y me siento culpable, de mi impaciencia, de mi poco control y me justifico: Es que estoy cansada, no duermo suficiente, es que necesito un respiro, es que esto, es que lo otro… y ¿cuántas madres nos hemos sentido así?, ¿cuántas veces?

En ocasiones es una etapa constante, un modo de vida en la que estamos sumergidas, pero en algún momento nos llega la luz, se nos aclara la mente y es donde resurgimos, tomamos aire, y nos ponemos retos: -Ya no voy a gritarles a mis hijos, seré más paciente, más comprensiva, tengo que aprender a elegir mis batallas y no enojarme por todo, al final de cuentas, y es ahí que reflexionamos en esta búsqueda constante del equilibrio entre la crianza, la disciplina y el amor, son niños y en su naturaleza por descubrir el mundo brincan en los sillones, cortan las flores, escalan las cajoneras, prueban su habilidad para servirse ellos mismos un vaso de agua del garrafón, pintan las paredes, exploran el jardín en busca de hormigas, caracoles y lombrices, hacen guerras de tierra o de agua, se quitan los zapatos, la camiseta o los calzones y así, una y mil cosas que se les pueden ocurrir.

Y nosotras queremos que “pase rápido el día” y se acabe el ajetreo, pero no somos conscientes que así como pasa el día se pasa la vida entera. De pronto ya no son niños, ya no quieren un beso o un abrazo, ya no te brincan encima ni te hacen recados o dibujos de amor, ya no eres el centro de sus vidas y cada vez te necesitan menos, te procuran menos.

Pasa tan rápido la vida que añoramos después el tiempo en que los teníamos en brazos, en que nos miraban enamorados, ese tiempo en que son creativos, fantasiosos, inocentes e indefensos, este tiempo que ocurre justo ahora y del que a veces me quejo. ¿De qué me quejo? Después de todo yo elegí estar aquí, y aunque suene contradictorio, todo este arduo trabajo no lo cambiaría por nada, y aquí viene un propósito más a mi gran lista: “Trataré de no quejarme tanto, de disfrutar más las aventuras de mis hijos, de sentirme más agradecida que aturdida, más relajada que agobiada, más feliz que cansada.” ¿Cómo ves? ¿Lo intentamos?

Elena Hernandez: Nací un soleado día de abril, hace casi 36 años, la mayor de una familia que parece común pero no lo es tanto, llena de personajes interesantes como seguro cada familia tiene los suyos. Arquitecta de profesión, madre de corazón y soñadora por convicción. Hoy dejo la puerta entreabierta para que te asomes un poco a mi mundo, mis vivencias, mis alegrías, mis penas, y descubras conmigo este pedacito de mí antes de que se esfume con el viento.
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