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La forma del agua

Por Dona Wiseman

Yo no tengo conocimientos para hacer una crítica o reseña de una película.  Cuando la gente me pregunta qué me gustó o disgustó de una película, mis respuestas tienden a ser irrelevantes al arte cinematográfico.  Cuando escucho a verdaderos cinéfilos o leo alguna columna sobre una película, siempre tengo la sensación de, “¿De dónde sacan todo eso?”

Ayer fui al cine a ver La forma del agua; película obligada en estos días.  Leí que Del Toro le puso ese nombre a la película porque para él el agua no tiene forma, igual que el amor no tiene forma.  Sí, le queda el nombre.

La película es una película “típica” de la chica que se enamora de un monstruo.  Ha habido muchas películas con ese tema, muchos cuentos y así.  Lo que a mí me cautivó de esta película es su colocación en el tiempo.  Tiene lugar en los años 60, años que recuerdo muy bien.  Recuerdo los coches enormes, ya no altos y redondos, como los coches de los años 50, sino bajos y alargados, de líneas elegantes y colores nuevos como “teal”, una especie de verde-turquesa que no todos podían apreciar, así como no apreciamos algunos de inmediato lo que surge en las últimas tendencias de moda.  Recuerdo el tipo de muebles que habitaban las casas en ese entonces; antecomedores tubulares con mesas cubiertas de fórmica y sillas tapizadas en vinil, salas con muebles pequeños que ahora me parecen un poco frágiles, estufas y refrigeradores pesados y redondeados (transiciones entre décadas).

El departamento de la heroína de la película se encuentra arriba de un cine y el acceso es por un pasillo increíblemente estrecho forrado en madera, con tapiz y alfombra con tonos de rojo.  El baño tiene mosaicos gruesos agrietados en paredes y piso, una tina con patas de león.  Las perillas de las puertas son de plástico transparente que asemeja cristal – o me las imaginé así.  Sé que la escenografía de la película ya se ha transformado en mi mente para incluir mis recuerdos de esos tiempos.  De la casa de mis padres – una casa nueva, moderna, pequeña, en los suburbios – y las casas de mis abuelos y otros parientes – antiguas, en las distintas áreas de la ciudad, de ladrillo, con escaleras que llevaban a sótanos y desvanes, con clósets profundos que tenían puertas secretas en el fondo.  Mi mente brinca entre las décadas de los 40 a los 60 en un mosaico de relojes de alarma, ollas de vidrio refractario, marquesinas de cine con letras que se instalaban a mano, instalaciones científicas metálicas, uniformes de intendencia con zapatos de tacón, bolsas de supermercado de papel café, relojes checadores, medias nylon, publicidad pintada a mano, vestidos acinturados con faldas amplias que llegaban debajo de las rodillas, pistolas pequeñas a las cuales sí se les acababan las balas, televisiones empotradas en gabinetes que eran parte del mobiliario, Shirley Temple, racismo, misoginia, la guerra fría…

No sé qué me pasa a veces al ver una película.  He llorado en las películas menos aptas para ello.  Siempre me dejo sorprender.  No busco los presagios ni las prefiguras, aunque esta película anuncia su final en la primera escena.  Siempre me he dejado llevar, o quizás me voy por donde yo quiera y mi mente me lleva.  Me gusta un buen cuento.  Un buen cuento siempre sirve para que hagamos contacto con nosotras mismas.  Siempre.  Este cuento me transportó.  Y amanecí con la necesidad de seguir mi destino, de buscar mis propias branquias.  Por cierto, ¿sabías que un sinónimo de branquias es agallas?  Ya entendí.

Dona Wiseman: Psicoterapeuta, poeta, traductora y actriz. Maestra de inglés por casualidad del destino. Poeta como resultado del proceso personal que libera al ser. Madre de 4, abuela de 5. La vida sigue.
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