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¿ME PODRÁS ACOMPAÑAR?

Por Dona Wiseman

Cuando alguien pierde a un ser amado, o tiene otro tipo de experiencia difícil en la vida, es común que otros contactemos necesidades propias que salen en borbotones.  Necesitamos abrazar, dar palabras de aliento, distraer, entretener, y hasta alimentar.  Son impulsos que nacen de cada uno de nosotros a partir del momento.  Tal vez no soporto ver a alguien más sufrir.  Tal vez me siento capaz de aliviar el dolor de otro.  Tal vez requiero que me sostengan a mí.  Tal vez quiero un lugar de importancia en el momento.  Tal vez no estoy pudiendo con mi propio dolor.  Tal vez no sé cómo reaccionar ante lo que sucede y me dejo caer en una lista infinita de clichés, como proveer de café y sopita, o usar palabras como “ánimo” y “todo va a estar bien”. 

El arte de acompañar no incluye nada de eso.  “Acompañar” significa hacerme a un lado y percatarme de las necesidades de la otra persona, a la vez que busco resolver mis propias necesidades de una manera adecuada.  Hay quienes tienen un sentido especial y se dan cuenta, pueden leer la energía de la otra y sienten un poco de lo que se requiere.  Otras preguntamos.  “¿Necesitas algo?” siempre es buen comienzo.  “¿Cómo estás?”  “¿Cómo te sientes?”  “Voy a ir por café, ¿se te apetece?”  También puedo ponerme cerca, sin invadir.  Me coloco en un lugar donde “estoy a la mano”.

Yo siempre siento que me quieren ayudar demasiado.  Lo siento.  No me cabe tanta cosa junto con mis sentimientos, pensamientos, e impulsos propios.  Termino sintiendo que tengo que atender a quien está buscando ayudarme a mí.  Creo que soy muy egoísta, y omnipotente (puedo con todo).  Me siento fácilmente invadida, pero a veces no alcanzo a hacer suficiente cara de disgusto (la que uso porque se me hace feo decir que no quiero tanta cercanía).  En el pasado me han regañado por decir que no quiero (flores, café, comida, abrazos, compañía), eso que me ofrece alguien con tan buenas intenciones.  Entonces me comporto más políticamente correcta, pero con ganas de salir corriendo (y lo hago con frecuencia). 

Es imposible que sepamos en realidad lo que necesita otra persona.  Quizás si preguntamos nos puede decir, pero es frecuentemente posible que ni esa otra persona sepa lo que necesita o lo que quiere.  Me acuerdo de aquellas veces que llora un bebé y los papás, hermanos, abuelos, y vecinos metiches hacen montones de cosas para resolver el llanto.  Se cansan todos y creo que el bebé también.  El bebé termina más fastidiado que antes y aparte juzgado porque no responde ante tanta atención y sabiduría de las necesidades ajenas. 

Entonces, si me preguntas si me puedes abrazar, te diré que sí.  A veces no será porque es lo que yo quiero, sino porque me siento mal si digo que no.  Si me preguntas si necesito algo, es probable que te diga que no.  Contesto así porque no sé qué necesito y ni siquiera sé si necesito algo.  Si de allí sigues ofreciéndome una lista de cuantísimas opciones de cosas que me puedes traer en el momento, escogeré una, no porque yo quiera (aunque tal vez sí se me termina por apetecer algo de la lista) sino para que ya no me ofrezcas.  Hay personas que no sabemos pedir.  Hay personas que no sabemos necesitar.  El trabajo es doble.  Contemplar lo ofrecido y ver si me sirve o quiero o soporto, y vivir todo un proceso para dar con lo que yo necesito en realidad.

No todas son como yo.  Pero algunas sí, ¿verdad?

Dona Wiseman: Psicoterapeuta, poeta, traductora y actriz. Maestra de inglés por casualidad del destino. Poeta como resultado del proceso personal que libera al ser. Madre de 4, abuela de 5. La vida sigue.
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