Entrevista por NES / Fotografías Karina Briones
Cuando miro hacia atrás, me veo como una niña profundamente feliz. Crecí en Ciudad Valles, San Luis Potosí, con mi mamá y mi papá, en una casa muy humilde, de palma y pisos de piedra, rodeada de árboles frutales: guayabo, naranjo, plátanos, ciruelos, tamarindos. Vivíamos cerca de la familia; salíamos a caminar con mi abuelita, con mis primos, todos juntos. No había mucho, pero había alegría.
Jugábamos canicas, matatena, hacíamos zancos con latas de chile y muñecas con trapos viejos. Muy de vez en cuando, cuando a mi papá le pagaban, nos compraba unas papitas o una Pepsi. Yo no soñaba con “ser algo” cuando creciera; simplemente vivía. A veces me sacaban de la escuela porque me daban mareos —hoy pienso que era anemia o falta de alimentación—, pero aun así mi infancia fue luminosa.
La pérdida que lo cambió todo
Todo cambió cuando mi mamá enfermó de repente. Se la llevaron a Tampico y ya no regresó. A los días nos llamaron para despedirnos de ella. Yo tenía 13 años y mi hermana Martina, ocho. Después de su muerte nos llevaron a vivir a Saltillo con mi hermana mayor, Enriqueta, que ya estaba casada y tenía hijos. Mi mamá nos dejó encargadas con ella.
Fue una etapa muy dura. Mi hermana era estricta, tenía miedo, sentía una enorme responsabilidad. Yo sufrí mucho la pérdida de mi mamá y el desarraigo: una ciudad desconocida, lejos de mi tierra. Lloraba mucho y pedía volver a Ciudad Valles. Esa herida me marcó profundamente.
El amor y la vida en pareja
Conocí a mi esposo siendo muy joven. Él me buscó durante un año; yo le decía que estaba chica. A los 17 nos hicimos novios y un año después se casó conmigo, aunque al principio mi familia no estaba de acuerdo: me llevaba ocho años. Nuestra boda fue muy sencilla, no había dinero.
Los primeros años fueron difíciles económicamente. Los muebles eran usados y modestos, pero nunca faltó comida. A pesar de todo, yo era muy feliz estando casada. Encontré en mi matrimonio un espacio de amor, compañía y estabilidad.
Ser ama de casa: el trabajo invisible
La vida como ama de casa fue pesada. Tuve a mis hijos mayores muy seguidos, el cuidado y el quehacer eran agotadores. Mi esposo trabajaba todo el día, así que yo 34 DICIEMBRE 2025 – ENERO 2026 me hacía cargo de todo. Después nacieron mis gemelos; estuvieron hospitalizados y uno de ellos murió al salir. Fue un golpe durísimo. Mi hija necesitó rehabilitación durante un año. Todos los días la llevaba en transporte público, cruzando la ciudad, cargando a mis otros hijos. A veces salíamos sin comer, pero yo no podía dejar de llevarla a sus terapias.
Resistir el día a día
El día a día fue lo más complicado: las carencias, el cansancio. En mi tercer embarazo sufrí anemia severa y necesité transfusiones de sangre. El día del parto perdí tanta sangre que los doctores pensaron que había muerto. Cuando desperté tenía los cachetes hinchados de las cachetadas que me dieron para hacerme reaccionar. Tenía apenas 24 años. A pesar de todo, los nacimientos de mis hijos fueron los momentos más hermosos de mi vida. La ilusión que traían compensaba cualquier dificultad.
Elegir quedarse
Entendí que mi objetivo era sacar adelante a mis hijos. Alguna vez me ofrecieron un trabajo y lo rechacé porque no quería descuidarlos. Así era entonces: las que no estudiábamos nos dedicábamos al hogar. Yo nunca sentí frustración por eso; elegí quedarme. Me siento realizada. Cuidé a mis hijos, conviví con mi esposo, estuve presente. No siento que me haya faltado algo. Yo era feliz llevándolos a la escuela, preparándoles la comida, estando ahí.
El amor que permanece
Después de la partida de mi esposo, su presencia sigue viva. Veo su foto, le hablo, pongo música y recuerdo cuando íbamos a bailar a la Sociedad Manuel Acuña. Veo su ropa, sus sombreros. No lo recuerdo con dolor, sino con gratitud por la vida que compartimos. Lo que no cambiaría No me arrepiento de nada. Ni de haberme casado joven, ni de la vida que llevé, ni de las decisiones que tomé. Me quedo con lo mejor. A las mujeres de hoy les diría que hagan lo que las haga felices: trabajar, quedarse en casa o hacer ambas cosas. Ninguna opción te hace más o menos mujer.
Este artículo forma parte de nuestra edición especial impresa de DICIEMBRE 2025 – ENERO 2026: HONOR A QUIEN HONOR MERECE