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Compasión en acción

Por Kim Dewey

Comencé a practicar yoga mucho antes de ser mamá. La magia yogui me acompañó durante mi embarazo, postparto y ahora me acompaña como madre. Al igual que cuerpo y mente, tiempos y rutinas cambiaron por lo tanto mi forma de practicar yoga, también se transformó. Hoy mi práctica es mucho más simple e intuitiva, pero no por ello menos poderosa. De hecho, creo que nunca había sido tan profunda y clara (además de necesaria) como ahora.

En primer lugar, porque ya no soy solo yo, mi hija muchas veces me acompaña. Y aunque antes había impartido clases de yoga para niños y había visto miles de dibujitos de posturas para los más chiquitos, no había hecho click con el gran potencial que le da a un niño. Ahora con mi hija haciendo la práctica a un lado con total naturalidad y observando cada movimiento que hago dentro y fuera del mat, descubro que es también una forma de compartir con ella no solo asana (posturas) y juego, sino también una forma de vida consciente y compasiva. Esa en la que, tomando la esencia del yoga, jugando entendemos el sentido de unidad de cuerpo, mente y espíritu. Pero también esa unión entre lo macro y lo micro. Volvemos a recordar que estamos todos conectados: el sol, las estrellas, las abejas, los delfines, los árboles, las montañas, el agua y cada uno de nosotros.

El sentido de unidad y la compasión no pueden separarse

Aquí es donde todo toma sentido. Cuando recordamos que somos parte de todo, el amor y la compasión marcan el camino. La vida se vuelve magia. Me encanta que el yoga sea parte de nuestras vidas. De su vida. Porque es una forma de integrar ideas, prácticas y pequeños rituales que tejen lo que más disfruto compartir con mi hija: amor, respeto por la naturaleza y los animales, comida rica y saludable, diversidad, cultura, libertad, imaginación, fuerza y vulnerabilidad.

Más allá de las posturas con nombres de animales y los saludos al sol que tanto disfrutamos, me gusta llevar la práctica de yoga fuera del tapete con ella, transmitiéndole la compasión en el día a día. Hacia ella misma, hacia los demás y hacía nuestra casa común: el planeta Tierra. Y aunque puede parecer complejo – en especial con el ritmo acelerado en el que vivimos – es más simple de lo que pensamos, porque la compasión se vive todos los días, en pequeñas acciones y decisiones cotidianas. Además, los niños son yoguis por naturaleza, nacen conectados a la chispa de la vida. Sólo es necesario acompañarla, cuidarla y nutrirla.

Compasión en Acción

Enseñar compasión desde lo cotidiano, por ejemplo, a través de la alimentación siendo consumidores conscientes. ¿Cómo nutro mi cuerpo?, ¿De dónde viene mi alimento?, ¿A quién le estoy comprando? Y con ello disfrutar, agradecer los alimentos y enseñar a nuestros hijos a tener una relación sana con ellos.

Compasión a través de prácticas en casa. Hacer composta con los residuos orgánicos y tener un huerto familiar, son actividades que los chicos disfrutan un montón y son herramientas súper didácticas. Observar la naturaleza y tomarla como ejemplo se convierte en una maravillosa forma de conocer y comprender los ciclos de regeneración de la vida. El manejo de nuestros residuos, equilibrios y balances naturales, el impacto de nuestra intervención como humanos, la fragilidad y la fuerza de una plantita y el cuidado necesario para su desarrollo. Conocer el increíble potencial que se encuentra dentro de una semilla. La composta y el huerto en casa, no importa si es en maceta o jardín, son dos prácticas que nutren la sustentabilidad, el sentido de unidad, de cuidado desde la familia y tienen un gran impacto a nivel colectivo.

Compasión a través del asombro, de la observación de un insecto o de la luna. Aquí los niños son los maestros. Simplemente necesitamos acompañarlos, entrar en su mundo, volver a ver la vida a través de sus ojos, darnos el tiempo de hacer una pausa y dejar que la vida nos asombre para recordar lo pequeños y grandiosos que somos.

Compasión a través del cuidado del medio ambiente, ya sea en casa, una plaza o un bosque. Los niños imitan acciones y actitudes. El ejemplo es todo.

Compasión a través de disfrutar y reconocer la riqueza de la diversidad, la cultura, la música y el arte. Reconociendo que nuestro mundo es solo una pequeña parte de un gran mundo con muchos colores y muchas formas.

Compasión a través de la curiosidad. Otra especialidad de los niños en la que nos invitan a explorar con ellos es a observar con paciencia y cuidado. ¡La magia esta en todos lados! Investigar con ellos, aprender cosas nuevas, temas nuevos, expandir la mente y abrir su mundo a las maravillas del planeta y las infinitas posibilidades.

Compasión a través de pequeños rituales familiares que unen y crean un espacio sagrado para sentirnos acompañados y seguros. Tan sencillos y cotidianos como contemplar juntos el atardecer, hacer yoga por la mañana, meditar o leer un cuento en familia antes de dormir. Rituales que fortalecen las raíces de nuestros hijos y su sentido de pertenencia, tan importantes para salir al mundo con confianza y el corazón abierto. Para que se relacionen, justamente, con empatía y compasión.

Compasión a través de las palabras con las que le hablamos a nuestros hijos.

Compasión en acción. Hacia nosotros mismos, hacia los demás. Nuestros hijos nos observan todo el tiempo y aprenden de nuestra forma de relacionarnos con el mundo.

Lo cierto es que los niños son los auténticos yoguis, ¡nuestros maestros! Viven y disfrutan el momento presente, respiran profundo, son curiosos, intuitivos, tienen una profunda conexión con el espíritu y la fuerza de la vida. Aprendamos de ellos ¡acompañémoslos con respeto y amor para que su corazón siga radiante y lleno de vida!

Texto incluido en NES Ed.2 – AMAR

Kim Dewey: Mamá, yoguini, diseñadora y viajera de corazón. Criando despacio. Lo que me inspira: mi familia, la naturaleza, la magia de lo cotidiano.
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