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Marisa

Por Clara F. Zapata Tarrés

Para Piti, Pato y Julián…

Frente a mi. Cada día de mi niñez y mi adolescencia. En la ventana de tu cocina. Siempre preparada, con una sonrisa tan tierna y con la alegría de ser mamá. Temprano, preparando el desayuno, cantando o cocinando algo. Luego partías todos los días a dejarlos al futbol americano. Con disciplina y si estabas cansada, no se notaba. Ya por la tarde, después del día todo ajetreado, apagabas las luces del piso de abajo y te ponías a ver la tele. Podía verte porque justo mi cuarto daba a tu casa. Mientras yo hacía la tarea en mi escritorio, harta de disertaciones, ecuaciones de las seis de la tarde o filosofías aburridas, ahí siempre estabas, regalando amor.

Siempre guapa, con tu pelo al hombro, liso y con tus ojos maquillados, enormes y bellos. En los fines de semana siempre jugábamos, andábamos en bicicleta juntos o hacíamos fogatas. A veces hacíamos unas buenas travesuras y otras veces nos besábamos en una piedra escondida a la mitad del camellón. Eramos invencibles. Piti, Marte, Jime, Clau, Neto, Maga, y a veces se nos unían Julián y Pato. Ellos eran los grandes. Tantas aventuras unidos de la mano, con el cariño de hermanos, con el futuro siempre por delante.

Marisa. Ahí estabas, siempre presente. Siempre amorosa. Llegaban tus hijos fuertes, abriendo el refri para tomarse un litro de leche directo del envase. Todo completo, entero. Se lo acababan en un sorbo. Pasábamos a tu casa y nos dabas una bienvenida cálida. No te quejabas del litro de leche, ni de las travesuras. Nos mirabas y a ellos 3, tus hijos, con una admiración total.

Tu voz suave, tus manos envueltas en amor, tu incredulidad de tener esos 3 hijos, embelesada. Ya después de muchos años, yo regreso sólo de visita y no has perdido la rutina. Ya estás viviendo sola, pero tus 3 hijos siempre regresan a hacer del amor, reciprocidad. Y tú fuiste generosa.

Miro a la distancia, ya siendo mamá yo misma. No platicamos de este tema, pero creo que fuiste muy sincera en tu andar. Ser mamá no es nada fácil y yo mirándote, muchos días de mi vida, pude ver y sentir, que ese era uno de mis objetivos. Amar a toda costa, incondicionalmente. Aprendí a valorar que no importa dedicarle tanto tiempo a la maternidad, que sí se puede disfrutar, que la satisfacción que causa la sonrisa de un hijo es suficiente, que estar en casa provoca tranquilidad y que vivir una existencia pausada, pacífica, llena de miradas cariñosas, vale la pena. La maternidad tiene sin duda, muchas formas. No pensé que fuera ese ejemplo, pero el otro día que me enteré de tu fallecimiento tan repentino, vinieron a mi todos los recuerdos. Gracias por causar esta sensación en mi corazón. Miro a tu ventana de la cocina. Añoro. Pauso. Y miro a mis propias hijas. Gracias querida Marisa.

Clara Zapata: Soy Clara, etnóloga chilena-mexicana. Tengo dos hermosas hijas, Rebeca y María José, con Joel, mi regiomontano amado. La libertad y la justicia son mi motor. Creo plenamente en que la maternidad a través de la lactancia puede crear un mundo más pacífico y equitativo y por eso acompaño a familias que han decidido amamantar. Amo la escritura, la cultura y la educación.
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