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Kaleb started this adventure 7 years ago, when there was no real voice protecting the environment. His masterpieces promote saving the Earth.

3 DE MARZO: DÍA MUNDIAL DE LA VIDA SILVESTRE

Por Verónica Barreda

Conectar para proteger: los niños protegen lo que conocen y aman.

La frase me atrapó desde el primer momento. Es sencilla, casi obvia. Y, sin embargo, lo cambia todo.

Porque la pregunta no es si los niños deberían cuidar el planeta.
La pregunta real es: ¿cuándo fue la última vez que lo tocaron?

Recuerdo que, cuando era niña, jugábamos al aire libre hasta que anochecía. Recogíamos hojas, piedras, ramas… cualquier tesoro improvisado servía para fundar nuestro “club”. Ir a los ranchos significaba aventura pura: tierra en los zapatos, sol en la cara, animales que mirábamos con respeto y curiosidad. No sabíamos que eso se llamaba “educación ambiental”. Solo sabíamos que se sentía vivo.

Hoy el escenario cambió. Nuestras hijas e hijos viven en un mundo de pantallas infinitas, algoritmos que los conocen mejor que nosotros y entretenimiento que nunca se acaba. Entonces, la pregunta no es demonizar la tecnología, sino usarla con inteligencia: ¿puede ser un puente en lugar de un muro?

El artículo que leí por el Día Mundial de la Vida Silvestre lo decía con claridad: no protegemos lo que no conocemos. Y sin experiencia no hay vínculo. Sin vínculo, no hay cuidado.

Sí, las cámaras en vivo de nidos, los documentales y los contenidos educativos pueden despertar curiosidad. Pueden sembrar preguntas. Pero eso solo funciona si después hay tierra bajo las uñas. Si hay caminatas, silencio, insectos observados de cerca. Si hay tiempo.

Porque el asombro real no ocurre en alta definición. Ocurre cuando un niño se queda quieto mirando cómo una hormiga carga algo diez veces más grande que ella.

Y aquí viene la parte que nos toca: no basta con decirles “sal a jugar”. Tenemos que ir con ellos. Acompañar. Ensuciarnos también. Modelar esa pausa que tanto nos cuesta.

No se trata solo de llevarlos al bosque. Se trata de devolverles el tiempo. El espacio. La posibilidad de maravillarse sin prisa.

Si la infancia se midiera no por seguidores, sino por estrellas contadas, piedras lanzadas al agua, fuertes secretos construidos… ¿cómo iríamos hoy?

La buena noticia es que estamos a tiempo. La tecnología puede ser un trampolín, no un destino final. Podemos formar hijos que no solo hablen de cuidar el planeta, sino que lo sientan suyo.

Porque el amor no nace de un discurso.
Nace del contacto.
De la repetición.
Del asombro compartido.

Y, a veces, todo empieza con algo tan sencillo como salir a caminar… sin reloj.

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