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EQUINOCCIO:CUANDO LA LUZ Y LA SOMBRA SE DAN PERMISO

Por Verónica Barreda

El equinoccio no es solo un evento astronómico: es una pausa. Un día en el que la luz y la oscuridad se miran de frente y deciden convivir. Pensé que eso también se parece mucho a ser mujer. A habitar lo que somos, incluso cuando no es perfectamente claro.

No sé en qué momento nos convencieron de que ser mujer era elegir. Elegir entre fuerza o ternura. Entre independencia o vínculo. Entre poder o cuidado.

El equinoccio de primavera me recuerda que la naturaleza nunca eligió así. Ese día —breve y exacto— la luz y la oscuridad duran lo mismo. No compiten.

Coexisten. Y pienso que, tal vez., ser mujer también es eso.

Durante años creí que tenía que “resolverme”: ser cohe-rente, clara, definida. Como si la contradicción fuera un error y no una señal de vida. Me exigí estabilidad cuando por dentro todo estaba en movimiento. Me juzgué por cambiar de opinión, de ritmo, de deseos.

Hasta que entendí algo incómodo pero liberador: no estamos hechas para quedarnos iguales.

La primavera no llega pidiendo permiso. Llega rompiendo.

Rompe la tierra.

Rompe la semilla.

Rompe el silencio del invierno.

Y florecer —aunque lo hayamos romantizado— no es un acto delicado. Es un acto valiente.

Ser mujer se parece más a la primavera real que a la imagen perfecta de flores abiertas. Se parece al proceso previo: al cansancio, la duda, la incomodidad de crecer hacia otro lugar. A ese momento en el que algo ya no encaja, pero lo nuevo aún no se ve con claridad.

Hay una narrativa que insiste en que debemos poder con todo, todo el tiempo. Ser produc-tivas, disponibles, fuertes, eficien-tes, luminosas. Como si la luz. fuera el único estado aceptable.

Como si la sombra fuera un fallo.

Pero el equinoccio nos recuerda otra cosa: la sombra también tiene su lugar.

Hay días en los que no brillamos. Días en los que nos replegamos, dudamos, descansamos, cuestionamos. Días en los que necesitamos silencio más que aplausos. Y eso no nos hace menos capaces ni menos comprometidas.

Nos hace humanas.

El cuerpo femenino lo sabe desde siempre. Vive en ciclos. Cambia. Responde a ritmos que no son lineales. Sin embargo, vivimos en un mundo que exige constancia mecánica, como si todas fuéramos máquinas bien calibradas. No lo somos. Nunca lo fuimos.

Tal vez por eso muchas sentimos que algo no cuadra. No porque estemos desorganizadas, sino porque estamos intentando vivir sin escuchar nuestros propios ritmos.

El equinoccio no marca un final. Marca una transición.

Y ser mujer es, una y otra vez, cruzar umbrales.

De hija a adulta.

De pareja a sola.

De cuidadora a cuidada.

De la versión que fuimos a la que aún no sabemos nombrar.

Nos transformamos incluso cuando nadie lo nota. Incluso cuando el cambio es interno y silencioso. Incluso cuando no hay flores visibles.

Este marzo, entre el Día de la Mujer, la llegada de la primavera y la vida que no se detiene, me doy permiso de no elegir solo la luz. De no esconder la sombra. De aceptar que soy muchas cosas al mismo tiempo.

Fuerte y sensible. Segura y en duda. En movimiento.

Quizá eso sea lo más honesto que podemos hacer: habitar nuestro propio equinoccio. Ese punto exacto donde dejamos de pelearnos con lo que somos y empezamos a integrarlo todo.

Porque crecer no siempre es avanzar rápido.

A veces es quedarnos quietas el tiempo suficiente para escuchar qué parte de nosotras quiere volver a florecer.

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