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NARDA DÁVILA: La firmeza de crear.

Entrevista por NES / Fotografías Karina Briones

No renunciar no siempre es un acto ruidoso. En mi caso ha sido una decisión silenciosa que repito todos los días: seguir, insistir y sostener mi visión, incluso cuando el camino exige más de lo esperado. En la arquitectura, no renunciar también significa aprender a ocupar un espacio.

Construir desde la convicción

Desde joven supe que quería dirigir mi propio despacho. Crecí viendo la gestión de proyectos en la oficina de mi padre y entendí que detrás del diseño hay administración, proveedores, decisiones y riesgos. Estudiar en Australia cambió mi manera de concebir la arquitectura: allá los proyectos eran colaborativos, integrados, pensados desde varias disciplinas a la vez. Esa experiencia me dio seguridad.

Después trabajé en Barcelona con Carlos Ferrater y entendí cómo opera un despacho internacional: jerarquías claras, concursos, equipos sólidos, proyectos de gran escala. Regresé con más herramientas y abrí mi oficina casi sin miedo. La ingenuidad de la juventud me ayudó a lanzarme. Nadie iba a tocar la puerta; tuve que salir a buscar clientes y empezar con proyectos pequeños.

Uno de los momentos más duros fue un proyecto que no me pagaron después de dos años de trabajo. Tuve que cubrir de mi bolsillo mármoles, carpinterías y sueldos. Sentí miedo y enojo, pero no fallé a mi equipo. Ellos respondieron con lealtad y compromiso. No renuncié, y el trabajo llegó después para saldar deudas y seguir adelante.

Entre firmeza y flexibilidad

Dirigir un despacho también ha sido aprender a delegar. Ser mujer en un medio exigente me llevó al inicio a endurecerme para demostrar capacidad.

Con el tiempo he integrado mi energía ejecutora con mi sensibilidad. No quiero elegir entre firmeza y empatía; necesito ambas.

La arquitectura es un equilibrio constante.

Hay que sostener una visión clara frente a clientes que dudan, pero también escuchar. Exigir calidad a colaboradores y, al mismo tiempo, aceptar que lo artesanal tiene imperfecciones hermosas. Es un baile entre técnica y emoción, entre concreto y luz, entre estructura y experiencia.

México me enseñó creatividad e improvisación; Australia, respeto por la naturaleza y trabajo en equipo. El surf me recordó que no todo se controla: si me pongo rígida, la ola me revuelca; si fluyo, avanzo. Esa metáfora también aplica a mi despacho y a mi vida.

No renunciar a ser más que arquitecta

La maternidad me obligó a re-organizarme. Pensé en cerrar la oficina, pero el despacho ya caminaba por sí solo. Entendí que mis proyectos no son mis hijos. Mi familia es primero, pero mi vocación también es parte de quien soy. No renunciar significa dar espacio a todas mis versiones: arquitecta, madre, esposa, exploradora.

Hoy quiero crear espacios que conecten, que activen los sentidos y provoquen emoción.

No me interesa repetir fórmulas por comodidad; prefiero escuchar cada lugar y cada cliente. Estoy dispuesta a que mis obras evolucionen conmigo.

A quien duda si liderar o no, le diría que primero entienda el fondo de su deseo. No necesitas ver todo el camino; basta con reventar la siguiente burbuja.

Renunciar nunca ha sido opción para mí.

Me entusiasma subir de nivel, aprender nuevos pasos y seguir construyendo. Proyecto a proyecto, sigo eligiendo no soltar mi visión.

Este artículo forma parte de nuestra edición especial impresa de MARZO – ABRIL 2026: NO RENUNCIES

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