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LILA NAYDENOVA: No renunciar, cuando el camino exige más.

Entrevista por NES / Fotografías: Karina Briones

Recuerdo claramente el día en que supe que el violín no sería solo una etapa. Era niña y soñé que tocaba en la Gran Sala de la Filarmónica. El público me aplaudía durante diez minutos. Desperté emocionada y se lo conté a mis padres. En casa se escuchaba música, aunque ellos no eran músicos profesionales. Al notar mi facilidad y pasión, decidieron llevarme a la Escuela Especial de Música USPENSKY en Bulgaria. Entrar significaba competir con muchos niños que soñaban lo mismo. Lo logré a los seis años. Ahí comenzó mi formación.

Para algunos eran sacrificios; para mí era el precio natural de un sueño. La música me atraía como un universo infinito. La magia de comunicar desde el escenario algo que no se puede explicar con palabras me sostuvo siempre.

La música me permitió viajar por el mundo: Francia, Italia, Alemania, Corea del Sur, Estados Unidos, Rusia, España. Cada escenario reafirmaba mi decisión. No renuncié cuando el cambio cultural fue complejo, porque el violín era mi casa.

Permanecer cuando todo cambia

Un día el destino nos llevó a México. Pensamos que sería temporal. Sin idioma, lejos de Europa, en una cultura distinta. Fue un inicio retador.

Nuestra hija enfrentó un entorno nuevo y eso nos preocupaba. Pero, una vez más, la música nos sostuvo.

Los músicos somos una gran familia. En Monterrey encontramos colegas y amigos rápidamente. La calidez de la gente nos abrazó. Permanecer casi veinte años en México ha significado construir comunidad, formar generaciones y ver crecer el interés por la música clásica. He sido testigo de cómo las salas pasaron de estar a medias a llenarse por completo. Proyectos como la Orquesta del Desierto muestran que el público quiere escuchar, quiere sentir.

Mi relación con el violín ha evolucionado. De la exigencia técnica pasé a la madurez interpretativa y ahora vivo una plenitud distinta. Sigo estudiando todos los días; la música no tiene final.

Mujer, constancia y legado

Ser músico implica disciplina diaria y responsabilidad enorme, especialmente cuando te confían un solo o el estreno de una obra. Mi formación me enseñó a no temer las dificultades y a organizarme con rigor. No renunciar también ha sido un acto de valentía: aceptar retos, asumir presión y sostener mi lugar con trabajo constante.

Hoy puedo decir que me siento realizada.

Cientos de conciertos, alumnos que confían en mí, colegas que respetan mi trayectoria. La docencia es parte esencial de mi vida. Quiero que mis alumnas recuerden no solo la técnica, sino la disciplina, la humildad y la pasión. Que entiendan que el talento sin constancia no basta.

Si pudiera hablar con la joven que llegó a Monterrey, le diría: no lo dudes, tú puedes. Cada cambio trae crecimiento.

No renunciar, para mí, ha significado ser fiel a mi sueño de infancia. Y ese sueño sigue vivo cada vez que tomo el violín y dejo que la música hable.

Este artículo forma parte de nuestra edición especial impresa de MARZO – ABRIL 2026: NO RENUNCIES

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