Fotografía: Karina Briones / Entrevista: Diana Rodríguez
Siempre digo que soy una mujer libre. Nunca he encajado en los moldes tradicionales. Crecí entre motores y herramientas porque mi papá tenía un taller mecánico y durante muchos años conviví más con hombres que con mujeres. No sabía cocinar, no soñaba con casarme ni con tener hijos; mi plan era vivir independiente y construir mi propio camino.
La vida, sin embargo, tenía otros planes. Cuando descubrí que estaba embarazada decidí convertirme en madre soltera y asumir esa responsabilidad con amor. Fue una decisión que cambió mi historia para siempre. Mi hija Andrea llegó para demostrarme que los milagros existen y que el amor puede reorganizar por completo las prioridades de una mujer.
Ser empresaria me permitió adaptar mi trabajo para tenerla cerca mientras crecía. Hubo ausencias inevitables porque mi profesión demanda mucho tiempo, pero siempre procuré que supiera que todo mi esfuerzo también era por ella.
Mis padres fueron el gran soporte que hizo posible ese equilibrio, y gracias a ellos pude seguir construyendo mi sueño sin dejar de ser mamá.
El éxito también consiste en aprender a detenerse
Durante quince años viví completamente entregada a mi trabajo como organizadora de eventos. Aprendi a resolver problemas, contener emociones y acompañar a cientos de familias en uno de los días más importantes de sus vidas.
Pero, mientras cuidaba los sueños de otros, olvidé cuidar de mí.
Mi cuerpo terminó hablándome de la forma más dura. Una apendicitis reventada provocó un tumor que, paradojicamente, terminó salvándome la vida. Los médicos me dijeron que había sido un milagro. Aquella experiencia me obligó a detenerme, a enfrentar mi vulnerabilidad y a aceptar
algo que nunca había sabido hacer: recibir ayuda.
Toda mi vida estuve acostumbrada a dar, resolver y sostener a los demás. De pronto fueron otras personas quienes me sostuvieron a mí.
Comprendí que dejarse cuidar también es un acto de fortaleza y que ninguna mujer tiene que demostrar que puede con todo sola.
Vivir sin miedo, sin culpa y con más amor
Después de aquella cirugía mi manera de vivir cambió. Dejé de correr todo el tiempo y comencé a valorar mi salud, mi descanso, mi familia y, sobre todo, el tiempo con mi hija. Le prometí que viajaríamos juntas y desde entonces hemos convertido esos viajes en nuestra tradición más valiosa.
También aprendí a poner límites, a decir que no cuando es necesario y a creer que merezco el éxito que he construido durante tantos años.
Hoy entiendo que trabajar sin descanso no significa vivir mejor.
A las mujeres quiero decirles que descubran sus dones sin miedo, aunque el camino implique caídas y nuevos comienzos. Que confíen en Dios, en ellas mismas y en su capacidad para reinventarse. Pero, sobre todo, que dejen atrás la culpa. Ser mujer es una enorme fortaleza, no una carga.
Creo profundamente que cuando dejamos de competir entre nosotras y empezamos a apoyarnos, todas crecemos. El sol sale para todas. Y cuando una mujer se atreve a vivir con libertad, a pedir ayuda cuando la necesita y a abrazar su propia historia, descubre que siempre es posible comenzar una nueva etapa con más paz, más amor y más esperanza.
“Toda mi vida aprendí a dar; lo más difícil fue aprender a recibir.”
El tumor que casi me mata fue el que terminó salvándome la vida.