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ALMA LORENA CHÁVEZ: Creer en mies confiar en mi

ENCOURAGER

ENTREVISTA: ALEJANDRA PEART

FOTOGRAFÍAS: KARINA BRIONES

Durante mucho tiempo pensé que para creer en mí tenía que dejar de tener miedo, dejar de dudar, tener respuestas y sentirme segura de cada decisión. Hoy sé que no es así. Creo que creer en mí significa hacer las cosas aun con miedo. Significa confiar en mis capacidades, pero también aceptar que no siempre sé cómo voy a resolver lo que viene.

Soy Alma. Soy mamá, empresaria, coach y facilitadora del crecimiento personal y el bienestar emocional. Pero antes que todos esos roles soy una mujer. Una mujer activa, amorosa, colaboradora, creativa, intensa, ayudadora. Soy de las que se avientan, de las que a veces actúan antes de pensar demasiado, y creo que precisamente esa característica me ha ayudado a atreverme a hacer muchas cosas.

También he aprendido que no podemos separar quiénes somos de las historias que hemos vivido. Somos un todo. Nuestra historia está presente en nuestra manera de ser madres, amigas, hijas, hermanas, profesionistas y parejas.

Por eso creo tanto en conocer nuestra historia, abrazarla y entenderla. No para quedarnos atrapadas en ella, sino para comprender por qué reaccionamos como reaccionamos, reconocer nuestros patrones y decidir qué queremos hacer diferente.

Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que he atravesado muchas situaciones que en su momento parecían enormes. Y cuando logro verlas desde el presente pienso: “¿Realmente pasé por todo eso?”. Cada experiencia, incluso las difíciles, me ha dejado fortaleza y me ha ayudado a construir autoconfianza.

No necesitas dejar de tener miedo

Recuerdo especialmente una conferencia que me enseñó mucho sobre mí. Una amiga me invitó a dar una plática y llegué sin saber cuántas personas habría. Cuando entré al salón descubrí que tenía enfrente a 800 personas. Yo era la última conferencista de un día completo de trabajo y pensé: “¿Qué voy a hacer aquí? ¿Cómo voy a llamar su atención?”.

Sentí un nudo en el estómago. Dudé de mí.

Pero cerré los ojos, respiré y me dije: “Sí puedo hacerlo. Vamos a darle”. Y lo hice.

Después de vivir experiencias así, empiezas a acumular pequeñas pruebas de que eres capaz.

“Ah, sí pude”. Y otra vez: “Sí pude”. Y esas experiencias van construyendo tu confianza.

Pero la primera vez que realmente dudé de mí fue cuando fui mamá. Recuerdo tener a mi hija pequeñita en brazos y pensar: “Esta jovencita depende de mí. Es vulnerable. ¿Voy a poder hacerlo?”. Nadie nos da un manual para ser madres, pero tampoco existe un manual para vivir.

No hay instrucciones para el primer fracaso, para una separación, para los cambios de nuestros hijos, para las decisiones que tendremos que tomar.

Entonces dudas. Y está bien.

A mí me ha ayudado recordar un consejo que alguna vez me dio mi mamá: “Haz lo que te naz-ca, lo que tu intuición te diga y lo que el amor te dicte”. Con el tiempo he entendido que la intuición, el amor y la confianza también se construyen caminando.

Hoy creo que el miedo no es nuestro enemigo.

El miedo es una emoción natural que nos protege. Lo importante es no dejar que nos paralice.

Nuestra mente puede llenarnos de posibilidades de todo lo que podría salir mal, pero podemos elegir preguntarnos también: ¿qué puedo vivir?, ¿qué puedo aprender?, ¿qué puedo experimentar?

Porque cuando haces algo sin miedo, quizá simplemente lo haces. Pero cuando lo haces con miedo y descubres que pudiste, ahí estás construyendo autoconfianza.

El miedo te pregunta qué puedes perder; el amor te recuerda todo lo que puedes vivir.

No estás perdida. Sigues ahí

Como mamás, muchas veces sentimos que tenemos que poder con todo. Y no. No pasa nada si un día dices: “Ya no puedo”. No pasa nada si necesitas ayuda. No tienes que ser fuerte todo el tiempo.

Durante la etapa en que mis hijos fueron pequeños hubo momentos en los que simplemente no tenía tiempo ni energía. Me decían que hiciera ejercicio, que descansara, que me cuidara, y yo pensaba: “¿A qué hora?”. Cuando tienes hijos pequeños hay días en los que sientes que no avanzaste en la casa, ni en el trabajo, ni en nada más, porque todo tu día se fue en cuidarlos.

Por eso creo que no debemos ponernos metas tan altas en esas etapas. Hay que abrazar el momento que estamos viviendo y aprender a soltar.

Si la casa está tirada, ya ni modo. Si no pudiste hacer algo, ya ni modo. No pudiste. Punto.

Y también hay que pedir ayuda.

El autocuidado no siempre tiene que ser una gran actividad. Puede ser tomarte un café tran-quilamente, escuchar música, salir a caminar, darte un baño consciente, tener una conversación con una amiga o simplemente regalarte quince minutos para respirar.

En disciplina positiva existe una actividad que me gusta mucho: imaginar una jarra que vamos llenando de amor, armonía y tranquilidad con todo aquello que sembramos en nosotras. Porque cuando esa jarra está llena, podemos repartir mucho más.

Y si hoy sientes que te perdiste entre la mater-nidad, el trabajo, la familia y las responsabili-dades, quiero decirte algo: no estás perdida. Sigues ahí.

Tal vez estás cansada. Tal vez has cambiado. Tal vez ya no te gustan las mismas cosas. Pero tu esencia sigue ahí.

A veces atravesamos una especie de duelo cuando nuestros hijos crecen. De pronto ya no nos necesitan de la misma manera y aparece una pregunta: “¿Y ahora qué hago conmigo?”. Es momento de volver a escucharte. Preguntarte qué te gusta, qué te apasiona, qué quieres aprender, qué sueño dejaste pendiente.

No tienes que descubrirlo todo de golpe. Empieza pequeño. Lee ese libro que compraste. Sal a caminar. Aprende algo nuevo. Retoma una ac-tividad. Haz una lista de esas cosas que dijiste que harías “cuando tuviera tiempo”.

Y si te sientes realmente perdida, busca acom-pañamiento. La terapia y los espacios de apoyo pueden ayudarte a regresar a ti.

No tienes que ser perfecta para ser suficiente

Hay muchas creencias que las mujeres hemos aprendido y que necesitamos cuestionar: “Tengo que poder con todo”. “Tengo que ser fuerte”.

“No puedo equivocarme”. “Tengo que decir que sí”. “No soy suficiente”.

Hoy estoy aprendiendo que no necesito poder con todo. Que puedo decir que no sin tener que justificarme. Que también soy fuerte cuando soy vulnerable, cuando lloro, cuando digo que estoy triste o cuando reconozco que necesito ayuda.

También estoy aprendiendo que mi valor no depende de cuánto hago, de cuánto logro o de todos los roles que desempeño. Simplemente soy.

Soy suficiente incluso cuando estoy aprendiendo. Soy suficiente cuando me equivoco. Soy suficiente cuando todavía no tengo las respuestas.

Los errores tampoco nos definen. Nos enseñan.

En mi trabajo utilizo algo que para mí resume mucho de este proceso: las tres A: autoconciencia, aceptación y acción.

Primero necesito darme cuenta. Después aceptar lo que ocurrió sin juzgarme, criticarme ni compararme. Y finalmente actuar: ¿qué voy a hacer con esto?, ¿cómo puedo enfocarme en la solución?

Aceptar que nos equivocamos también nos vuelve más compasivas con los demás. Porque somos humanas. Y nuestra imperfección es precisamente parte de nuestra humanidad.

Hoy, a mis cuarenta, sigo descubriéndome. No tengo la vida resuelta y creo que nadie la tiene.

Siempre habrá una nueva etapa, una nueva pregunta, un nuevo reto. Y quizá de eso se trata la vida: de seguir conociéndonos mientras la vivimos.

He aprendido también que no todo necesita ser cambiado. A veces simplemente necesitamos observarlo, sentirlo y vivirlo.

Y si pudiera sentarme frente a la niña que fui, le diría algo muy sencillo: no te preocupes tanto.

No dejes que la vida se te vaya tan deprisa. Dios está contigo. Solo sé tú. Te amo.

Hoy, cuando pienso en lo que significa creer el mí, pienso en eso.

Creer en mí es confiar en mí. Es mirar hacia atrás y reconocer todo lo que he podido atravesar. Es saber que quizá no sé qué va a pasar ni cómo voy a resolverlo, pero confio en que cuando llegue el momento voy a encontrar la manera.Es amarme. Aceptarme. Escucharme. Abrazar a la mujer que soy.

Es mirar todo lo que he vivido y decirme: “Qué bárbara. Mira todo lo que has pasado y mira dónde estás”.

Y si alguna vez sientes que no crees en ti, no creas todo lo que piensas. Recuerda que estás acompañada. Recuerda tu historia. Mira todo lo que ya has superado. Escribe aquello que alguna vez pensaste que no podrías hacer y recuerda cómo lo hiciste.

Porque quizá hoy estés frente a algo que te parece imposible.

Pero ya has estado ahí antes.

Y aquí estás.

Disfruta la vida. Disfruta este momento. Haz lo que quieres, lo que te gusta. Y, sobre todo, encuéntrate en ti.

No afuera.

Aquí.

En tu corazón.

NES no estas sola:
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