Por Iyáli Alcaraz
Hay una frase que se repite mucho: “Tu cuerpo después de ser mamá no te define”. Suena bonito, pero también muchas veces se queda corta. Porque mientras nos convencemos de que eso “no importa”, en el fondo sabemos que sí. Hay algo que pasa y que nadie nos enseñó a entender antes de embarazarnos, y es que el cuerpo no solo cambia por fuera, sino también por dentro.
Cambian las hormonas, el sueño se fragmenta, el estrés se vuelve constante, la energía no nos alcanza igual y nace un nuevo miedo que nunca habíamos sentido: cuidar y proteger a nuestros hijos. De pronto estás más irritable, con más antojos, más cansada, más desconectada de ti. Entonces te miras al espejo y crees que el problema eres tú. Que te falta disciplina. Que ya no eres la misma. Que algo en ti se rompió.
Pero no, mamá. No estás rota. De la misma forma en que nace este miedo inexplicable de que algo le pase a nuestros hijos, nace una fuerza que puede con todo el mundo solo por ellos.
Cuando una mujer entiende lo que está pasando en su cuerpo, deja de pelearse con él.
Empieza a escucharlo, a nutrirlo, a apapacharlo, a respetarlo. Es entonces que ocurre algo poderoso: dejamos de vivir en modo alerta y castigo, y empezamos a vivir en el cuidado, pues sabemos que nadie cuida más que mamá.
Porque ahí te va: Con tres horas de sueño como mucho, con un bebé que quiso comer toda la madrugada, o con otro que vomitó en medio de la noche, justo cuando por fin te habías acostado a las 11, después de hacer lo que pudiste en la casa o con una panza de varias semanas de embarazo que no te deja ni mover. Toca entonces despertarse temprano, hacer el lonche, preparar a los niños, arreglarte en friega, tomarte un café y salir corriendo al ejercicio o al trabajo, regresar, preparar la comida, dejar lista la ropa, enfocarte en tu matrimonio, entrar a una junta, dar de comer, limpiar, ordenar, ayudar con las tareas, etc. etc. etc.
Por eso estás agotada, mujer. Muchas veces obtenemos ayuda (sea pagada o no), pero incluso con ayuda, aunque contáramos con un ejército dispuesto a echarnos la mano, la mente de mamá nunca se apaga.
No eres débil, no te falta disciplina, no te falta organización, falta que te pongas a ti en primer lugar. La mujer que materna, la amiga de la carrera que era divertidísima, esa a la que le encantaba bailar y cantar, la que podía darse el lujo de ir al gimnasio dos horas o dedicar tiempo para el shopping y las uñas… sigues siendo ella.
Quizás ahora no podemos tomarnos tanto tiempo como antes, o poner la mente en pausa, pero sí podemos ir nutriéndonos desde la casa, tomarnos un café con calma, hacer una lista de pendientes diario para aligerar la cabeza, preparar cositas de la comida días antes para que no nos gané el estrés, hacer un espacio el jueves para ver a las amigas, comer lo mejor que puedas, regalarte una serie, hacer ejercicio.
Porque es momento de ver por ti. Sé que puede sonar un tanto lunático, pero es necesario (muy). Tú tienes que estar bien, eres el eje de tu casa. Por lo tanto, mamá necesita alimentarse correctamente, relajarse, meditar, hacer yoga o alguna otra práctica para aliviar el estrés, hacer journaling, platicar con su red de apoyo, hacer masa muscular y mantenerse bien hidratada.
Suena a mucho, pero primero eres tú. Si no ¿qué mamá va a sostener a tus hijos y a tu familia?
Siempre habrá quien pueda tener más (pero también menos). No sabemos lo que pasa en la cabeza de cada mamá, ni en su cuerpo, ni en su casa. No te compares. A unas les va increíble en el posparto. Algunas ni siquiera parece que dieron a luz. Las que dieron lactancia cuatro meses vs. las que dieron cuatro años. Y hay otras que, créeme la están pasando mucho peor que tú.
Agradece tu caos, aunque suene híper romántico. Pero es la verdad, agradece tu caos porque si lo tienes, es porque puedes con él. Por más loco que te parezca.
Sé esa mamá que llega a la piñata con los tres hijos impecables y una sonrisa en la cara, todo el tiempo. La que está orgullosa de cada cosa que hacen sus hijos y su familia, pues eres tú la que los está educando.
No te define nada allá afuera, más que las decisiones que tomes en el nombre de los tuyos.
Créeme. Debes enfocarte en eso, en que eres la mejor mamá para ellos. Estés como estés. Siempre con la consciencia de empezar a cuidarte a ti a partir de ya. Porque al final, ¿tú recuerdas tu infancia? Yo recuerdo a una mamá caótica, sí, pero que nos llevaba de vacaciones padrísimo, que siempre tenía comida en la casa, que, aunque la hartáramos, siempre nos escuchaba, que hizo lo mejor que pudo con las herramientas que tenía.
Siempre sentí su apapacho. Eso es lo que tus hijos van a recordar: a una mamá feliz, como ellos. Yo sé que es un trabajal, y sé lo difícil que es (créeme), pero no estás sola.
Hoy que soy mamá puedo ver el mundo que mi mamá pintó para mí, para que no me preocupara de muchas cosas y solo recordar momentos bonitos en familia. Recuerdo a una mamá bonita, no recuerdo cómo se veía su cuerpo, ni si era perfecta. Así que gracias, mamá, por ser una increíble mamá y, sobre todo, abuela.
¡Feliz día de las madres!