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Las niñas que fuimos

Por Vero Barreda

Antes de convertirnos en las mujeres que somos, fuimos niñas que aprendieron a observar y a descubrir qué se esperaba de ellas. Algunas de aquellas enseñanzas nos fortalecie-ron; otras todavía estamos intentando desaprenderlas.

Cada 11 de octubre se conmemora el Día Internacional de la Niña, una fecha que nos invita a pensar en las niñas que hoy están creciendo, en sus derechos y en los desafíos que todavía enfrentan. Pero también puede ser una oportunidad para mirar hacia atrás y recordar a las niñas que alguna vez fuimos.

Ninguna mujer llega a la vida adulta de la nada.

Llegamos cargando palabras, ejemplos, silencios y maneras de entender el amor que comenzaron a formarse mucho antes de que pudiéramos cuestionarlos.

Mi papá murió cuando yo tenía dos años, así que crecí principalmente entre mujeres: mi mamá, mis dos hermanas y yo. También tengo un hermano, pero en mi memoria familiar hay una presencia femenina muy fuerte. Desde pequeña vi mujeres capaces de cuidar, resolver y seguir adelante, incluso cuando estaban cansadas.

Mi mamá cuidó durante muchos años a su propia madre. Como mi abuela estaba enferma, también se ocupó de mi abuelo. Cuidó a sus hermanos y, por supuesto, a nosotros. Siempre había alguien que necesitaba algo y ella encontraba la manera de estar.

No lo recuerdo como una historia triste ni como una queja. En mi casa hubo muchísimo amor. Crecimos sabiendo que pertenecíamos a una familia que se acompañaba y que no abandonaba a los suyos. Pero esa fue la forma que muchas veces tomó el amor frente a mis ojos de niña: hacer y hacer. Resolver.

Estar disponible. Continuar incluso cuando ya se estaba cansada.

Así aprendí que querer a alguien era ocuparse. Y también, sin que nadie me lo dijera, que las mujeres podían con todo.

Muchas niñas reciben mensajes parecidos.

Aprenden que deben portarse bien, no incomodar y procurar que los demás estén contentos. Que una niña educada no contesta ni se enoja demasiado. Aprenden a pedir perdón aun cuando no han hecho nada malo, a dudar de lo que sienten y a buscar aprobación antes de confiar en sí mismas.

Parecen enseñanzas

pequeñas, pero viajan con nosotras. La niña que teme decepcionar puede convertirse en una mujer a la que le cuesta tomar decisiones propias. La que aprendió a no hacer ruido quizá crezca sin saber cómo defender su voz.

La que fue reconocida por cuidar a todos puede terminar creyendo que su valor depende de cuánto hace por los demás.

Por eso es importante mirar a las niñas de hoy y preguntarnos no solo si están cuidadas, sino también qué están aprendiendo acerca de sí mismas.

¿Saben que su voz tiene valor, incluso cuando piensan distinto? ¿Que pueden sentirse enojadas sin ser malas? ¿Que su cuerpo les pertenece? ¿Que pueden ser fuertes y también pedir ayuda? ¿Que no necesitan agradarle a todo el mundo?

Cuando tuve a mis hijas entendí que educar a una niña no consiste únicamente en protegerla del mundo. También implica darle herramientas para habitarlo sin tener que hacerse pequeña: enseñarle a confiar en lo que siente, a reconocer lo que quiere y a saber que puede cambiar de opinión.

Mostrarle que ser generosa no significa olvidarse de si misma y que poner límites no la vuelve egoísta.

No se trata de criar niñas que no necesiten a nadie, sino de que sepan relacionarse sin perderse, amar sin desaparecer y acompañar sin asumir que todo les coresponde. Que puedan cuidar a otros, si, pero también dejarse cuidar.

Nuestras madres y abuelas nos enseñaron desde la historia que a ellas les tocó vivir. No se trata de juzgarlas ni de borrar su legado, sino de conservar lo bueno y transformar aquello que ya no queremos seguir heredando.

De las mujeres de mi familia quiero conservar la entrega, la fortaleza y esa capacidad de aparecer cuando alguien lo necesita.

Pero también quiero que las niñas que vienen detrás sepan que el amor no se mide por el cansancio, que no tienen que resolverlo todo para merecer cariño y que su vida no debe construirse únicamente alrededor de las necesidades de los demás.

Tal vez esa sea una buena manera de celebrar el Día Internacional de la Niña: escuchar a las que hoy están creciendo y también volver la mirada hacia las niñas que fuimos. Reconocer lo que aprendimos, agradecer el amor que recibimos y permitirnos cambiar aquello que todavía nos pesa.

Quizá no podamos regresar para decirle a aquella niña todo lo que necesitaba escuchar. Pero podemos comenzar a decírselo hoy: Tu voz importa. Lo que sientes importa. Lo que sueñas también. No necesitas hacerte pequeña ni encargarte de todo para merecer amor.

Y mientras se lo decimos a las niñas de hoy, tal vez una parte de nosotras finalmente comience a creerlo.niñas que fuimos. Reconocer lo que aprendimos, agradecer el amor que recibimos y permitirnos cambiar aquello que todavía nos pesa.

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