Por Iyali Alcaraz
Antes de que cambies la hoja porque crees que “el feminismo no te representa”, quédate a leer.
Hay cosas que deberían quedarnos claras por default: gracias a este movimiento hoy votamos y tenemos más derecho a decidir sobre nuestros cuerpos. Podemos decir “no”, aunque a veces no sea respetado. Podemos divorciarnos, aspirar a ganar lo mismo — casi lo mismo— que un hombre, ver mujeres CEOs y ocupar espacios que antes nos estaban negados.
Pero hoy quiero hablar de la sororidad que empieza en la infancia.
Soy mamá de una niña, y eso implica una responsabilidad social y moral: enseñarle que las mujeres no somos enemigas. Que muchas vivimos con privilegios que otras no tienen. Hay millones de niñas y mujeres que no pueden decidir ni lo que comen en el día, mucho menos si quieren o no ser madres a los 13 años.
¿Te das cuenta qué rápido escala?
A veces estamos tan ensimismadas que olvidamos que el privilegio puede nublar la em-patía. Algunas crecimos en entornos seguros, pero muchas no. Y, tristemente, a veces somos nosotras mismas quienes señalamos a otras mujeres sobre “qué está bien o mal”.
Claro que hay conductas incorrectas; no se trata de justificarlo todo. Se trata de criar niñas más conscientes, con educación financiera, con claridad sobre su valor y su autonomía.
Que entiendan que no necesitan a alguien que les provea todo para sentirse completas, porque la dependencia muchas veces resta libertad.
Quiero que mi hija sepa que es suficiente.
Que una pareja debe apoyar, impulsar y amar; no controlar ni decidir por ella.
Que las amigas estén en las buenas y enlas malas. Que no sea más fácil hablar del chisme en una reunión que hablar de finanzas —las que realmente pueden romper cadenas para tantas mujeres que viven atrapadas en relaciones violentas—. Que no sea más cómodo hacerse de la vista gorda que reconocer que una amiga puede estar viviendo violencia.
En esta niña que crece quiero sembrar libertad. Libertad para decidir, para incomodar si es necesario, para no callarse “porque así nos vemos más bonitas”.
Porque calladitas no nos vemos más bonitas… calladitas no nos vemos.
Que sus amigas sean aliadas. Y si no nos caemos bien, no tenemos que fingir; pero tampoco dañar.
Sé que implica una enorme responsabilidad emocional. Y sí, seguimos encabezando cifras dolorosas: niñas robadas, vendidas, obligadas a maternidades forzadas. Pero también es cierto que algo está cambiando.
Entonces, ¿qué puedo hacer yo?
Primero: dejar de fingir que “no pasa nada”
Segundo: no callar ante señales de violencia o injusticia. Denunciar, desde la escuela hasta ante la ley si es necesario.
Tercero: predicar con el ejemplo. No criticar decisiones que no entendemos. No juzgar cuerpos. Romper ciclos y sistemas de creencias que nos dañan.
Hoy decido revisar mis propias raíces para educar a mi hija en un mundo donde las mujeres seamos más iguales ante la ley y más fuertes emocional, económica y mentalmente.
Las mujeres somos poderosas. Somos creadoras, resilientes, transformadoras. Pero sobre todo, somos imparables cuando nos unimos.
Recuerda: no estás sola.

