Por Clara Zapata
Enséñame a consolar como consuelas tú, sin esperar a cambio nada más.
—Ixta.
Cuando muere la mamá es terrible. No creo que existan niveles de dolor ni una definición exacta de lo que significa perderla. Hay tantas formas de morir y tantas maneras de procesar esa ausencia que no se puede medir ni comparar. Siempre duele.
Intensamente.
Duele si era cercana o distante. Si estaba presente o si enfermó. Si fue fuerte y activa o si pasó años en silencio, inmóvil en una silla de ruedas. No importa la historia: la ausencia pesa.
No hay frase que alivie. Cada duelo es único.
Es una montaña rusa de emociones, llena de sombras que a veces se atraviesan en paz y otras con tribulaciones que tardan en sanar.
Tengo una gran amiga cuya mamá murió cuando ella tenía 17 años.
Fue un proceso largo, marcado por la leucemia. También conozco a otra Joven de la misma edad que acaba de perder a su madre, después de años de enfermedad y silencio. Diecisiete años. Qué jóvenes aún. Qué injusto parece.
Ambas me han mostrado una fortaleza con-movedora. Se levantan con dignidad, con esa resiliencia que no se elige pero se ejerce.
Saben que la vida continúa, aunque los pasos sean largos y a veces confusos. Ahora los abrazos y los besos llegan desde el alma. Y, aun así, permanece la magia: una mirada compartida, el sonido de una guitarra, las risas guardadas en la memoria.
Cuando muere la mamá de alguien cercano, inevitablemente pienso en la mía. Es como si el dolor ajeno tocara el mío. Quiero llorar, acompañar, consolar. Me cuesta separar mi propia historia de la de otras hijas. Supongo que a muchas nos sucede.
La relación con una madre es compleja, como cualquier vínculo amoroso.
Puede ser refugio, admiración, respeto, contradicción.
A veces es un amor profundo e incondicional; otras, un lazo lleno de tensiones. Pero casi siempre es un vínculo que nos marca para siempre.
He visto madres transformarse con los años.
Algunas se vuelven más suaves, más frágiles. Otras permanecen difíciles hasta el final. A veces las idealizamos cuando se van. A veces nos quedamos con heridas abier-tas. Porque ellas cambian. Y nosotras también.
Entonces me pregunto: ¿qué significa ser hija? ¿Qué implica ser hija de una mujer ausente, enferma o inmóvil? ¿Dónde habita el amor cuando ya no está físicamente? ¿En qué espacio viven los recuerdos?
Ser hija es compartir momentos, construir historias, amar y confrontar, crecer y separarse. Es atravesar procesos de autonomía que a veces son avasallado-res. Madres e hijas podemos rompernos y reconstruirnos muchas veces a lo largo de la vida.
La muerte puede sentirse como un terremoto o una tormenta interminable.
Pero también intuyo que, aun en medio del caos, algo nos sostiene. Tal vez la memoria. Tal vez el amor que no desaparece, solo cambia de forma.
Perder a una madre es una herida profunda. Pero también puede convertirse, con el tiempo, en un impulso hacia una ternura más amplia, hacia una comprensión distinta del amor.
Y aunque duela —porque siempre duele aprendemos a seguir. Con tristeza, sí. Pero también con una fuerza que nace del mismo vínculo que creíamos perdido.

