Por Ana Victoria Zamora
Cuando la sanación llega sin avisar
Hace poco, una gatita de tres meses llegó a casa. No llegó como llegan las cosas planeadas con agenda; llegó como llegan las cosas importantes: envuelta en ilusión, amor anticipado y muchas ganas de volver a sentir algo bonito. La esperábamos como se espera a alguien que no sabes exactamente cómo va a cambiarte la vida, pero intuyes que lo hará.
Tengo 31 años, soy mamá, mujer, y como muchas, cargo historias, cansancios emocionales y silencios que no siempre se dicen en voz alta. Entre trabajo, responsabilidades y el intento constante de hacerlo todo bien, una aprende a funcionar… pero no siempre a sanar. Y entonces apareció ella. Pequeña, curiosa, vulnerable. Sin saberlo, empezó a coser pedacitos emocionales que ni siquiera sabía que estaban rotos.
Amor de cuatro patas, medicina para el alma
Las mascotas tienen ese poder silencioso y profundo. No preguntan qué pasó, no juzgan, no esperan explicaciones. Simplemente están. Se acurrucan cuando el día fue pesado, juegan cuando el corazón se siente apretado y te miran con unos ojos que parecen entenderlo todo. Son intuitivas. Perciben cuando algo no anda bien, cuando necesitas calma, cuando necesitas compañía sin palabras.
Esta gatita no tardó en hacerse parte de la familia. Al principio fue “la nueva”, luego “la bebé”, y ahora es simplemente una más. Se metió en nuestras rutinas, en nuestras risas, en los silencios de la noche y en los despertares tempranos. Sin querer, se volvió hogar. Porque eso hacen las mascotas: llegan como invitados y se quedan como familia.
Sanar en compañía de otro ser vivo es distinto. Hay algo profundamente humano en cuidar y ser cuidado al mismo tiempo. En responsabilizarte de otro corazón mientras el tuyo se va acomodando. Las mascotas nos recuerdan la importancia del presente, del cariño sencillo, del amor sin expectativas. Nos enseñan a pausar, a observar, a conectar.
En un mundo donde todo va rápido y se nos exige ser fuertes, productivas y eficientes, una mascota te devuelve a lo esencial. Te recuerda que sentir no es debilidad, que amar es una forma de sanar y que la compañía —aunque no hable nuestro idioma— puede ser medicina.
Hoy entiendo que esta gatita no solo llegó a alegrar la casa. Llegó a sanar. A enseñarnos que la familia no siempre se planea, a veces se encuentra. Que el amor puede tener cuatro patas y que, cuando estás lista para sanar, la vida suele mandarte ayuda… envuelta en ternura.
Y quizá de eso se trata: de permitirnos sanar acompañadas, de abrir espacio a esos seres que, sin prometer nada, nos lo dan todo.