Por Daniela Montes
El inicio
Esa caída no solo trajo un susto: inició meses de un peregrinar interminable en busca de un diagnóstico. ¿Quién pensaría que un golpe podría anunciar algo tan grave? Al principio solo se atendió el moretón, pero poco a poco todo fue transformándose: el dolor que mi mamá experimentaba, sus cambios de humor, y las citas con distintos médicos que se acumulaban sin respuestas claras.
Para octubre, y debido al dolor, decidió mudarse a casa de mi abuela. Ahí, en un festejo pequeño, celebramos lo que sería su último cumpleaños, aunque en ese momento no lo sabíamos. Su dolor aumentaba y el diagnóstico seguía sin llegar.
En diciembre, una nefróloga la revisó y sugirió hospitalizarla para realizar más estudios. Pasamos todas las vacaciones navideñas acompañándola en el hospital; nuestra última Navidad juntas ocurrió ahí. Finalmente, la dieron de alta el 6 de enero, con una mamografía pendiente porque la máquina del hospital estaba descompuesta. Ella estaba tan cansada que decidimos esperar la llamada del hospital. Pero la mejoría no llegaba y, al ver que era marzo y seguíamos sin noticias, su hermana la llevó a realizar el estudio a otro lugar.
El descubrimiento
Recuerdo ese día perfectamente. Era mediodía cuando recibí la llamada de mi mamá: su voz sonaba seria, el miedo se le escapaba entre las palabras. Me dijo que necesitaba que contactara a un radiólogo conocido; la mamografía había revelado algo que no se veía bien. No me dejó responder. Colgué y marqué de inmediato, con un nudo en la garganta.
El radiólogo nos explicó los pasos a seguir y nos refirió con un ginecólogo-oncólogo para intentar obtener por fin un diagnóstico. Pedimos la cita… y a partir de ahí todo ocurrió tan rápido que parecía que un huracán nos había pasado por encima.
El inicio del fin
La cita fue un lunes. Para el jueves en la noche mi mamá ya estaba internada nuevamente porque el médico realizaría una biopsia al día siguiente. La preocupación era constante.
Por la tarde, el doctor llegó con los resultados. Nos pidió a mi hermana y a mí salir de la habitación. Recuerdo con claridad cómo nos explicó que el tumor en el seno era maligno y que por eso estaba ahí el oncólogo, para detallarnos el diagnóstico.
Entré en shock. Aunque había escuchado muchas veces la palabra “cáncer”—incluso mis abuelos paternos habían fallecido por esta enfermedad—no había dimensionado lo que realmente significaba hasta ese instante.
El oncólogo nos explicó que mi mamá estaba en etapa 4. En mi ignorancia pensé: “cuatro de diez”. No sabía que era la etapa más grave, la etapa metastásica. Lo entendimos mejor días después.
Luego vino lo más difícil: hablar con mi mamá. Conversamos sobre los tratamientos recomendados y los estudios necesarios. El miedo se transformó un momento en esperanza; al menos ya sabíamos qué enfrentábamos. Pero lejos de mejorar, la situación se volvió aún más dura.
Una trabajadora social llegó por la tarde a informarnos que el lunes la trasladarían a Monterrey para un estudio. Mi mamá, cansada, respondió que no creía llegar al lunes. Sus palabras me rompieron el alma.
Finalmente, el domingo 11 de marzo de 2011, el cáncer se llevó a mi mamá. Se llevó un amor inmenso… pero también se llevó nuestra ignorancia, nuestro miedo y el desconocimiento de algo que viven miles de personas. Según cifras del INEGI, en 2023 fallecieron 91,562 personas en México a causa de esta enfermedad.
Lo que nos dejó
El cáncer también nos dejó aprendizajes profundos:
Que los chequeos constantes son esenciales.
Que la familia y el entorno son fundamentales para quienes atraviesan una enfermedad.
Que no estás sola: existen instituciones que pueden ayudarte.
Que la detección temprana es clave.
Cuídate. Revísate periódicamente. Hazlo por ti y por quienes te aman.