Por: Jacinta Monteverde
Buscaba productos sin colorantes y bajos en azúcar, lo que hacía aún más grande mi constante cuestionamiento: ¿por qué a nosotros?, ¿por qué, si trato de ser una buena persona y cuidar a mi familia, nos suceden estas cosas?, ¿por qué así, de repente, de un día para otro, nuestra vida cambió por completo?
En medio de este torbellino por entender lo que pasaba, recordé la frase: “Esperar que la vida te trate bien por ser buena persona es como esperar que un tigre no te ataque porque seas vegetariano.” Ese fue el momento en el que empecé a cambiar mi filosofía de vida y a preguntarme “¿para qué?”. Tal vez para estar hoy aquí, contando mi historia; quizá para conectarme —o no— con la tuya; para crear un lazo, impulsar un cambio y generar información e inclusión en un tema del que se habla muy poco en nuestro país.
La diabetes tipo 1 no es ni parecida a la tipo 2 que generalmente aparece en adultos, y hasta hoy no tiene una causa definida. Simplemente sucede: silenciosa, sin avisar. Y si eres tan afortunada como yo, tal vez aparezcan síntomas sutiles que permiten detectarla a tiempo. Entonces entendí que mi narrativa debía cambiar: la vida nos había tratado bien. Pudimos intervenir a tiempo y nos dio una segunda oportunidad para seguir disfrutando a nuestra hija.
Tal vez parte de mi misión sea informar y sensibilizar. En este nuevo camino me he encontrado con muchísimas personas que, a través de nuestra historia, han aprendido sobre la diabetes tipo 1. Amigos que me apoyan y me animan siempre —verdaderos ángeles en mi vida—, aunque también han llegado comentarios hirientes, muchas veces por simple ignorancia.
Hoy escribo con el corazón roto, reconstruido y en sanación. No es fácil empezar de nuevo y aprender a vivir con un nuevo diagnóstico. Nuestra hija, con apenas tres años, fue diagnosticada con diabetes tipo 1. Han pasado diez años desde aquella primera inyección. Hay días que siento que lo sé todo y otros en los que no sé nada, como si volviera a ser el primer día de hospital.
Desde entonces hemos aprendido a poner inyecciones, usar el glucómetro, contar carbohidratos, leer etiquetas, reaccionar ante una hipoglucemia, pasar noches enteras vigilando sus niveles para evitar desmayos y convulsiones. Fundamos una asociación para niños con diabetes mientras le enseñamos a ser responsable e independiente en medio de un huracán de hormonas adolescentes.
Hemos caminado juntas: aprendiendo, peleando, llorando y celebrando. El tiempo pasa y ella crece muy rápido. Hay días en los que anhelo mi jubilación como “mamá páncreas”, ese momento en que ya no me necesite y sabré que hice un buen trabajo. Otros días, no quiero soltarla jamás. Y sí, hay días en los que me dice “ya no te necesito, mamá”, y otros en los que pide mi ayuda al cien por ciento.
Mucho seguimos aprendiendo. Hay situaciones nuevas que no entendemos y otras que creemos dominar. Es como navegar en mar abierto: a veces las aguas son tranquilas, y otras, la tormenta amenaza con voltear nuestro barco. Ver sufrir a un hijo es uno de los dolores más profundos que puede experimentar una madre: cuando duelen las inyecciones, los cambios de sensores o catéteres; cuando se siente mal por cosas que no puede controlar; cuando se siente sola o incomprendida; cuando tiene que decir “no puedo comer eso” mientras otros sí lo hacen.
También están los monitoreos constantes, los pinchazos en los dedos y cargar siempre con todo lo necesario. A veces todo esto es abrumador, física y emocionalmente, y ahí siento que mi barco se hunde. Pero luego miro a mi alrededor y veo a mi tripulación: a mi hija, que me demuestra que puede lograr todo lo que se proponga; a mi esposo, que aporta equilibrio desde su forma de ver la vida; y a mi hijo menor, que desde los cinco años sabe medirle la glucosa a su hermana y la cuida con amor. Entonces, mi barco vuelve a flote.
Navegar es constante. Todas tenemos nuestras tormentas, pero en los momentos de calma logramos ver más allá: el pasado, el futuro, lo incierto… y aun así encontramos motivos para disfrutar, aprender y compartir esta dualidad entre el dolor y la alegría, viviendo cada día como una segunda oportunidad.