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TITA GUTIÉRREZ: La justicia como forma de vida

Entrevista por NES / Fotografías Karina Briones

Mi padre fue juez, subprocurador y magistrado en el estado de Coahuila. Nunca abandonó su cátedra en la Universidad Autónoma de Coahuila y fue, sin duda, el hombre más honesto y recto que he conocido. De él aprendí que la ley no existe sin ética. De mi madre, maestra de vocación y madre de siete hijos, heredé la firmeza acompañada de calidez, esa que educa sin gritar y guía sin imponer.

Crecí escuchando conversaciones jurídicas, hablando de justicia como un valor posible, no como una utopía. Esa formación marcó mi camino y mi convicción. Si hoy tengo una trayectoria en el derecho penal y en la procuración de justicia, es porque fui formada en casa para creer en la ley y en la responsabilidad que conlleva ejercerla.

Enseñar el Derecho es formar conciencia

Durante más de treinta años como profesora universitaria, entendí que enseñar Derecho no es solo transmitir normas, sino sembrar valores. Muchos de mis alumnos —desde bachillerato hasta la licenciatura— me dijeron alguna vez: “Maestra, gracias a usted elegí estudiar Derecho”. Cada uno de ellos se llevó un pedacito de mí: la pasión por la profesión, el amor por la justicia y la certeza de que, aunque exista corrupción —como existe en todas las áreas de la vida—, también existen la verdad y la rectitud. A los maestros nos toca enseñar lo bueno, lo correcto, lo justo. La adversidad vendrá, pero si las bases son firmes, el ejercicio profesional también lo será.

El dolor que no se investiga, se vive

Hace 17 años, mi vida cambió para siempre con la muerte de mi hija Elisa. No lo llamo recuerdo, porque no lo es. Es una vivencia que se queda para siempre: en el pensamiento, en las palabras, en las acciones y en el alma. Yo no tenía que investigar su muerte; para eso existen autoridades obligadas por ley. En el caso de Elisa, correspondía a la Procuraduría General de la República en México, a las autoridades canadienses —por su ciudadanía— y a las autoridades filipinas, donde se cometió el delito. Sin embargo, no hicieron nada. La corrupción volvió a aparecer como un muro. 

Por eso recurrí al amparo y a la protección de la justicia federal. Se me concedió el amparo contra el no ejercicio de la acción penal; el caso sigue vigente, a la espera de resolución del Tribunal Colegiado. Mi lucha no es personal: es jurídica. Si no creyera en la justicia, no tendría razón de existir el Derecho, ni las universidades, ni las facultades que lo enseñan. 

Lo que me ha mantenido de pie es precisamente eso: mi formación. El amor de una madre no se extingue, no se debilita, no se negocia. Cambia la forma de amar según las etapas de la vida, incluso cuando el hijo ha muerto. En mi caso, escribir fue una forma de seguir amando. Mi libro Tres Océanos nació después de la muerte de Elisa: para algunos fue un homenaje; para mí, fue un acto de amor.

La justicia también se nombra

Nombré su muerte como feminicidio porque así lo indican los hechos. No es una opinión, es una tipificación jurídica. Fue un crimen cometido por el simple hecho de ser mujer.

Esta experiencia me enseñó que el sistema de justicia en México necesita renovarse y que no debemos temer al cambio. La ley debe servir a la verdad, no esconderla

Caer, levantarse y seguir

A las madres que hoy buscan a sus hijas, a quienes les han arrebatado la vida o las mantienen en la ausencia, les digo: caer por cansancio es humano, pero no permanezcan en el suelo. Levántense. La mentira puede durar un tiempo, pero la verdad siempre llega. Esa lucha nos mantiene vivas, por nuestras hijas y por todas las mujeres.

La justicia para Elisa sería la aplicación exacta del Derecho. Nada más y nada menos.

Y si hoy pudiera hablarle, le diría gracias. Gracias por los 25 años en que iluminó mi vida y la de toda nuestra familia. Gracias por su inteligencia, su rectitud, su empeño, su gracia. Gracias también por su presencia espiritual, por la fuerza que me envía cada día. Le diría que nunca dejé de amarla un solo instante, que hice lo que estuvo en mis manos conforme a la justicia humana, y que sé que existe una justicia divina que llegará. El amor es eterno.

Este artículo forma parte de nuestra edición especial impresa de DICIEMBRE 2025 – ENERO 2026: HONOR A QUIEN HONOR MERECE

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