Día de muertos, una tradición que sana

Por Valeria González

 

Soy norteña, tengo más presente el Halloween que el Día de Muertos y lo disfruto bastante con mis hijos, pero este año, el 2 de noviembre se me presenta diferente, lleno de sabiduría y sanación.

Coincidentemente terminé de leer un libro llamado Ay mis abuelos o Ay mis ancestros, (dependiendo de la traducción) sobre transgeneracional, de la psicoanalista francesa Ana Schutzcenberger. Lo transgeneracional, como su nombre lo dice, significa más allá de mi generación, lo que imprime mi mente más allá de mis experiencias, aquello que vivieron mis ancestros y que de algún modo sigue en la mente transgeneracional. ¿Cómo es eso posible? No sé, ni la autora expone un cómo sucede lo que sucede, pero… sucede. El caso es que, comprender y reconocer el trauma o la experiencia fuerte vivida por un abuelo o bisabuelo, algo de lo que ya hablaba Freud y Jung y muchos otros, es algo muy importante para sanar.

Somos de alguna manera menos libres de lo que pensamos, pero tenemos la opción de liberarnos y salir de esas repeticiones familiares inconscientes, entendiendo lo que sucedió y su relación en lo que nos sucede, para poder vivir nuestra vida y no la de nuestros ancestros, sepámoslo o no. Como me dijo mi hija de 7 años que lo entendió perfecto cuando traté de explicarlo: es como si dentro de mi mente, estuviera también la mente de mis abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, quieren que los escuche y si no los escucho bien, gritan. ¡Wow! Qué sabiduría dentro de una niña pequeña, si no los escucho, si no los reconozco, gritan. El grito obviamente no es literal pero qué curioso que haya elegido esa palabra. Cuando alguien grita lo imperativo es que quiere ser escuchado.

Según la terapia transgeneracional, todo lo “no dicho”, los secretos, los traumas familiares: hijos no reconocidos, abortos, incestos, asesinatos, guerras, muertes repentinas y enfermedades de nuestro árbol genealógico se puede manifestar en el presente en enfermedades, repeticiones de eventos familiares, fracasos, actos fallidos y modelan incluso nuestros deseos profundos y nuestra necesidad de ser. Es el ancestro gritando para ser escuchado. Hasta la Biblia lo dice (no quiero parecer Bible Thumper) pero creo que por ahí dice que los pecados de los padres los pagarán los hijos hasta la tercera y cuarta generación. Y bueno, no es castigo, es una repetición de errores que, si no se reconoce y perdona, seguirán impresos en la mente de los hijos. Y para los de mente más científica, aquello que de alguna manera ayudó a una generación a sobrevivir queda registrado para las siguientes generaciones y de esta manera preservar la especie, un principio de evolución.

Este año decidimos colocar en familia un altar de muertos para mi papá que falleció el pasado enero. Es un ritual determinado a que pensemos en nuestro muerto detalladamente, ¿qué le gustaba? Y al pensar en eso, también pensamos en lo contrario, por esa cualidad del lenguaje dual, ¿qué no le gustaba? ¿qué lo hacía feliz? ¿qué lo hacía ponerse triste? Reconocemos y honramos a nuestro papá y toda su historia. Salen también los hubiera y se perdonan fácilmente, porque algo que recuerda un altar de muertos es que la muerte no es un final, una calaverita de azúcar significa que la muerte es dulce. Fue tan sanador y liberador en cierto modo que ahorita el altar ya tiene a todos los difuntos de la familia: los hijos de mi hermana, el bebé que perdió mi mamá, el que perdí yo, mis abuelitas Margarita y María Luisa, mis abuelos Ulises y Rodolfo, el tío mayor Rodolfo, y la pequeña niña María Luisa, el bisabuelo Vicente y Aurelita, Pirita, como le decía mi papá a su abuela. Los que conocimos y también los que no alcanzamos a conocer: el bisabuelo Lupe y la bisabuela Lucrecia, la tatarabuela Nanita y por otro lado el bisabuelo Pedro y Luisa. Y los que su nombre no conocemos. Pero ahí están, todos. Y estoy a la espera que mi esposo me de fotos de los suyos, su abuelo José y su abuelo Antonio, todos. Que todos se reconozcan, que todos se sean perdonados.

Hoy comprendo, así como dijo mi hija, que todos ellos forman parte de mí, sus historias imprimen la mía de cierto modo y en mi caso viendo los frutos de mi vida, la imprimen de una manera feliz, perdono sus hubieras, y los bendigo, me bendigo así mismo también. Y con esta apertura creo que van a ir saliendo cosas que se tengan que sanar, perfecto, estoy totalmente abierta y receptiva, me siento segura de recibir con amor lo que llegue.

El 7 de noviembre del 2003 la UNESCO reconoció el Día de Muertos como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. En el documento se destaca: “Ese encuentro anual entre las personas que la celebran y sus antepasados, desempeña una función social que recuerda el lugar del individuo en el seno del grupo y contribuye a la afirmación de la identidad…”

Por eso y más… ¡Feliz Día de Muertos!

Valeria Gonzalez

Valeria González, esposa y mamá de una niña y un niño. Estudió Ciencias de la Comunicación, aunque profesionalmente se ha dedicado a la industria restaurantera. Actualmente se siente feliz siendo ama de casa ya que solo dedica unas horas a la semana a los restaurantes. Inicia su búsqueda o madurez espiritual con Yoga kundalini y más tarde y desde hace casi 4 años con Un Curso de Milagros y ahí dejo de buscar más no de aprender.

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