Desde siempre me he sentido atraída hacia la labor social. Ayudar a los más vulnerables es algo que siento como parte de mí.
Por Daniela Montes
Esta preocupación y ocupación comenzó desde la infancia, cuando veía perritos en situación de calle y le rogaba a mi mamá que los ayudara. Creo que eso fue lo que alimentó en mí el deseo de seguir este camino, ya que siempre buscaba la manera de hacerlo. Mi mamá nunca me limitó a la hora de ayudar, y es algo que le agradezco profundamente.
Después, cuidando a otros animales y realizando visitas a un asilo —desde que conocí a una maestra jubilada que estaba solita—, comencé posteriormente un voluntariado en una casa hogar mientras estudiaba la preparatoria. El asilo al que asistía cambió de sede y me fue prácticamente imposible continuar sirviendo. Fue en ese espacio donde empecé a conocer de cerca lo que significan la adopción, la institucionalización, el abandono y el dolor de los niños que esperan vivir en familia. Ahí creció en mí el deseo de, al formar una familia, poder adoptar y brindar un espacio seguro y amoroso a un niño que lo necesitara, restituyendo su derecho a vivir en familia.
Al comprometerme con mi esposo, este fue un tema que pusimos sobre la mesa: mi deseo de adoptar y su apertura. Y algo más, que en ese momento no sabíamos, pero Dios, la vida o el destino —en lo que creas— nos tenía preparado algo aún más grande. De eso es de lo que vengo a platicarte en estas líneas.
Cuando adoptamos, nos sumergimos en un mundo desconocido, lleno de ilusión, pero también de mucho desconocimiento. Tuvimos que investigar, acercarnos y conocer a otros que ya habían pasado por este proceso. Fue ahí donde comenzó esta aventura: no solo de acompañar a otros, sino también de identificar otras necesidades y figuras de cuidado.
¿Cómo empezó esta aventura?
Desde que comenzamos a investigar más, fue algo que nos llamó la atención. Aunque las personas más cercanas a mí dudaban de si podría lograrlo —por mi “corazón de pollo”—, entender que la necesidad no era mía, sino del otro, fue lo que nos animó a hacerlo. Pensamos que sería más lo ganado que lo perdido y que, si los niños y adolescentes que requieren un hogar pueden, yo como adulta, con herramientas, también podía aprender de ellos.
La llamada que lo cambió todo
Un día recibí una llamada para solicitar apoyo con un adolescente que estaba por terminar su cuidado residencial (saldría de la casa hogar debido a su edad) y buscaban una familia que pudiera brindarle un hogar temporal. Mi esposo y yo lo platicamos, luego con nuestras hijas, y también preguntamos a otras familias si tenían la oportunidad y el deseo de hacerlo. En ese momento, solo nosotros dijimos que sí, para ser una opción más para él.
Llegó un mes de junio, casi a finales, dos meses después de haber cumplido la mayoría de edad. Confieso que ha sido una de las experiencias que más miedo me ha causado: dar lo mejor de mí para arroparlo y hacerle sentir que era bienvenido. Pero también es algo que no cambiaría por nada, y si tuviera la posibilidad de hacerlo de nuevo, diría que sí otra vez. Porque esto no se trata de nosotros como adultos, sino de ellos y de lo que queremos que conozcan de la sociedad, de cómo puede ser el mundo.
Recuerda que no estás sola. Si tienes dudas sobre cómo apoyar de esta forma o deseas saber más, no dudes en escribirme, porque juntas podemos más.
