Entrevista por NES / Fotografías Karina Briones
Desde joven supe que quería ser contadora.
Una maestra me dijo que tenía “mente de contador” y nunca lo dudé. Crecí viendo a mis padres trabajar en su despacho y, aunque siempre me dieron libertad para elegir, yo quería hacer lo que veía en casa. A los 18 años salí de Saltillo para estudiar en Monterrey y ese fue mi primer acto de no renunciar: romper mi burbuja.

Salir para expandirme
Vivir en Monterrey me abrió el mundo. Conocí personas de distintas ciudades, contextos y mentalidades. Aprendí que no todos piensan igual y que el crecimiento exige incomodidad. Empecé a trabajar un año antes de titularme y me orienté al área fiscal
La consultoría fiscal me atrapó: es desafiante, técnica, dinámica.
Nunca me pareció aburrida.
En ese ambiente, mayoritariamente masculino, no me sentí intimidada. Si noté que muchos clientes depositan más confianza en hombres para temas delicados, pero nunca lo tomé como límite. Me enfoqué en prepararme. Los títulos, las maestrías y los diplomados han sido fundamentales. He estudiado en México y en el extranjero, y esas experiencias me dieron redes sólidas que hoy facilitan el trabajo colaborativo entre ciudades y firmas.
Salir de Saltillo también me enseñó independencia. Cuando regresé, lo hice por decisión, no por falta de opciones. No renunciar también significa elegir conscientemente dónde vivir.


No renunciar en un entorno exigente
El área fiscal y de consultoría es absorbente y exige actualización constante. De las mujeres que empezamos, pocas permanecimos. No porque no pudieran, sino porque el ritmo es demandante. Para mí, el equilibrio ha sido posible gracias a mi esposo, que es mi compañero real. Celebra mis logros, entiende mis viajes y no compite conmigo. Nuestra relación no está basada en roles tradicionales, sino en apoyo mutuo.
He aprendido que muchas mujeres tenemos fortalezas clave en este entorno: organización, capacidad de priorizar, control emocional en momentos de presión. No somos iguales ni exclusivas en eso, pero sí veo cómo esas habilidades sostienen equipos completos. En mi firma, el mérito pesa más que el género, y eso me confirma que la preparación abre puertas.
También he vivido decisiones difíciles.
Cambiar de afiliación internacional fue una de ellas. Implicó cerrar una etapa con personas con quienes crecimos profesionalmente, pero sabíamos que necesitábamos una red que nos permitiera escalar. No fue fácil, pero no renunciamos a crecer.
Hoy formamos parte de una red global que nos conecta con talento, tecnología y liderazgo internacional.
El miedo no decide por mí
He sentido miedo muchas veces: al mudarme sola, al postularme a programas académicos exigentes, al animar a colegas a competir por maestrías financiadas por la firma. Siempre hay una voz que dice “quizá no estás al nivel”. Pero cada
vez que he dado el paso, he comprobado que sí lo estoy.

En lo personal también me niego a renunciar. Me apasiona la montaña; he subido volcanes y quiero intentar uno internacional. Practico yoga desde hace años porque necesito equilibrio mental. Esos espacios me recuerdan que soy más que mi profesión.
No renuncio a crecer. No renuncio a prepararme. No renuncio a expandir mis horizontes.
Porque cada vez que me he atrevido, he descubierto que el límite no era real. Era solo una idea que necesitaba superar.
Este artículo forma parte de nuestra edición especial impresa de MARZO – ABRIL 2026: NO RENUNCIES

