Entrevista por NES / Fotografías: Karina Briones
En la medicina, no renunciar ha siempre significado resistir guardias interminables o aprobar exámenes imposibles. Para mí, no renunciar significa algo más silencioso: no perder la sensibilidad, incluso cuando el cansancio, la prisa o la rutina intentan apagarla.
Mudarme a distintas ciudades durante mi formación me obligó a salir de mi zona conocida.
Lejos de Saltillo aprendí a confiar en mí, a elegir mejor a las personas que me rodean y a entender que puedo sostenerme sin depender totalmente de mi familia. Cada ciudad me dejó amigos y lecciones. Me fortalecí emocionalmente y descubrí que la independencia también es una forma de amor propio.

Hubo momentos de agotamiento extremo en la residencia. Jornadas largas, presión constante y esa voz interna que exige perfección. Sí pensé en rendirme. Pero no estuve sola. Mi familia, mis amigos y mis compañeros creyeron en mí cuando yo dudaba. Entendí que no renunciar también es permitir que otros te sostengan. Y hoy procuro ser esa persona que anima a alguien más a continuar.

Escuchar también es sanar
Como traumatóloga pediátrica acompaño a niños y familias en procesos complejos y prolongados. Muchas veces no puedo ofrecer una solución inmediata, pero sí puedo ofrecer claridad y guía. Para los padres, la salud de un hijo lo es todo. Cuando reciben un diagnóstico difícil, quisieran cambiar lugares con ellos. En esos momentos, mi deber es ser honesta y empática: explicar escenarios posibles sin falsas promesas y mantener una comunicación abierta.
Algunos casos se quedan conmigo. He llorado en silencio. Por eso elegí no dedicarme a oncología pediátrica; supe que emocionalmente sería demasiado para mí. Reconocer mis límites también es no renunciar. La terapia ha sido clave durante más de seis años. Me ha enseñado que la perfección no existe y que para cuidar debo estar cuidada.
Escuchar es una herramienta poderosa.
Muchas veces la queja inicial no es el verdadero problema. Cuando escucho con atención encuentro lo que realmente necesita el niño y su familia. Prefiero dedicar tiempo, incluso en contextos donde la rapidez parece imponerse. No quiero que mis pacientes me recuerden por una receta, sino por la tranquilidad que sintieron en consulta.
Ser médica sin dejar de ser
Ser mujer en una especialidad donde menos del diez por ciento somos mujeres implica ganar respeto con constancia. A veces me perciben joven; con el tiempo, el trabajo habla. Mi meta es que los niños confíen en mí primero. Cuando ellos están tranquilos, los padres también.
He aprendido a poner límites. No responder una llamada a las tres de la mañana si no es una urgencia real no me hace peor médica; me hace humana. Tengo sueños, familia y emociones. Humanizar al médico fortalece la relación con el paciente.
Durante años prioricé solo el trabajo. Hoy busco equilibrio. Retomé mi vida familiar y entendí que no puedo sostener el sacrificio permanente. Estar bien personalmente me permite atender mejor. Los niños perciben todo; si estoy en paz, la consulta fluye.

No renunciar, para mí, es honrar a quienes me apoyaron y formar a quienes vienen detrás. Sueño con enseñar traumatología pediátrica y ver a más mujeres ocupar estos espacios.
Quiero que mis pacientes me recuerden cercana, como alguien que hizo el proceso menos difícil.
No renuncio a mi humanidad. No renuncio a la escucha. No renuncio a seguir aprendiendo.

Este artículo forma parte de nuestra edición especial impresa de MARZO – ABRIL 2026: NO RENUNCIES

