Por Sara Serrato
Cuando eres niña, siempre quieres crecer. Y los adultos repiten lo mismo: “Disfruta tu infancia, porque después vas a querer regresar”
Lo que nadie te dice es que la infancia no solo se disfruta. También te entrena.
Últimamente escucho mucho la pregunta: ¿Tu yo de niña estaría orgullosa de ti?
Pero yo me hago otra: ¿la niña que fuiste te preparó para lo que ibas a vivir?
El mundo de hoy es incierto. Hay conflicto político, crisis climática, cambios tecnológicos que avanzan más rápido que nosotros.
Y además está la salud, ese tema que creemos lejano… hasta que deja de serlo.
A mis 30 años pienso en la Sarita de seis. La que jugaba a ser princesa, la de imaginación infinita, ale-gre… y también renegona.
La que empezó a entender lo que era el bullying. La que aprendió que no todas las amistades duran. La que se cayó y volvió a levantarse.
Esa niña no sabía que años después su cuerpo enfrentaría un cáncer. Pero sí sabía resistir.
La fortaleza que hoy tengo no nació a los 30. Nació en la infancia. Cuando tuve que aprender a defenderme. Cuando entendí que no siempre te eligen. Cuando descubrí que llorar no te hace débil, pero quedarte ahí sí puede romperte.
Las mujeres no nos volvemos fuertes de adultas. Nos hacemos fuertes desde niñas.
Desde que nos dicen cómo sentarnos.
Desde que nos dicen cómo hablar.
Desde que aprendemos a ocupar menos espacio.
Y aun así, decidimos ocuparlo.
La niña que fui no sabía de diagnósticos ni de hospitales, pero sabía algo esencial: volver a intentarlo. Reír aunque doliera. Soñar aunque el mundo no siempre fuera amable.
Hoy no le pregunto si estaría orgullosa de mí.
Hoy le doy las gracias.
Porque esa niña me enseñó carácter.
Me enseñó a no rendirme.
Me enseñó que la alegría también es resistencia.

