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LA INCÓMODA DECISIÓN DE SANAR

Por Mabel Morales

Todos los seres humanos cargamos heridas.

Muchas de ellas heredadas. Traumas, complejos, carencias y convicciones que, aunque no elegi- mos, sí nos corresponde atender. No se trata de juzgar si son buenas o malas. Simplemente son.

Forman parte de nuestro proceso, de nuestra evolución y, quizás, de nuestro propósito en este paso por la vida.

Llega un momento en que algo dentro de nosotros despierta. Comenzamos a cuestionarnos el porqué y el para qué de lo que vivimos. En ese punto aparece la decisión más importante: hacernos cargo. O no.

Cada vez más personas eligen tomar esa conciencia y transformarla en responsabilidad. Se acercan a herramientas, procesos y espacios que les permiten comprender, sanar y liberarse de aquello que los estanca y les impide ser. Pero también existe el otro camino: el más inmediato, el más cómodo… el de la victimización. Negar la responsabilidad, autocompadecerse y refugiarse en distracciones o paliativos que anestesian momentáneamente el dolor. Acciones que, aunque parecen aliviar, solo prolongan el encierro emocional.

Decidir salir de ese fondo —de ese “hoyo negro” emocional— no es fácil. Implica mirar de

frente aquello que duele. Pero también es el inicio de algo poderoso: la claridad. Porque tocar fondo, muchas veces, es lo que permite impulsarte hacia la superficie.

Una vez arriba, con un poco más de aire y perspectiva, es completamente válido pedir ayuda. Explorar, intentar, equivocarte. Volver a intentar. Encontrar aquello que realmente resuena contigo.

El proceso no es lineal. Habrá días luminosos, llenos de avances, y los habrá profundamente oscuros, en los que desearás no haber despertado. Y en cada uno de esos momentos, nuevamente tendrás que elegir. Porque de eso se trata: de elegir. Una y otra vez.

Elegir la empatía sobre el juicio. La resiliencia sobre la rendición. El amor propio sobre el abandono. La aceptación y el perdón sobre la culpa. Todos tenemos algo que sanar. Todos.

El amor propio no es un destino, es una práctica continua. Nadie promete que dejarás de equivocarte o que nunca volverás a caer en viejos patrones. Pero cada vez que eliges conscientemente, avanzas. Se trata de decidir qué camino tomar: el que pesa, el que duele pero transforma… o el que adormece y prolonga el vacío.

Deseo, de corazón, que encuentres las herramientas que te acerquen a ti. Que te ayuden a con- vertirte en un mejor ser humano para ti —primero— y, por lo tanto, para los demás. Ámate. Decídete. Sé valiente. No estás sola. Pedir ayuda también es un acto de fuerza.

Si quieres que te acompañe en el proceso, aquí estaré.

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