Alabemos a las mujeres tontas y otros poemas de Margaret Atwood

Por Alejandra Peart

Hoy dejaré en el Librero algunos poemas de una de mis poetas favoritas de todos los tiempos, Margaret Atwood: novelista, poetisa, crítica literaria, columnista, activista política, feminista, ecologista. Canadiense nacida en Ottawa el 18 de noviembre de 1939, galardonada con el Príncipe de Asturias de las Letras “por su espléndida obra literaria que ha explorado diferentes géneros con agudeza e ironía, y porque en ella asume inteligentemente la tradición clásica, defiende la dignidad de las mujeres y denuncia situaciones de injusticia social”.
Algunos de sus libros de narrativa son: La mujer comestible, Resurgir, Doña Oráculo, Chicas bailarinas, El cuento de la criada, Ojo de gato, Alias Grace, La novia ladrona, El asesino ciego, entre otras. Traducida a más de treinta idiomas, entre sus poemarios se destacan: Juegos de poder, Los diarios de Susana Moodie, Luna llena y La puerta.
Mi primer encuentro con ella, fue leyendo una Antología de poesía canadiense, en una librería de la Ciudad de México y realmente me atrapó. Siempre que un autor me atrapa ya no puedo dejar de leerlo y devoro sus libros, los busco y estoy al acecho de cualquier cosa que publiquen. No es fácil encontrar autores o poetas que nos atrapen de esta forma.

Espero que disfruten esta selección:

 

Febrero

Invierno. Tiempo de comer grasas

y mirar hockey. En las mañanas de peltre, el gato,

una salchicha de pelo negro con los ojos amarillos

de Houdini, salta a la cama y trata

de llegar hasta mi cabeza. Es su modo

de ver si estoy muerta o no.

Si no estoy muerta, quiere que lo rasque; si lo estoy,

algo se le ocurrirá. Se me instala

encima del pecho, exhalando su aliento

a carne eructada y sofás con moho,

ronroneando como una tabla de lavar. Algún otro gato,

al que todavía no castraron, roció la puerta del frente

y le declaró la guerra. Todo es cuestión de sexo y territorio,

que, a la larga, van a ser lo que

nos extermine. Algunos amos

cortarían uno que otro testículo. Si los sabios

homínidos fuéramos sensatos, lo haríamos también,

o nos comeríamos a los más jóvenes, como los tiburones.

Pero es el amor lo que nos mata. ¡Una y otra

vez, tira, y acierta! y el hambre

se agazapa entre las sábanas, emboscando al edredón

que late, y la sensación térmica debajo

llega a treinta, y la polución

rebosa de las chimeneas para mantenernos abrigados.

Febrero, mes de la desesperación,

con un corazón ensartado en el medio.

Tengo pensamientos funestos, y lujuria por las papas fritas

rociadas con vinagre.

Gato, basta con tu cantinela insaciable

y el hoyito rosado de tu culo.

¡Quítamelo de la cara! Eres, casi casi,

el principio de la vida,

así que a ponerle

un poquito de optimismo.

Quítate de encima a la muerte. Celebra el aumento.
Haz que sea primavera.

 

Historias verdaderas

 i

No preguntes por la historia verdadera,

¿Para qué la quieres?

No es por donde yo empiezo

ni lo que llevo conmigo.

Ni con lo que navego,

un cuchillo, un fuego azul,
suerte, dos o tres palabras buenas
que todavía funcionan, y la marea.

 

ii

La historia verdadera se perdió

en el camino a la playa, es algo

que nunca tuve, esa maraña negra
de ramas bajo una luz cambiante,

mis pisadas borrosas
llenándose de agua

salada, este manojo
de huesos diminutos, esta cacería de lechuzas;

una luna, papeles abollados, una moneda,

el resplandor de un picnic viejo,

los huecos que los amantes
dejaron en la arena hace

cien años: ni idea.

 

iii
La historia verdadera está
entre las otras historias,

un lío de colores, como la ropa revuelta,

tirada o desparramada,

como los corazones sobre el mármol, como las sílabas

como las sobras del carnicero.

La historia verdadera es mezquina

y múltiple y falsa

después de todo. ¿Para qué

la quieres? Nunca preguntes
por la historia verdadera.

 

Muerte de un hijo menor por ahogamiento

Él, que atravesó triunfal
el río peligroso de su nacimiento,
volvió a ponerse en camino

en viaje de exploración
a una tierra sobre la que floté
sin poder tocarla para reclamarle.

Sus pies resbalaron en la orilla
y se lo llevó la corriente, girando
en la crecida, mezclándose con el hielo y los árboles;

se zambulló en parajes remotos,
con la cabeza como una batisfera
y los ojos atravesados por burbujitas de vidrio.

Al acecho, aventurero insensato
en un paisaje más extraño que Urano
donde ya estuvimos todos y que algunos recuerdan.

Fue un accidente: el aire se cerró,
y él quedó colgado del río como un corazón.
Me devolvieron su cuerpo embarrado,

túmulo de mis planes y organigramas,
con palos y ganchos,
entre los empujones de los troncos.

Era primavera, el sol seguía brillando,
el pasto nuevo ganaba solidez,
mis manos relucían de detalles.

Después de un viaje tan largo, yo estaba cansada de las olas.
Mi pie tocó la piedra. Las velas soñadas
colapsaron, rotas.

Y lo planté en este país
como una bandera.

 

Has oído al hombre al que amas
.
Has oído al hombre al que amas
hablando consigo mismo en el cuarto de al lado.
No sabía que le escuchabas.
Pegaste el oído al muro
pero no conseguías captar las palabras,
sólo una especie de ruido sordo.
¿Estaba enfadado? ¿Estaba maldiciendo?
¿O era una especie de comentario
como una larga y críptica nota al pie en una página de versos?
O buscaba algo que había extraviado,
como las llaves del coche?
Entonces, de repente, se puso a cantar.
Te asustaste
porque era algo nuevo,
pero no abriste la puerta, no entraste,
y siguió cantando con su voz grave, desafinada,
densa y dura como el brezo.
La canción no era para ti, no te mencionaba.
Tenía otra fuente de contento,
nada que ver contigo en absoluto,
era un hombre desconocido, que canta en su cuarto, solo.
¿Por qué te sentiste tan dolida, y tan curiosa,
y al mismo tiempo tan feliz,
y también tan libre?

 

Alabemos a las mujeres tontas

—las cabezas huecas, las descerebradas, las rubias explosivas:
las adolescentes tercas demasiado tontas para escuchar a sus madres;
todas las que tienen relleno de colchón entre oreja y oreja,
todas las empleadas de lujo que nos desean un buen día, nos dan el cambio mal, mientras se retocan el super peinado en el espejo,
aquellas que meten al caniche recién bañado en el microondas,
y aquellas cuyos novios les dicen que el chicle de clorofila es anticonceptivo, y se lo creen;
todas las que se muerden las uñas de nervios porque no saben si hacer pis o salir del wáter, todas las que no saben escribir pis ni wáter, todas las que se ríen, complacientes, de chistes tontos como este, aunque no los entiendan.

No viven en el mundo real, nos decimos, benévolas: pero, ¿qué clase de crítica es esa?
Si se las arreglan para no vivir en él, tanto mejor. También nosotras preferiríamos no vivir en él.
Y en realidad no lo hacen, porque tales mujeres son ficciones: compuestas por otros, pero con igual frecuencia por sí mismas, aunque hasta las mujeres tontas son menos tontas de lo que aparentan: lo aparentan por amor.

Los hombres las adoran porque hacen que hasta los hombres tontos parezcan listos: las mujeres por la misma razón,
y porque les recuerdan las cosas tontas que han hecho ellas,
pero sobre todo porque sin ellas no habría historias.

¡No habría historias! ¡Imagínate un mundo sin historias!
Pues eso es exactamente lo que tendríamos, si todas las mujeres fueran sabias.
Las Vírgenes Sensatas cuidan sus lámparas, se proveen de aceite, y llega el esposo, como debe ser, llamando a la puerta principal, a tiempo para la cena;
no hay lío, no hay follón, no hay historia.
¿Qué se puede contar de la Vírgenes Sensatas, insulsos parangones de virtud?
Se muerden la lengua, cierran sus boquitas inteligentes, se cosen su propia ropa,
alcanzan reconocimiento profesional, lo hacen todo bien sin esfuerzo.
Son en cierto modo insoportables: no tienen vicios narrativos:
sus sonrisitas sensatas son demasiado sabias, saben demasiado de nosotras y nuestras tonterías.
Sospechamos que tienen corazones mezquinos.
Se pasan de listas, no en detrimento suyo, sino en el nuestro.
Las Vírgenes Necias, en cambio, dejan que las lámparas se apaguen:
y cuando el esposo llega y llama al timbre,
están en la cama durmiendo, y tiene que entrar por la ventana:
y la gente grita y tropieza con cosas, y las identidades se confunden,
y hay una escena de persecución, y de rotura, y el placer de la trifulca consiguiente:
nada de lo cual se hubiera producido si a estas chicas no les faltasen unos cuantos veranos.

¡Ah, la Eterna Mujer Tonta! Cómo nos gusta oír hablar de ella:
cuando escucha los entramados pseudo-artísticos de la creíble serpiente, y acaba comiendo la muestra gratuita de la manzana de Árbol de la Sabiduría:
dando así origen a la ciencia de la Teología;
o mientras abre la fraudulenta caja-sorpresa que contiene todos los males humanos, y es tan tonta que cree que la Esperanza servirá de alivio.
Habla con lobos, sin saber qué clase de bestias son:
¿Dónde has estado toda mi vida?, le preguntan. ¿Dónde he estado toda mi vida?, responde ella.
¡Nosotras sí lo sabemos! ¡Lo sabemos! Y reconocemos un lobo cuando lo vemos.
Cuidado, le gritamos en silencio, pensando en todas las cosas inteligentes que haríamos en su lugar.
Pero atrapada en las páginas blancas, no nos oye, y va brincando, canturreando y retozando hacia su destino.
(¡La inocencia! Quizás esa sea la clave de la estupidez, nos decimos, nosotras que la abandonamos hace tiempo).
Si escapa a algún peligro, es gracias a la buena suerte, o al héroe:
esta chica se ahogaría en un vaso de agua.

.

A veces es tontamente temeraria; por otro lado, puede ser igualmente
miedosa, aunque también tontamente.
Padrastros incestuosos la persiguen por claustros en ruinas,
a los que ha sido llevada con artimañas que no engañarían a un palomo.
Los ratones la hacen gritar: va por este mundo amenazante gimoteando, entre castañear de dientes,
corriendo —pero correr implica el uso de las piernas, y es poco airoso— desvaneciéndose, más bien.
(Sin piernas) huye despavorida, equivocándose de camino en cada cruce,
un foulard blanco de seda en la oscuridad, y nosotros huimos con ella.
Huérfana y carente de tías bondadosas, toma decisiones matrimoniales
poco apropiadas,
y tiene que evitar cuerdas, cuchillos, perros asilvestrados, macetas de piedra que caen de los balcones,
dirigidas a su agitada cabecita por esposos ladinos y viles que van a por sus huesos y sus pesos.
No la compadezcas, cuando la veas ahí desvalida retorciéndose las manos:
el miedo es su armadura.

¡Admitámoslo, es nuestra inspiración! ¡La Musa como pelusa de polvo!
¡Y la inspiración de los hombres, también! ¿Por qué, si no, se compusieron las sagas de héroes,
de su fuerza cuasi-divina y sus hazañas sobrehumanas,
sino para la admiración de las mujeres a quienes se juzga tan tontas como para creérselas?
¿De dónde, si no, quinientos años de poemas de amor,
por no hablar de esas canciones suplicantes, lastimeras, llenas de gemidos y sollozos musicales?
¡Dirigidas directamente a las mujeres tan tontas como para encontrarlas seductoras!
Cuando una hermosa mujer cae en desgracia, o se tira a ella,
alegando sus buenas intenciones, su deseo de agradar,
y abusan de ella, sobre todo si el que abusa es famoso,
si es lo bastante tonta o lo bastante lista, la pillan, como en las novelas clásicas,
y aparece en los periódicos, desconcertada y llorosa,
y de ahí directa al corazón.
¡Te perdonamos! Exclamamos. ¡Lo comprendemos! ¡Ahora hazlo otra vez!

Hypocrite lecteuse! Ma semblable! Ma soeur!
Alabemos a las mujeres tontas, que nos han dado la Literatura.

febrero 19, 2017
febrero 19, 2017

Alejandra Peart

Arquitecta y Licenciada en Letras Españolas con Maestría en Creación Literaria. Fundadora y Directora Editorial de Editorial Atemporia. Escribí el poemario En estas horas (Ed. Minimalia, 2004). Actualmente soy Directora de Contenido de la revista NES No Estás Sola, promotora cultural, editora, poeta, diseñadora editorial, feliz mamá de Rodri y esposa de Jorge. This is me.

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