No vivirán para siempre

Por Dona Wiseman

En días pasados un amigo querido me pidió que lo acompañara en las primeras citas de diagnóstico y propuesta de tratamiento para cáncer. A la fecha no sé qué etapa es el cáncer ni cuál será el procedimiento y la combinación de tratamientos. Se trata inicialmente de cáncer de pulmón (un tumor de 8cm que está pegado al pasaje de aire y a una arteria), etapa 3 o 4 (aún no se determina), con ganglios involucrados y con la sospecha de que hay cáncer en otros sitios en el cuerpo (en cuello – lo cual provocaría que se determinara como etapa 4 – y posiblemente en hígado). Además, es un tipo de cáncer en el cual el tratamiento puede encoger el tumor existente pero que volverá y/o aparecerá en otros órganos y lugares. Toda esta información no sería importante para lo que quiero trasmitir, o parecería que no lo es. Solo es importante si al leerlo algo se movió en ti. O bien si no se movió nada.

Mi reacción fue múltiple. Hay una parte de mí que dice, “Ok, así están las cosas. ¿Qué toca hacer?” Otra parte de mí imagina escenarios y piensa en cuánto tiempo puede quedarle de vida al amigo. Hay un rincón de mi mente que comenzó a dudar de mi propia buena salud. Pero hay otra parte aún. A ese aspecto quiero dedicarle un rato.

En algún momento de los días que pasé con mi amigo, recordé a mi abuela. Ella debía haber tenido la edad que tengo ahora cuando un día la oí decir, “Ya llegué a la edad en que comenzaré a perder a mis amigos.” No recuerdo, pero debió de haber fallecido alguno y ella reflexionaba en como esto seguiría pasando de allí en adelante. Ella era una mujer que vivió cercana a la muerte. Su padre fue asesinado frente a un bar del cual era propietario, en la presencia de ella. Su marido murió de cáncer pancreático cuando ella tenía 40 años, más o menos. Luego cuidó a su madre, quien fue muy fuerte y saludable y falleció a los 95 años. Es verdad que vio morir a muchas amistades, hermanos, parientes. Y, aunque ella no fue muy longeva, eso es lo que toca cuando llegamos a una cierta edad. Y bueno, ya llegué.

La mayoría de la gente que me conoce me diría, “No seas así. No eres vieja. Estás muy bien. Eres muy sana. Eres fuerte. Vivirás aún mucho y tienes mucho por hacer.” Estoy de acuerdo. Creo. Sin embargo, me entra la necesidad de asegurarme que mi sensación de estar sana es real. El contacto forzado con la realidad, aunque sea la realidad de otro, es así. No he dicho que yo me siento vieja y próxima a la muerte. Dije que dijo mi abuela que ya había llegado a la edad en la cual comenzaría a tener pérdidas.

La vida conlleva pérdidas. Es parte del show. Seguramente todos hemos perdido a personas relativamente importantes, algunos hemos perdido a personas que pensábamos indispensables y que su partida nos ha causado una sensación de no poder o no querer seguir. Entonces, ¿qué se hace cuando nos enfrentamos a una pérdida? ¿Qué es lo adecuado cuando alguien cercano ha sufrido una pérdida?

Voy a insistir en lo que he insistido siempre. Se vive el proceso tal y como se va presentando y se acompaña al otro en el proceso tal y como se le está presentando a él. ¿Cómo? Las pérdidas duelen. Las pérdidas provocan un proceso que tenemos que vivir, cada quien a su manera, cada quien con sus determinaciones, decisiones, y necesidades. Entonces para las personas a quienes les toca acompañarnos será importante poder ver y respetar nuestras determinaciones, decisiones y necesidades. Igualmente será vital que nosotros, para acompañar a alguien, tengamos la habilidad de ver a esa persona y de no aplicar nuestro criterio a otros. Esto implica poder escuchar y hacer preguntas, aceptando que es probable que el otro no necesite lo que nosotros creemos que debería necesitar.

En esto hay dos invitaciones. Te invito a vivir tus procesos, especialmente las pérdidas, a reconocer lo que requieres y lo que deseas. Te invito a ser capaz de mirar a los demás y a apreciar que sus necesidades no son igual a las tuyas.

Y te tengo una invitación más. Las etapas de la vida surgirán. Los días y los años pasarán. Envejeceremos. Perderemos vitalidad. En algún momento perderemos la salud y esta vida. Cruzaremos el umbral entre planos. Mientras tanto es posible, o más bien probable, que personas cercanas a nosotros se adelanten. No tengas miedo de seguir viviendo. Cada etapa de la vida vale la pena. Pongamos propósito en cada paso y en cada etapa.

Dona Wiseman

Psicoterapeuta, poeta, traductora y actriz. Maestra de inglés por casualidad del destino. Poeta como resultado del proceso personal que libera al ser. Madre de 4, abuela de 5. La vida sigue.

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