La primavera llegó

Es el momento de reiniciar de retomar fuerza y agarrar valor para desafiar los días calurosos.

Por Elena Hernández

Ochenta y nueve días dura el invierno, pero no siempre llega el frío el 21 de diciembre ni se va el 21 de marzo, de modo que una cosa es lo que el método astronómico nos dice y otra lo que cada lugar y persona experimenta.

Y así es la vida. Mientras algunos disfrutan de la nieve, la grajea cayendo suavemente, la neblina, el viento helado que nos congela la nariz y sacan provecho al chocolate caliente, el pan dulce, el cobertor aborregado y el apapacho, otros sufren, se acongojan, se quejan. Y no me refiero a los desdichados indigentes que duermen en las calles, ni a las familias que viven apiñonadas en las colonias periféricas; hablo de quien tiene todo para ser feliz y no se permite serlo. La mayoría esperan la llegada de la primavera para sentirse bien, para sonreír, para encontrarle sentido a sus días, si no hay flores, ni sol, ni clima templado no hay felicidad. ¿Es así realmente? pienso que no, o no debería serlo. Pero cada estación, como cada momento o etapa que vivimos toma un sentido diferente para cada quien, y dependerá de lo que hay en nuestro interior, en nuestra educación o en nuestras creencias y vivencias el cómo lo tomemos, lo asimilemos, lo enfrentemos y lo disfrutemos. Para mí la primavera trae muchas cosas, entre ellas la afligida despedida de mi temporada favorita, con esto confieso que yo sufro, me acongojo y me quejo durante el ardiente verano, en contraste con esto, llega mi cumpleaños, que cada 24 de abril, festejo con alegría y cargada siempre con el delirio que para mí simboliza el inicio de un año nuevo, propósitos nuevos, sueños, proyectos y aspiraciones, que, si bien no siempre se cumplen, al menos me entusiasman y me cargan de esperanza.

Es el momento de reiniciar, de retomar fuerza y agarrar valor para desafiar los días calurosos que para estas fechas ya se vienen anunciando. Aparecen también recuerdos de mi infancia, la mayoría gratos y uno que otro muy amargo que con el paso de los años y alcanzada mi mediana madurez he tratado de entender, superar o incluso borrar de mi memoria. Corría el año de 1986, yo tenía 5 años, aún con mis dientes de leche y muchísimo que aprender, ya cantaba la canción “la primavera llegó… pararam pam pararam pam…” del disco de acetato de color rojo del cuento de Bambi, que cada vez que lo escuchaba me causaba todas las emociones posibles, que iban desde el júbilo hasta la más profunda tristeza, y así una y otra vez, cada ocasión que la aguja se postraba sobre ese plato gigante que colocaba mi padre en su preciado estéreo de madera que tenía en el rincón de la sala. Esa fue mi primera experiencia con el dolor de la muerte que viví a través de ese pobre cervatillo que queda huérfano a causa de un insensible cazador. ¡Qué tragedia!, no podía evitar las lágrimas, pero no podía, aunque lo intentara, dejar de escuchar aquel cuento.

Desde entonces creo, comprendí que todo tiene un principio y un fin, y que todos formamos parte de un ciclo, todos fuimos Bambi, tímidos, inseguros, temerosos del mundo, hasta que el destino, el tiempo y la vida nos puso en nuestro sitio y nos dio las lecciones que cada uno necesitó para convertirnos en ese gran ciervo heredero del bosque con todo el coraje que requiere afrontar por nuestra cuenta a ese temido cazador, que a veces representa los cambios que no nos atrevemos a hacer, los malos hábitos que no podemos dejar, las adicciones que nos limitan,  nuestras manías y defectos que no somos capaces de ver, nuestro ego que nos ciega, el pesimismo que envenena cada intento de lograr algo, de salir adelante, de crecer o de ser felices. Y así cada obstáculo a vencer, cada bala por esquivar y cada invierno que en nuestras vidas debemos atravesar, con la única promesa de que nuestro jardín será verde otra vez, que aquel árbol de limón florecerá de nuevo y la albahaca y los lirios y nosotros mismos también, que cada primavera, mientras lleguemos a ella, tendremos la oportunidad de renacer.

Elena Hernandez

Nací un soleado día de abril, hace casi 36 años, la mayor de una familia que parece común pero no lo es tanto, llena de personajes interesantes como seguro cada familia tiene los suyos. Arquitecta de profesión, madre de corazón y soñadora por convicción. Hoy dejo la puerta entreabierta para que te asomes un poco a mi mundo, mis vivencias, mis alegrías, mis penas, y descubras conmigo este pedacito de mí antes de que se esfume con el viento.

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