El tiempo de la maternidad

Por Clara Zapata Tarrés

Hoy hablaré del tiempo. El tiempo nos rige, nos dirige, nos da la pauta, nos marca las horas, los minutos, los segundos… Malditos segundos, ¡¡¡cómo pasan rápido cuando queremos que pasen lento!!! Nunca los cuento pero hoy me dio por recapitular. Me volví loca. Casi cada día mis tiempos se rigen por horas o minutos: tengo 2 horas para ir al gimnasio, una para hacer los chorromiles de pendientes entre la Liga de La Leche, la escritura, la chamba, los informes, los trámites, el estudio, la lectura, otra hora para la comida, que tendría que ser creativa y a partir de ahí, dos horas para llegar a casa, comer y platicar y acompañar a las hijas. Siempre, siempre una hora para descansar un poco y volver a arrancar para estar de buenas, porque soñar también es vivir.

Y oootra vez dividir el tiempo. Una hora para los deportes, pendientes, ir a la papelería a buscar la N al cuadrado monografía de algo o el mapa o la cartulina cuadriculada o hacer márgenes en cuadernos en los que YA hay márgenes, otros cuantos minutos para acabar las tareas y continuamos con unas horas para la cena y la plática vespertina y el “lávate los dientes, ponte el piyama, ya acabasteeeeee, vamos todos a jugar un poco para apresurar el asunto… (aunque a veces no se antoje jugar mucho que digamos)… Y entre estas divisiones complejas, complementarias, fracciones compuestas o simples, se llenan los espacios de shalalas, distracciones con las caricias a los gatos, abrazos que pueden durar mucho, canciones, risas, carcajadas y quizás algún beso a destiempo, o como si el mundo se acabara después, peroooo otra vez. No podemos olvidar el tiempo, el maldito reloj que siguen con su tic tac o tic toc. Hasta tengo un gatito chino que mueve su manita y que suena en cada segundo que pasa.

Entre tanto oigo Luis Miguel y me pongo romántica o seguramente alguna rica salsa o escucho con intensidad cada palabra que ha escrito mi amado Gustavo Cerati o Los Fabulosos Cadillacs o muchas veces más las clásicas odiadas canciones que ponen algunos de mis vecinos a todo volumen quesque para trapear a gusto o nomas por el placer de oír fuertísimo cada coro de despecho de algún norteño perdido en su desierto. Las que disfruto más y me ayudan a alejar un rato las manecillas son las de Café Tacuba o Calle 13. Con esas como que me atrevo a salir del closet de las estructuras… A T R E V E T E T E… jajaja… Puras risas pues! La música es como mi lucha libre particular… Río, lloro, canto, hago llaves simbólicas…

Una vez, recuerdo una entrevista que le hicieron a Mónica Vélez, la que escribe algunas canciones del grupo Camila. Se acuerdan de la canción “Bésame”? Pueden creer que ella escribió esta canción tan cachonda cambiándole el pañal a su bebé? Jajaja, pues sí! Escúchenla otra vez! Así es como tiene una que ser de creativa. Esa entrevista la escuché como hace 8 años o más y nunca he olvidado esa anécdota que ella compartió… Porque todos los segundos y milésimas son algo como eso… Entre las locuras diarias, hay que encontrar los besos sin razón, sin compasión y hacer que el tiempo se detenga y parezca que la eternidad se ha plantado frente a nosotros, imponiéndose como la naturaleza, firme, segura y absoluta.

Y así comienza la maternidad y también la lactancia. A darnos una bofetada, una lección de la importancia de vivir los latidos como eternos. Hay que hacer un grandísimo esfuerzo para lograr que esto resulte, porque implica romper con muchas ideas culturales que ya están ahí, pegadas a nosotros como si no pudieran moverse. Más, si fuimos educadas dentro de las estructuras donde los tiempos adquieren forma de cajas cuadradas. Nos convertimos en el conejo de Alicia en el país de las maravillas, corriendo de un lado para otro y necesitamos un sombrerero que nos pare para poder continuar. El reloj sigue avanzando… Y para qué!

Y efectivamente, podemos parar. Necesitamos parar. Ya que lo logramos, ya que paramos a la loca de la casa (la mente, la imaginación o como la queramos llamar), ufffff, es lo máximo de lo máximo. Podemos estar en silencio, con nuestra cría pegada a nuestro corazón. Lo demás probablemente lo olvidaremos. Ese día que decidimos quedarnos quietas y prolongar esa eternidad con nuestro bebé, seguro que no. No olvidaremos un beso intenso, no olvidaremos ese abrazo, no olvidaremos esa sonrisa o esa cara de placer. Lo demás puede esperar… Todo lo que fuimos y éramos cambia. Todo puede caerse para volver a construirse o remodelarse. Somos una casa infinita. Cuidemos nuestra casa que es nuestro corazón y hondo muy hondo, calmemos el pum-pum mirándonos, sonriendo, saboreando cada risa y cada beso… Bajemos el ritmo, aunque sea suspendido del caos. Pero seamos conscientes de que paramos el tiempo precisamente para disfrutarlo y poder escribir nuestras propias canciones. A veces, sí se puede. ¡Intentémoslo de vez en cuando!

Clara Zapata

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