Cuando una flor llega

Por Dona Wiseman

Hay objetos que recobran significado por el lugar, el tiempo o el evento que los contuvo.  Forman parte de una historia que los nombró o que los descubrió en contexto.  Al tocarlos recobran emoción, palabras y hasta narrativa. 

Hoy está resguardada entre las páginas de un libro que se llama El espíritu del brujo una amapola que llegó a mi casa, a mí, transportada dentro de otro libro.  Llegó de un origen, del origen del teatro en Grecia.  Vi como quien me la regaló la sacó de un libro que hoy es origen del texto de una obra de teatro.  Esas mismas manos, las de él, me lanzaron al escenario hace muy pocos años, diciéndome que no se despegaría de mí durante el proceso de encarnar a mi primer personaje en el teatro. 

Los antiguos griegos no sospechaban, de seguro, lo que iba a provocar su herencia en la vida de otras personas a través de los siglos y las generaciones.  Representar a un personaje en el escenario, con los rigores de textos, ensayos, voces, cuerpo, trazos, intenciones y vestuarios, ha sido para mí el acercamiento más auténtico que he experimentado con la alegría y la libertad.  Y ahora resulta que fui a Grecia.  No, yo no.  Esas manos que me llevaron al escenario fueron, y como nunca estamos muy alejados, convertida en amapola que nació en el lugar donde originó el teatro, en el teatro de Dionisio en el Acrópolis, resguardada en una novela que se ha convertido en texto teatral, regresé a casa. 

El teatro es un lugar de satisfacción de necesidades, hasta de las no vemos.  Es reto y reconocimiento, frustración y satisfacción, ficción y la más descarada verdad, luz y oscuridad.  Esas manos, con sus ojos y su voz, me hablaron de lo que nos une, de la suerte y de nuestras intenciones, del trabajo que a diario nos salva (a veces hasta de nosotros mismos).  En ese momento no lloré, a pesar de las ganas.  Pocas veces he llorado frente a esas manos.  Hoy al escribir, al terminar de recibir la amapola, sí lloro.  Sé que el proceso y la historia continuarán, así como nacen las amapolas en el Acrópolis y llegan a descansar entre las páginas de un libro que se encuentra en el lugar que es más sagrado para mí. 

Así se entretejen las historias de los antiguos, los viejos y los jóvenes.  Estoy convencida de que la Conciencia nos llama a reunirnos en torno a propósitos más allá de lo que alcanzamos a ver.  Y la fe es confiar en algo que no vemos.  Y tenemos fe.  Y estamos dispuestos.  Y reconocemos el camino paso a paso. 

Gracias…

Dona Wiseman

Psicoterapeuta, poeta, traductora y actriz. Maestra de inglés por casualidad del destino. Poeta como resultado del proceso personal que libera al ser. Madre de 4, abuela de 5. La vida sigue.

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