Trabajo sí hay

Por Liliana Contreras Reyes

Egresé de la Licenciatura en Psicología en 2003. Era foránea en la ciudad de Saltillo y la expectativa de mis papás era que, terminando la carrera, me regresara a vivir con ellos. Por un lado, porque querían cuidarme y, por otro, porque ya no podían mantenerme económicamente. Total, me quedé en Saltillo a pesar de ellos. Dejaron de mantenerme y, si no fuera por la ayuda de Haydee, una de mis mejores amigas, y su familia que me dio asilo en su casa, no sé cómo le habría hecho.

Trabajaba por horas dando terapias a niños, en donde me pagaban 35 pesos por hora. Para llegar a mi trabajo tomaba dos camiones: uno, de casa de Haydee al centro y, otro, del centro a la colonia Praderas. Después de eso, caminaba unas cuantas cuadras. El trayecto era de dos horas, en las que leía, me dormía un rato (ponía la alarma para no pasarme) y me aburría un montón (todavía no había smartphones).

Tardé dos años en conseguir un trabajo “decente”. Dejé currículums como si fueran volantes. Fui a N cantidad de entrevistas. Cuando buscaba trabajo en el periódico (qué LinkedIn, ni qué nada), veía vacantes para secretarías, asistentes, ingenieros, etc., y me preguntaba: ¡¿por qué estudié psicología?! ¡¿Por qué no estudié inglés?!

A partir de que ingresé a ese, mi primer trabajo, no dejé de tener trabajo por 11 años. Pasé de uno a otro a otro, con un receso como de 3 meses, antes de casarme. Conocí a personas que fueron y siguen siendo importantes en mi desarrollo profesional y gracias a las cuales comprendí un poco del monstruoso mundo laboral.

Ahora, que tengo mi negocio, soy yo quien busca a las personas ideales para que trabajen conmigo. No pido mucho. Busco personas que se sientan apasionadas por su profesión, que sean puntuales y buenas. Por más inverosímil que parezca las he encontrado: Bety, Vane, Haydee, Gaby, Karen, Pris, Paola, Arelli, Rudy, Eli, Margarita, Diana, Jorge, Dulce, Cynthia, Reyna, Cecy, Ana Laura, son el testimonio de ello.

En siete años, he tenido una que otra confrontación con la irresponsabilidad o la toxicidad laboral y, con todo lo que me pudo haber costado, he tenido que decir adiós solo a tres personas:

Una de ellas pensaba que era tan buena, que las demás compañeras no le hablaban porque le tenían envidia. Error. El resto de compañeras no le hablaban porque, simple y sencillamente, estaban haciendo su trabajo.

La segunda de ellas, después de no poder realizar las actividades planeadas con un niño, les decía a los papás: es que el niño no quiso trabajar, asumiendo que la responsabilidad era del niño y no de ella.

La tercera llegaba tarde el 80 por ciento de los días. Aunque intentamos resolverlo hablando y solicitando que llegara temprano, su respuesta siempre era: “es que no es mi culpa, el camión no pasaba”.

Proporcionalmente hablando, he tenido suerte.

Este año empezó el gran dilema. He estado buscando personal para un nuevo proyecto ¡y no he encontrado! Las causas:

  1. Me mandan currículums del correo electrónico del esposo (a) o del novio (a), lo que me hace pensar que, o no saben usar el Internet o tienen una relación poco saludable (perdón por el prejuicio, pero es mi impresión).
  2. El anuncio especifica la forma de hacer llegar el CV y lo hacen por otro medio. El más común, poner en un anuncio de Facebook el afamado “Info” o, incluso, el “puntito”. Lo que pienso es: ¿y la comprensión lectora? Cero.
  3. Mandan mensaje por Inbox pidiendo la información del puesto. Cuando se les explica que esa información se da en la entrevista, ya no les interesa. Pienso que la empresa debe evaluar si el candidato cuenta con las características para el puesto y, en función de eso, realizar la propuesta. Al parecer, los jóvenes actúan como si fueran ellos quienes califican si la empresa los merece o no.  Un artículo de Factor Capital Humano señala que los Millennials buscan trabajo a través de sus Smartphones y lo que esperan son beneficios. No importa el estatus ni sus habilidades, sino qué cosas pueden obtener.
  4. La más peculiar. Hablo por teléfono a una persona que mandó su CV, para citarla a entrevista. La persona me dice: ¿No me podría dar la información por aquí, a ver si me conviene darme la vuelta? Yo, literal, con la boca abierta: ¿Es en serio? La persona: Sí, es que como tengo varias propuestas, quiero saber si me conviene ir o no. Yo, aguantándome las ganas de colgar el teléfono y haciendo uso de la porción de educación que me queda: discúlpame, pero la información se da en la entrevista. La persona: bueno, entonces no, gracias. Yo, después de colgar el teléfono, obvio: jamás trabajarías conmigo.
  5. Personas que son citadas a entrevista y no llegan o que mandan mensaje: ya no alcancé a llegar, ¿podría ser otro día? ¡Por supuesto que no!

Después de reflexionar con mis compañeras, imagino que, realmente, estos jóvenes no tienen necesidad de trabajar. Pienso que lo que se dice en Internet es cierto: que viven con sus padres, que están esperando a ser influencers, que no tienen tolerancia a la frustración, etc. No es que quiera que batallen dos años como me tocó a mí, pero sí quiero encontrar a las personas que valoren y amen su profesión.

Trabajo sí hay

Hay un letrero en una calle principal de Saltillo que dice: Trabajo sí hay. Y sí, el asunto es que muchas personas no quieren trabajar. Punto.

 

Liliana Contreras

Psicóloga y Licenciada en letras españolas. Cuenta con un Máster en Neuropsicología y una Maestría en Planeación. Se dedica a la atención de niños con trastornos del desarrollo. Fundó el centro Kua’nu en 2012. Ha publicado en la revista La Humildad Premiada, Historias de Entretén y Miento, La Gazeta de Saltillo, en los periódicos Vanguardia y Zócalo de Saltillo. Colaboró en el libro Cartografía a dos voces. Antología de poesía (Biblioteca Pape & IMC, 2017) y, actualmente, escribe para la revista NES, en la edición impresa y digital.

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