Por Teresa Meza
Mi hijo mayor no vive conmigo: vive con su papá y eso no significa que lo abandoné, que lo rechacé, ni que no lo ame.
Tampoco significa que su padre sea un héroe. Significa que tomamos una decisión adulta, amorosa y compartida. Nos llevamos bien. Hablamos, nos organizamos, criamos. Tenemos diferencias, hemos construido un puente donde otros solo ven un conflicto. Mi hijo sabe que tiene dos casas, dos amores, y una vida que no tiene que ser sufrida para ser real.
Lo digo porque a las mujeres que no tenemos la custodia o la presencia diaria, se nos condena.
Se nos ve con sospecha, con lástima, con juicio. “¿Y por qué no está contigo?”, “¿No te duele?”, “¿Y tú qué haces sin él?”
Como si Maternar tuviera una única forma, una sola casa, una única madre.
Como si amar a un hijo significara poseerlo, cargarlo siempre, inmolarse.
Como si no existieran otras maneras de ser madre: con presencia emocional, con acuerdos, con vínculos que no se rompen, aunque haya distancia física.
Yo también materno. En mensajes, en llamadas, en visitas, en decisiones. En saber cuándo soltar y cuándo estar. Y sí, a veces duele. Pero el amor no desaparece, se transforma. Quiero decirlo en voz alta porque muchas mujeres están criando desde lugares que no encajan en la postal perfecta: desde la distancia, desde el juicio, desde la omisión del sistema, desde el deseo de que su hijo esté mejor.
Yo no dejé de ser mamá, solo dejé de encajar en lo que se espera que sea una.
Para mi hijo Damián, el orgullo de mi nepotismo.