Por Sara Serrato
Todos tenemos una mamá. Pero hay algo distinto en las madres de quienes han recibido un diagnóstico de cáncer.
La mía es una de ellas.
Cuando me dijeron que tenía cáncer de mama, a los 26 años —una edad en la que ya no eres una niña, pero tampoco estás preparada para escuchar una noticia así—, ahí estaban mi mamá y mi hermano.
Mi mamá fue la primera persona que vi después de leer aquellas palabras en el resultado de la biopsia. Fue ella quien me ayudó a comprender lo que significaban. La que leyó conmigo, en voz baja y con el corazón en la mano: “carcinoma ductal in situ”.
Fue ella quien dijo que habría preferido que le hubiera pasado a ella y no a mí.
La que me enseñó, sin necesidad de repetirlo todos los días, que iba a estar conmigo todos los días.
Fue quien peleó con el seguro una y otra vez para que se hiciera lo correcto. La que se aseguró de que mis medicamentos llegaran a tiempo, de que los reembolsos fueran los adecuados y de que nada quedara pendiente.
Fue quien me ayudó a ir al baño después de la cirugía.
La que estuvo a mi lado la primera vez que vi mi cuerpo tras la mastectomía.
La que me ayudó a bañarme cuando las curaciones me impedían hacerlo por mí misma.
Fue quien hizo las preguntas difíciles a los médicos. Las necesarias. Las que yo no tenía fuerzas para formular.
Mi mamá estuvo presente durante la etapa más oscura de mi vida.
Sin pausas.
Sin condiciones.
Cuando no podía levantarme de la cama, ella iba a mi habitación.
Cuando no podía cocinar, ella preparaba mis alimentos.
Cuando el miedo me paralizaba, ella lo sostenía conmigo.
Mi mamá siempre ha estado.
Como tantas otras.
Hoy, como hija mayor y sobreviviente de cáncer de mama, puedo decir que mi mamá es la mejor del mundo. No porque quiera compararla con nadie, sino porque sé todo lo que sostuvo en silencio durante uno de los momentos más difíciles de nuestras vidas.
También es quien me ayuda a entender lo que significa seguir adelante: los cambios físicos y emocionales, los efectos del tamoxifeno, las dudas que nunca desaparecen del todo.
Es quien responde el teléfono cuando tengo miedo.
Quien escucha cuando llegan nuevos resultados.
Quien permanece cuando la incertidumbre vuelve a instalarse.
No siempre pensamos igual.
No siempre soy fácil de acompañar.
Pero ella sigue ahí.
Y eso también es amor.
Por todo eso, y por mucho más, mi mamá es la mejor.
Pero también lo son todas esas madres que han acompañado a una hija o un hijo durante un tratamiento contra el cáncer.
Y, por supuesto, las mujeres que han enfrentado la enfermedad en primera persona mientras seguían siendo madres.
El mundo está lleno de mamás extraordinarias.
Solo que, a veces, olvidamos detenernos para reconocerlas.
Gracias, mamá.

