Entrevista a Adriana Gaona por Karla López
Un día a la vez
Un día, mientras me duchaba, noté la famosa “bolita” en mi seno. No podía creer que estuviera ahí; me revisaba regularmente y había aparecido de la nada. Lo primero que hice fue contárselo a mi esposo.
Después llamé a mi ginecólo-ga, quien me pidió realizarme estudios. Todo salió bien y me indicó regresar unos meses después si nada cambiaba.
La segunda vez que fui a revisarme, todo cambió. Me llamaron para hacerme un ultrasonido complementario y el doctor sugirió una biopsia.
“No te preocupes, si fuera algo maligno, es pequeñísimo”, me dijo. Pero unos días después, la doctora me llamó para darme la noticia: cáncer de mama.
No habían pasado ni 12 horas cuando ya estaba sentada frente a un cirujano oncólogo, escuchando palabras que no entendía y con el alma hecha pedazos.
Tenía 47 años, estaba casada y tenia dos hijas, de seis y nueve años. El miedo se apoderó de mí. Lo único que podía pensar era: “¿Quién las va a cuidar si yo falto? ¿Qué va a ser de ellas?”. No me preocupaba que pudieran sobrevivir sin mí, sino el dolor que mi ausencia podría causarles.
Me sentía tan mal que no pude darles la noticia a mis papás, ambos médicos. Le pedí a mi esposo que lo hiciera por mí.
Los siguientes días estuvieron llenos de lágrimas, citas, decisiones y viajes a Monterrey.
Tuve la fortuna de hablar con dos mujeres que ya habían vivido algo similar. Ambas me hablaron de entregarle todo a Dios. Yo ya era creyente, pero este proceso me permitió conocer una relación con Él que antes no tenía. Aprendí a navegar una tormenta confiando en que Él estaba conmigo en mi barca.
El 31 de octubre me realizaron una mastectomía radical. La cirugía salió bien y mi recuperación fue rápida. Después vinieron las quimioterapias y radioterapias. También recibí acompañamiento de una psicóloga, algo que recomiendo profundamente. Me ayudó a entender mis emociones, las de mi familia y, especialmente, a encontrar la manera de hablar con mis hijas sobre lo que estaba viviendo.
Mi red de apoyo fue fundamental. Mi mamá estuvo conmigo en cada cirugía y quimioterapia; mi esposo caminó a mi lado y mis amigas cuidaron de mis hijas cuando yo no podía. Recibí oraciones, flores, comida, regalos y, sobre todo, muchísimo amor.
Hoy sigo tomando medicamentos y aprendiendo a vivir con los cambios que dejó este proceso. Los estudios todavía me ponen nerviosa, pero cada día lo manejo mejor.
Si acabas de recibir este diag-nóstico, busca a alguien que haya pasado por algo similar.
Nadie entiende mejor este camino que quien ya lo recorrió. No te voy a decir que no tengas miedo, porque yo también lo tuve. Solo sigue caminando, un día a la vez. Yo no elegí este camino, pero me tocó vivirlo. Y aunque el cáncer me ha traído momentos muy dificiles, también me enseñó a vivir sin límites. Hoy no dejo sueños pendientes. Abrazo, beso, sonrío, viajo y ayudo a mis hijas a cumplir los suyos.
Cada día agradezco abrir los ojos y le pido a Dios vida para verlas crecer.
El mañana no está asegurado para nadie. Por eso, mientras estemos aquí, hay que vivir a tope cada segundo.

