Una leyenda

Una chica se recarga en un barandal fabricada con varillas metálicas delgadas, casi donde hace esquina.  Es delgada y trae un vestido de color claro con medias y zapatos de color oscuro.  Su cabello oscuro está en trenzas.  Una de las trenzas cae sobre su hombro derecho.  Descansa su barbilla en la mano izquierda.  Su codo izquierdo descansa en el barandal.  El codo derecho también está sobre el barandal y su mano derecha envuelve su antebrazo izquierdo.  Detrás de la chica está una puerta de madera de dos hojas.  La puerta está cerrada pero los vidrios de la hoja derecha faltan, o están abiertos.  La pared está pintada de dos colores distintos, uno más oscuro en la parte inferior y uno más claro arriba.  El piso parece está elaborado con mosaicos de barro.  El pie derecho de la chica descansa sobre la parte inferior del barandal.

Es una vecindad como tantas otras, una chica como tantas otras que seguramente a esta hora precisa están en otras vecindades, recargadas en otros barandales, mirando hacia abajo a otros patios.  Otras y otros, muchos; vecindades, barandales y chicas multitudinarios en una ciudad donde cualquiera y su historia se pierde.

Son las 4 de la tarde.  Lo sé porque a esa hora esta chica particular, a diferencia de cero similitud con todas las demás (no sé nada sobre las otras), se para justo en ese barandal, justo de esa manera, todos los días.  Mira hacia abajo.  En este patio, como en tantos otros, hay una fuente en medio.  Debió haber sido hermoso en algún tiempo, pero ahora le faltan ladrillos y mosaicos, pintura y bueno, agua.  Le falta vida.  Cuentan que esta fuente fue, en días muy lejanos, el centro de reunión para la familia que construyó esta casona ahora convertida en una vecindad, como tantas otras.  Cuentan que había música, tertulias, risas, niños, agua y hasta peces dorados de esos grandes y caros traídos de Japón.  De esta casa los lujos, como los peces caros, se fueron con la vida.  Dicen que la familia esa perdió la propiedad (la casona junto con el patio, las habitaciones, los pasillos, el traspatio, la cocina, la huerta, el barandal y la fuente).  Dicen que nadie supo qué fue de ellos, que un día ya no estaban.  La casona poco a poco fue ocupada por otras familias, familias que nada sabían de lujos.

Pero a las 4 de la tarde es la hora en que llega él.  ¡Ah!  Ya sé que están pensando que esta es una historia común de una chica enamorada perdidamente de un amor imposible.  No, no lo es.  “Él” es un ser diminuto, una especie de hada, o gnomo, o duende.  Bueno, gnomo o duende.  Si fuera hada tendría alas, supongo.

Entonces a las 4 llega él.  Un ser diminuto que viste un traje diminuto, como podríamos esperar, un traje verde.  Se nota que alguna vez el traje era verde esmeralda, pero debe tener muchos años y muchas lavadas porque ahora es un verde apagado y sin vida.  La chica observa mientras el visitante se asoma al patio.  Mira cuidadosamente a diestra y siniestra, adelante y por debajo de las escaleras que quedan justo a su izquierda, las escaleras donde comienza el barandal de varillas delgadas y que llevan a donde está ella recargada hoy como todos los días justo a esta hora.

Satisfecho de no ser visto (y de nuevo, cuando menos al parecer, sin darse cuenta de la presencia de ella) él atraviesa el patio y llega a la fuente.  Conoce el camino más corto y sabe exactamente adónde va.  Rodea la fuente (es redonda como tantas otras) y toca con su pequeño pie un pedazo de mosaico azul brillante, un pedazo que permanece, que no se ha caído.  Al contacto con su pie se abre una puertita.  La chica contempla con extrañeza este suceso, como todos los días, pues ha buscado, sin encontrar, esa puertita.  Ha tocado con el pie, como él lo hace.  Ha empujado, jalado, picado, pateado, golpeado, todo sin resultados.  Jamás se ha movido nada, ni siquiera el pedazo de mosaico azul brillante que no se ha caído, que parece que jamás se caerá.  Y como todos los días, se abre la puertita y él desaparece.  Ella asume que desaparece hacia adentro, pero ¿adentro de qué?  Bueno, ese es uno de los misterios que quedarán por resolverse.

Por ahora hay que esperar.  Él ya llegó.  Y ella tiene tarea que hacer.  También tendrá que ayudar a su madre con el quehacer de la casa y a prepararles la cena a su papá y sus hermanos.  Una vida rutinaria como tantas otras.  Una vida, la de ella, sin lujos, sin color, sin música, sin tertulias, sin risas, sin peces dorados.  ¡Ah!  Pero volverá a su lugar en el barandal después de que todos en la vecindad se hayan dormido, cuando nadie transita por el lugar.  Y, como todas las noches, se volverá a abrir la puertita y aparecerá él, ahora acompañado por otros: hombres, mujeres, niños.  Traen con ellos los colores de la fuente, la música, las risas, la tertulia, el agua y hasta los peces dorados.  Ella es la única testigo de esto.  Noche tras noche, semana tras semana, el recuerdo de lo que alguna vez fue la vida en aquel lugar.  Y al finalizar la fiesta, ellos desaparecen por la misma puertita, y él sale por una rendija en la puerta principal, y ella se va a dormir.

Años más tarde la casona de la familia McCarthy fue derrumbada.  No había quien mantuviera la propiedad.  Ella se casó y se fue a vivir a otra vecindad, como tantas otras, a seguir su vida.  No lo volvió a ver a él.  Después de tiempo, se comentó que, al derrumbar la casa, encontraron, debajo de la fuente, hermosa en algún tiempo, pero que le faltaban ladrillos y mosaicos, pintura y agua, la fuente al que le faltaba vida y que fue, en días muy lejanos, el centro de reunión para la familia que construyó la casona, encontraron allí, todos juntos, los restos de una familia: hombres, mujeres y niños, la familia McCarthy que había perdido, pero jamás abandonado, la propiedad.

Dona Wiseman

Psicoterapeuta, poeta, traductora y actriz. Maestra de inglés por casualidad del destino. Poeta como resultado del proceso personal que libera al ser. Madre de 4, abuela de 5. La vida sigue.

DEJA UN COMENTARIO

LECTURAS RELACIONADAS