Yo tampoco sé cómo vivir…

Por Liliana Contreras Reyes

A todos nos ha tocado ver esas frases pintadas en las bardas de la ciudad, firmadas por Acción poética. Este movimiento, empezó en nuestra región hace más de 20 años, en Monterrey, por Armando Alanís. El propósito era llevar la poesía a las personas, dada la convicción de que la Literatura puede cambiar el mundo.

Fue así que, por casualidad, di con una frase que he compartido y recompartido varias veces a través de los años:

Yo tampoco sé cómo vivir, estoy improvisando.

La primera vez que la leí, por lo que recuerdo, me encontraba soltera, trabajaba y estaba estudiando Letras Españolas. Me sentía desorientada. Ya era una mujer adulta e independiente, vivía sola y fue cuando me cayó el veinte de que yo era responsable de mí misma y de lo que me ocurriera. ¡Qué miedo!

Sin dudarlo, agarré mis cosas y me fui a vivir a Puebla, para estudiar allá. Llegué sin conocer a nadie, a vivir a un departamento compartido con tres desconocidas. Una compañera era de Saltillo, amiga de una conocida del trabajo y, a través de ella, fue que llegué a vivir al departamento de la 27 Sur. Sus “roomies” eran del sur de México. No me acuerdo de dónde, pero creo que de Campeche.

Para quienes me conocen, y pudieron vivir ese año conmigo, saben que ha sido una de las experiencias más desabridas de mi vida: la comida era horrible, los poblanos mucho más complicados que los saltillenses (a quienes ya me había acostumbrado, siendo de Acuña), el ambiente de trabajo pésimo y mi vida compartida con esas desconocidas un poco surrealista.

En ese año supe lo que significaba ser “buga” y, por añadidura, comprendí un poco más la homosexualidad. Fui testigo de cómo mis compañeras engañaban a sus padres o sus novios. Me enteré, casi por casualidad, de que un conocido estaba infectado de VIH. Fui por primera vez a un “After”, en el que los asistentes estaban más confundidos y perdidos que yo. Me robaron mi comida y tuve que fingir que no me daba cuenta de que usaban mi cama o mis pertenencias. En pocas palabras, conocí un estilo de vida que no sabía que existía.

La segunda vez que me topé con esa frase ya estaba casada. Tenía un año de haber abierto mi negocio, estaba trabajando como loca prácticamente todo el día y terminando mi maestría por la noche. Habíamos dejado nuestra casa, para vivir más cerca del negocio, no teníamos dinero y nuestra relación estaba en una de esas crisis de la que nunca hablamos, pero de la que ambos estábamos conscientes. En ese momento, intentábamos embarazarnos, pero las cosas no salían como las planeábamos. Y apareció la frase indicada:

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Nuevamente, me sentía perdida. Son cosas de las que casi nadie te habla y, cuando te lo dicen, no lo comprendes o no lo reflexionas. Casi cada semana me preguntaba si no era mejor cerrar el negocio, si no era mejor dejar de lado la idea de tener hijos, si no era mejor sólo ir a un trabajo en el que checar la entrada y la salida era suficiente. Me sentaba en el piso, ya en la noche, y me ponía a pensar y pensar, lo cual no me llevaba a ningún lado, más que a estresarme y a quitarme el sueño.

La tercera vez fue este año. En este momento. Otra vez, después de haber pasado casi seis años libre de este tipo de estrés, siento que voy improvisando. Me siento intranquila, insegura, yendo a tientas. Nuevamente cuestiono las decisiones que he tomado y que me han traído al lugar en el que me encuentro. Bien podría estar en el café de la mañana, compartiendo lo que hice el fin de semana con mi compañera del escritorio de al lado, quejándome de una jefa que no nos pela y creyendo que estoy haciendo lo que me corresponde. Pero ya no puedo, ya estoy aquí y solo me queda continuar.

Justo ahora viene a mi mente una frase que leí hace muchos años. La parafraseo, porque no recuerdo el autor:

¡Adelante! Por los caminos buenos si es posible. Por los malos, si no hay otros. Pero siempre adelante para lograr el fin.

Y me viene otra, de Nietzsche:

Quien tiene por qué vivir, puede soportar cualquier cómo.

Y entonces, aparece otra, de Jodorowsky:

Si no soy yo, ¿quién? Si no es ahora, ¿cuándo? Si no es aquí, ¿dónde?

Lo que quiero decir es que la poesía, la Literatura, ha sido el salvavidas que me ha rescatado en los momentos de incertidumbre. Leer a otros me ayuda a comprenderme y, a veces, a comprender a los demás, las circunstancias que vivo, a resolver mis propias dudas y confusiones. Sí creo que la poesía puede cambiar a las personas para cambiar al mundo.

Al final, improvisando o no, sé que lo que me mantiene a flote es saber que el propósito que persigo es el indicado para mí.

Liliana Contreras

Psicóloga y Licenciada en letras españolas. Cuenta con un Máster en Neuropsicología y una Maestría en Planeación. Se dedica a la atención de niños con trastornos del desarrollo. Fundó el centro Kua’nu en 2012. Ha publicado en la revista La Humildad Premiada, Historias de Entretén y Miento, La Gazeta de Saltillo, en los periódicos Vanguardia y Zócalo de Saltillo. Colaboró en el libro Cartografía a dos voces. Antología de poesía (Biblioteca Pape & IMC, 2017) y, actualmente, escribe para la revista NES, en la edición impresa y digital.

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