¿Creer o no creer? (O, ¿creer en el amor? Segunda parte).

Liliana Contreras Reyes

 

Marino, uno de mis mejores amigos, quedó inconforme con mi artículo anterior, en donde hablo de mi creencia en el amor. Con razones muy válidas, juzgó mi reflexión como un texto superficial por una razón muy simple: no definí el amor. De acuerdo con sus reflexiones de hombre romántico, me argumentó lo siguiente:

  1. Desde la perspectiva filosófica, los valores no existen. Son constructos a los cuales los “seres” humanos dotamos de significado. Existimos nosotros, no el amor en sí mismo.
  2. De acuerdo con su perspectiva, el amor no es sólo tener armonía o sentir bienestar al estar o compartir la vida con alguien. Lo que él comenta es que hay una parte más allá de todos los puntos que, en mi matrimonio, me dan señales de que el amor existe.

Después de un debate por mensajes y audios, he pensado en el tema: tiene razón.  Mi texto fue escrito desde una postura cómoda de esposa, mujer, mamá, trabajadora, que dedicó parte de una noche en reflexionar acerca de un tema específico. No hice una disertación acerca del amor. En honor a ese debate, quise complementarlo para clarificar mis pensamientos y poder continuar con un tema en una apasionada discusión que, seguro, nos hará leer (o releer) algunos textos.

En primera instancia, hay que diferenciar la emoción del sentimiento. ¿Qué los diferencia? Yo lo describo así:

La emoción es la energía que moviliza nuestro cerebro y nuestro cuerpo, cuando recibimos un estímulo externo (vemos algo) o interno (pienso en algo). Se desencadenan cambios físicos, como puede ser la sudoración de las manos (cuando algo me da miedo) o palpitaciones (cuando estoy alegre). Es efímera. Dura poco tiempo.

El sentimiento es la conciencia que tengo sobre lo que ese estímulo me hace sentir, es decir, pienso en ello, dando cabida al componente cognitivo, e interpreto desde mi subjetividad esa emoción, transformándola en algo perdurable. ¿Cuánto tiempo va a permanecer? Todo el tiempo que mi pensamiento esté en él, tiempo en el cual yo lo interprete como algo positivo en mi vida.

Volviendo al texto anterior, las experiencias cotidianas en las cuales yo percibo el amor son las que me llevan una y otra vez a él, las que me hacen pensar en esa emoción que surgió hace once o diecisiete años.

La primera vez que mi esposo me invitó al cine vimos la película “El amor es ciego”. Pagó con pura morralla. En el momento nos reímos, me pareció lo más tierno del mundo, porque cuando nos encontrábamos en algún antro, muy amablemente se ofrecía a ir a comprarme alguna bebida (con mi dinero) y de pasada compraba una para él (también con mi dinero).

Hoy, pasan cosas menos románticas en apariencia, pero son más significativas que aquella primera ida al cine. Repito: conchas a media noche, ir por mí al aeropuerto a la una de la madrugada, describirme el aeropuerto que no conozco para que no batalle.

Decido creer en el amor. Pienso en esas experiencias que me confirman que el amor se puede sentir. Si la filosofía de Marino dice que es un constructo, es un constructo que da sentido a mi vida.

Liliana Contreras

Psicóloga y Licenciada en letras españolas. Cuenta con un Máster en Neuropsicología y una Maestría en Planeación. Se dedica a la atención de niños con trastornos del desarrollo. Fundó el centro Kua’nu en 2012. Ha publicado en la revista La Humildad Premiada, Historias de Entretén y Miento, La Gazeta de Saltillo, en los periódicos Vanguardia y Zócalo de Saltillo. Colaboró en el libro Cartografía a dos voces. Antología de poesía (Biblioteca Pape & IMC, 2017) y, actualmente, escribe para la revista NES, en la edición impresa y digital.

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