Flexibilidad mental o cómo la contingencia nos permite aprender cosas nuevas

Por Liliana Contreras Reyes

Sí, es un título largo, pero el tema lo amerita. En este post quiero hablarles de un tema importante dentro de mi labor como neuropsicóloga: la flexibilidad cognitiva. ¿Por qué? Porque durante estos días en casa, leo constantemente post acerca del estrés que están viviendo padres y alumnos por la carga de actividades académicas, aunadas a las labores del hogar y el trabajo en casa. Habrá quienes hagan solo una cosa y se sientan igual de abrumados que quienes cumplen con las tres.

El tema me parece importante por dos cosas: 1) los padres somos el principal modelo para los niños, tanto en el aprendizaje de hábitos, rutinas, costumbres, creencias, como en la forma en que reaccionamos ante situaciones de estrés (y muchas otras cosas); y, 2) porque adaptarnos a situaciones nuevas es una habilidad que, según los teóricos, solo el 4 por ciento de la población adulta logra desarrollar, dentro de un grupo de habilidades llamadas Funciones Ejecutivas (FFEE).

Las FFEE se refieren a un constructo teórico que hace referencia a las “capacidades para formular objetivos, planear y realizar los planes de modo efectivo” (González, M., 2015). El propósito que cumplen es que el ser humano tenga la iniciativa y la posibilidad de ordenar y guiar su comportamiento hacia una meta.

Dentro de este grupo de capacidades, encontramos la capacidad de abstraer (la representación mental de cosas que no están presentes), la atención sostenida en una misma actividad, la autorregulación, la flexibilidad mental, la fluidez (dar varias opciones para resolver un mismo problema), la inhibición (contrario a la impulsividad), la planeación, la capacidad de sopesar el riesgo frente al beneficio de una decisión, entre otras.

En este momento voy a profundizar en la flexibilidad cognitiva, la cual se refiere a la capacidad que tenemos para adaptarnos o para aceptar los cambios que se generan en el contexto. No implica que no nos causen estrés, sino que no nos causen un nivel tan alto que llegue a inmovilizarnos.

Cuando vemos que algo que hacemos es ineficiente, la flexibilidad nos permite probar con otro tipo de respuesta; la falta de ella, nos llevaría a seguir con el patrón a pesar de que el resultado no sea el esperado. Ejemplo:

Un niño está acostumbrado a que su mamá lo recoja de la escuela y, un día, llega su abuelo por él. Una respuesta esperada implicaría que el niño se sorprenda, pregunte por su mamá, pero acepte ir a casa con su abuelo. Una respuesta atípica sería que el niño se angustiara tanto que tenga una rabieta,  se niegue a ir a casa hasta que llegue su mamá. Éste sería un extremo, obviamente, pero pasa.

Pedimos pizza siempre al mismo restaurante. Un día no nos responden. Marcamos unas diez veces y nada. La flexibilidad nos llevaría a buscar otra opción: pedir en otra pizzería, buscar en internet si el restaurante de preferencia cambió de teléfono, ir directamente al lugar. La falta de ella nos llevaría  a marcar y marcar varias veces, varios días, el mismo número, sin preguntarnos qué habría pasado y, además, pedir otra cosa de comer (no pizza) porque la que nos gusta es la de ahí.

La contingencia nos obligó a cambiar de forma radical nuestra vida en todos los sentidos: estar en casa, trabajar en un horario abierto, ayudar a los niños con las clases, preparar comida, limpiar más de lo habiltual, aprender a usar aplicaciones y programas tecnológicos, prepararnos para fotos, videos o videoconferencias, cuestionarnos sobre la seguridad en el uso de Internet, entre otras cosas.

En mi caso, como en el de mis compañeras de trabajo, adaptamos un espacio en casa para poder trabajar en línea, dando clases, sesiones de terapia, hacer entrevistas, transmisiones en vivo. Estamos exponiendo nuestra privacidad, pero, al mismo tiempo, estamos adentrándonos en la privacidad de nuestros alumnos y pacientes.

Una cosa es la que se ve a través de la cámara, otra, la que está detrás de ella. Por un lado, está la intención de ofrecer lo mejor de nosotros, por otro, las emociones que guardamos y que, a veces, afloran durante la transmisión. No somos expertos en medios, no somos periodistas ni actrices, pero sabemos que es el único recurso disponible por el momento.

En todas las transmisiones en las que he participado aparece Nicolás, en vivo o, por lo menos, su voz: “¡mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! Quiero uvas”. Él lo sabe y aprovecha el momento para demandar atención. Ayer se me acercó al final de una plática, acomodándose para salir en el video, pero llegó en pañal. Se les ocurrió quitarse la ropa, para acurrucarse bajo una colcha. Con la lluvia de la tarde, nada más cómodo para ellos que andar en calzones bajo una polar.

Me ha tocado escuchar a la mascota de alguien, ver los abanicos de techo de muchos otros;  personas despeinadas, narices de quienes no saben que está encendido el video y hasta una compañera regañando a su hijo por haber tirado la comida. De esto, hay muchos videos graciosos en la red.

Es aquí donde nuestra capacidad para adaptarnos aflora.

Me siento feliz de ver a mis compañeras que se han hecho expertas en el uso de aplicaciones para videoconferencia: Zoom, Videoconferencias Telmex, Jitsi, Stream Yard, Teams, Meet; han aprendido desde desactivar su audio y video, usar una pizarra electrónica, aplicar medidas básicas de seguridad en sus conexiones, hasta a hacer las actividades académicas en una plataforma de Internet, a editar videos y, sobre todo, a manejar esas emociones que surgen de repente durante sus actividades.

No estábamos preparados para vivir esta experiencia, pero ha sido una gran oportunidad para demostrar y desarrollar nuestras habilidades, para reconocer lo que nos motiva y ver esta contingencia como una gran oportunidad. Para quienes tenemos hijos, es un plus. Nos da la posibilidad de enseñarles cuántas cosas podemos hacer cuando cambian los planes, cómo adaptarnos a circunstancias imprevistas y sacar provecho de ellas. Vale la pena reflexionar sobre lo que cada uno está aportando a sus pequeños en este sentido. Siempre es momento de cambiar, de calmarnos y de intentarlo una vez más de forma distinta.

No tenemos una oficina en casa. Tenemos un espacio en la habitación, en medio de la sala, en el comedor, en la mesa de patio. Que esto nos ayude también a comprender a quien nos sigue del otro lado de la pantalla.

 

González, M. (2015). Desarrollo de las funciones ejecutivas en la edad preescolar. México: Manual Moderno.

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Liliana Contreras

Psicóloga y Licenciada en letras españolas. Cuenta con un Máster en Neuropsicología y una Maestría en Planeación. Se dedica a la atención de niños con trastornos del desarrollo. Fundó el centro Kua’nu en 2012 y la Comunidad Educativa Alebrije en 2019. Ha publicado en la revista La Humildad Premiada, Historias de Entretén y Miento, La Gazeta de Saltillo, en los periódicos Vanguardia y Zócalo de Saltillo. Colaboró en el libro Cartografía a dos voces. Antología de poesía (Biblioteca Pape & IMC, 2017) y en el Recetario para mamá. Manual de estimulación en casa (Matatena, 2017). Publicó el libro Las aventuras del cuaderno rojo (IMCS, 2019), Brainstorm. Manual de intervención neuropsicológica infantil (Kuanu, 2019) y, actualmente, escribe para la revista NES, en la edición impresa y digital.

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