Morir en voz alta

Por Liliana Contreras Reyes

Recién pasado el día de muertos y después de ver y explicarle el altar a mis hijos, recordé la primera vez que nos enfrentamos a la muerte. Nos fuimos a Acuña y dejamos a nuestro pez y perrita en casa. El abuelo iría a darle de comer (al perro), pero olvidamos decirle del pez.

Cuando regresamos, el pez estaba flotando panza arriba. Mi esposo lo quitó, antes de que Chuy Carlos lo viera y, en poco tiempo, habíamos comprado uno muy parecido, pensando que no se daría cuenta.

Pasaron los días y, una tarde, ChuyCarlos platicaba con sus primas y le escuché decirles: “…como mi pez, que se murió”. No sabía si reírme o sentirme mal por no haberle explicado las cosas de forma directa y natural. Enseñarle que hablar de la muerte es algo bueno. Decirle en voz alta lo que pasaba por mi cabeza.

Ya pasaron un par de años desde nuestra primera muerte y no se le olvida que su pez murió. Justo en estos días me dijo: “¿Sabías que cuando las personas se mueren, se van a las estrellas?” Yo no se lo dije, supongo que entre la escuela, las películas y las explicaciones del día de muertos, saca sus conjeturas. Luego siguió: “como mi pez. Esas dos estrellas, se juntan con una línea y ahí está”.

A partir de esta experiencia (y otras cuantas), escribí un cuento que les comparto. Está incluido en mi libro Las aventuras del cuaderno rojo, publicado por el Instituto Municipal de Cultura de Saltillo. Al final, les comparto el link.

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TODAS LAS TORTUGAS CAMINAN AL MAR

Tenía tres tortugas: Toña, Dali y Maya. Un día que llegué de la escuela,
sólo encontré a Toña detrás de una tabla. Las otras dos se salieron de su casa sin permiso. Fuimos a la lavandería. Casi siempre buscaban el agua que se juntaba debajo del tallador, pero no estaban. Seguimos sus huellas hasta el portón que daba a la calle. Mamá no quiso salir a buscarlas. Esperamos hasta el sábado, para que papá nos acompañara a seguir sus huellas, pero el patio y la banqueta estaban llenos de hojas amarillas. Los árboles las tiraban, aunque no hacía aire.

No supimos para qué lado caminaron. Fuimos hasta la plaza de la esquina. En el camino, movimos la basura de la orilla de la banqueta, pensando que se habían escondido, y no estaban. Caminamos hacia el otro lado, donde hay un callejón cerrado. Lo atraviesa una alcantarilla muy larga. Escuché el agua debajo de la reja. Tampoco las vimos. Papá dijo que habían seguido el agua para llegar al mar, en donde descansarían.

Las tortugas caminan muy rápido. Las vi correr varias veces cuando escuchaban que abría el bote de comida. Llegarían al mar más pronto que si las hubiéramos llevado en avión. Al otro día, limpiamos el patio y encontramos sus caparazones adentro de la casa de Lobo. Estaban secos, vacíos y con la panza para arriba. Al verlos, Lobo empezó a empujarlos con su nariz, arrastrándolos por la orilla de la pared. Les ladraba para que jugaran, pensando que eran unas pelotas que atraparía en el aire.

Pregunté a papá si las tortugas podrían llegar al mar sin sus caparazones.
Lo pensó mucho y dijo que sí, porque era más fácil caminar sin peso en la
espalda. Metíamos las hojas caídas en una bolsa, cuando mamá salió asustada. Dijo algo sobre el abuelo. Papá entró con ella a la casa, olvidándonos afuera. Nos pusimos a jugar con Lobo y, de rato, salieron por mí. Me cambiaron la ropa sin bañarme y fuimos a casa de la abuela.

—¿Qué le pasó a tu abuelo? —me preguntó Tolás.

En el camino, escuché que se durmió la siesta y no lo podían despertar. Todos los días hacía lo mismo: se encerraba en su oficina a fumar y leer. Salía a la hora de la comida, se sentaba en la silla más grande y, sin decir ninguna palabra, tomaba el tenedor o la cuchara para comer. Masticaba veinte veces cada bocado. Cuando el reloj cantaba la hora, se levantaba, se servía un poco de vino en un vasito pequeño y se iba a dormir la siesta. Al despertar, leía las noticias del periódico.

Vi de lejos la casa de mi abuela. Había muchas personas entrando y saliendo. Nos sentaron a ver televisión y no salimos hasta que ya era de noche. El abuelo seguía sin despertar. Estaba en medio de la sala, igual que los caparazones de Dali y Maya: seco, vacío y con la panza para arriba.

Después de ese día, me daba miedo dormirme y cabeceaba en todos lados. Prefería tener prendidas las luces de mi cuarto, la lámpara del pasillo y hasta unas tiras brillantes que metía entre las cobijas.

—A mí me encanta dormir —dijo Tolás adivinando mi pensamiento—. Sueño las cosas que no podemos hacer en la realidad. La otra vez soñé que luchábamos contra dos águilas enormes. Volabas tan alto como yo, sin tener alas.

¡Era cierto! Cuando había sol, aprovechaba para correr, brincar y perderse entre las plantas. En la noche, dormido, peleaba contra los caballeros que querían robar sus monedas imaginarias o a la princesa que protegía en su castillo de Legos. Me contó que, cuando los dragones cumplen seis años, entran a un sueño del que no pueden despertar. Me sentí triste. Aunque no lo había pensado, suponía que Tolás estaría siempre conmigo.

Le pregunté a la maestra cuántos eran seis años y me dijo que los cumpliría cuando le diera otra vuelta al sol. Cambiaría de escuela y me pondrían la siguiente vacuna. Aprendería a leer, a saltar en un pie y podría pagar en la tienda. Cuando le conté de mi dragón, se rio. Dijo que aún faltaba casi un año para nuestro festejo y que siempre estaría aquí dentro, señalando mi cabeza y mi pecho. Tolás trató de distraerme, invitándome a jugar, porque me quedé muy serio.

—¡El que pise la raya, pierde! —me gritó.

Caminaba con cuidado, viendo el piso, saltando las líneas, haciendo el pie
chiquito o poniéndolo de lado. Ese juego me divertía mucho, pero no ese día. Volteaba alrededor y veía a las personas caminando sobre las líneas sin reírse. Le pregunté qué pierde el que pisa la raya y respondió que se va hasta atrás y vuelve a empezar. Lo que era gracioso para Tolás, era aburrido para mí.

Papá llegó a casa y fue directo conmigo. Sentí escalofríos, porque siempre
era yo el que iba tras él. Se paró a mi lado, viendo el piso, y sus pies
quedaron adentro de un cuadrito, sin pisar la raya.

Sonreía, señalando mis pies con la ceja. “¿Qué pasa?”, me preguntó. Adrede, pisé las cuatro rayas de una esquina. Le expliqué por qué ya no me parecía gracioso el juego. Me hizo la misma pregunta: “¿Qué pasa?”

Por fin, me animé. Platiqué con él sobre Tolás y sus seis años. Hablamos del abuelo. No entendía por qué ya no estaba en su casa. Recordé a mis tortugas desobedientes.

“Ellos están dentro de ti”, me dijo. Dibujó un círculo grande, que era yo,
con un círculo pequeño adentro, en donde podría guardar mis recuerdos
favoritos. “Ahorita, Tolás anda por aquí y por allá. Trepa, corre y quema
cosas. Cuando crezcan, podrá hacerlo a través de ti. Vas a oír su voz,
diciéndote: ‘Chuy Carlos, haz esto o mira aquello’. Tú tendrás que hacer las cosas por él”, me explicó.

Entendí que su voz estaría guardada adentro de mi cabeza. Me ayudaría a pintar una pared sin tener colores y se la prestaría a un dinosaurio para rugir, aunque sabía que los dinosaurios estaban extintos. Esa noche dormí con la luz apagada. Supe que mi abuelo, igual que Tolás, estaría conmigo siempre y que se encontrarían con mis tortugas caminando hacia el mar.

FIN

Espero que lo disfruten.

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noviembre 6, 2020

Liliana Contreras

Psicóloga y Licenciada en letras españolas. Cuenta con un Máster en Neuropsicología y una Maestría en Planeación. Se dedica a la atención de niños con trastornos del desarrollo. Fundó el centro Kua’nu en 2012 y la Comunidad Educativa Alebrije en 2019. Ha publicado en la revista La Humildad Premiada, Historias de Entretén y Miento, La Gazeta de Saltillo, en los periódicos Vanguardia y Zócalo de Saltillo. Colaboró en el libro Cartografía a dos voces. Antología de poesía (Biblioteca Pape & IMC, 2017) y en el Recetario para mamá. Manual de estimulación en casa (Matatena, 2017). Publicó el libro Las aventuras del cuaderno rojo (IMCS, 2019), Brainstorm. Manual de intervención neuropsicológica infantil (Kuanu, 2019) y, actualmente, escribe para la revista NES, en la edición impresa y digital.

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