La mujer fabulada

· Se divulga la noticia de la fechoría. ·

Por Liliana Contreras Reyes

“Me atrevería a aventurar que Anónimo,

que tantos poemas escribió sin firmarlos,

era a menudo una mujer”

Virginia Wolf.

En la entrada anterior, cerré el texto inicial de “La mujer fabulada” con los siguientes cuestionamientos, los cuales replanteo de forma más extensa: ¿Qué se necesita para romper los modelos de mujer a los que nos enfrentamos y que no siempre reflejan nuestra femineidad (la de cada una, vista como algo único e independiente)? Una crisis, un cambio de paradigma, confrontación, ya sea con una misma o con el entorno. ¿En qué debemos convertirnos hoy? Me adelanto: en una misma, en sí misma.

Sé que es muy trillado decirlo, pero si no conocemos la historia, si no conocemos el vocabulario, las experiencias previas, la propia historia de las mujeres en la familia, no tendremos la capacidad de reconocer qué patrones estamos repitiendo nosotras mismas y hasta qué punto, el proceso que decidamos seguir para convertirnos en “sí mismas” realmente nos va a permitir cambiar de paradigma. Por ello, haré un recorrido histórico, del cual el presente texto abarca un poco de Antigüedad, virreinato, hasta el siglo XIX, bajo el tema propuesto por Propp, dentro de las 31 funciones recurrentes del cuento clásico ruso, como “se divulga la noticia de la fechoría”: las mujeres hemos vivido en desventaja por siglos.

I

En la historia de Egipto, hace más de 3500 años, Hatshepsut , fue una mujer que reinó durante 21 años como faraón, al asumir el control en lugar de Tutmosis I, hijo de su marido con una reina menor. Aún cuando se intentó eliminar el registro de su gobierno, se ha descubierto que logró gobernar haciéndose llamar esposa del dios Amón,[1] dejando de lado la idea de que “el papel del rey no podía desempeñarse por una mujer” (Brown, 2009, p. 13). Hatshepsut aparece en las imágenes o esfinges que se conservan, con los símbolos propios de un rey: “la cobra de uræus (…) los pies separados, [en] la postura típica del rey (…) [haciéndose] presentar exclusivamente como rey varón, con el tocado [de rayas en la cabeza], la falda shenti y la falsa barba” (Brown, 2009, pp. 9-16).

En la Biblia encontramos una marcada diferencia entre los sexos, pues incluye temas relacionados con el comportamiento y conducta propios de la mujer. Los siguientes ejemplos, cuyos capítulos se titulan, respectivamente, “El velo de las mujeres” y “Nada hay más perfecto que el amor” lo muestran:

El varón no debe cubrirse la cabeza porque es imagen y reflejo de Dios, mientras que la mujer es reflejo del hombre. El varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón; tampoco fue creado el varón con miras a la mujer, sino la mujer con miras al varón. La mujer, pues, debe llevar sobre la cabeza el signo de su dependencia; de lo contrario, ¿qué pensarán los ángeles? (1-Cor, 11, 7-10).

Hagan como se hace en todas las Iglesias de los santos: que las mujeres estén calladas en las asambleas. No les corresponde tomar la palabra. Que estén sometidas, como lo dice también la Ley. Y si desean saber más, que se lo pregunten en casa a su marido. Es feo que la mujer hable en la asamblea (1.Cor, 14, 34-35).

Estos preceptos impactan directamente en la vida cotidiana, pues las religiones los acatan con rigor y el castigo impuesto a la  mujer que no se somete puede ir desde la soledad y la reclusión, hasta la muerte.

María Rodríguez, realiza un análisis de la situación de la mujer mexica, en contraste con el hombre, explorando su función social de acuerdo a su lugar como esclava, macehual (india plebeya al servicio de algún noble) o pilli (noble), encontrando que la “mujer mexica estaba excluida de las decisiones políticas (…) su fuerza de trabajo se circunscribía a labores secundarias que no daban acceso a control y poder (…) supeditada en el hogar al poder patriarcal del hombre…” (Boehm, 2010, § 5). En su análisis, aparece Cihuacoatl, deidad femenina que participó en la guerra de Tlatelolco como guerrero. 

Cuando la mujer pobre se vio en la necesidad de apoyar económicamente en sus hogares, ejerció un oficio complementario como tejedora, partera, matrona e, incluso, comenzó a elaborar “productos que constituyeron valores de cambio que podían ser intercambiados en el mercado” (Rodríguez, 2000, p. 121). Entre los diversos quehaceres descritos por la autora, el tlacuilo, oficio de pintar códices y documentos, le abrió la posibilidad de adquirir un adiestramiento, para fungir como auxiliar del varón y es el antecedente indígena de la escritura (pp. 137-138).

La indígena más reconocida en nuestros días, por su papel en La Conquista, es La Malinche.[2] Se trata de una mujer inteligente, que en su proceso de adaptación al lado de Cortés, aprendió las costumbres y lenguas, tanto de españoles como de otras culturas indígenas. Fue una de las primeras en percatarse de la “fragilidad humana de los extraños y [en descartar] su carácter divino” (Círigo, 2010, p. 57).

Estos antecedentes dan guiños a la realidad actual: la mujer se encontraba supeditada al varón (padre, hermano o esposo) y era juzgada con rigor cuando se salía de las reglas impuestas por éstos. La mujer que deseaba desempeñar una función que no le correspondía, de acuerdo a las normas y costumbres de su época, lo hacía escondida como varón, manteniéndose en el anonimato.

II

En México, Sor Juana Inés de la Cruz intentó igualarse al hombre. Desde los 8 años de edad cayó en cuenta de que sólo como varón tendría acceso a la Real y Pontificia Universidad. Sin ingresar a ella, logró convertirse en uno de los personajes más deslumbrantes de nuestro país y, con ello, en un monstruo inclasificable, sin un sitio apropiado:

“un caso único, un ejemplar singular. Por sí sola era una especie: monja, poetisa, música, pintora, teóloga andante, metáfora encarnada, concepto viviente, beldad con tocas, silogismo con faldas, criatura doblemente temible: su voz encanta, sus razones matan” (Paz, 2008, p.359)

Las características de La Colonia vuelven extraordinario que “el escritor más importante de Nueva España haya sido una mujer” (Paz, 2008, p. 69), ya que en este periodo las alternativas eran limitadas: no podían acceder a la Universidad ni a los colegios de enseñanza superior y las únicas opciones aceptadas eran “la puerta entreabierta de la corte y de la Iglesia” (Paz, 2008, 69); la mujer no podía dar sermones, lecciones o cátedra (como dice el libro de Corintios), no podían tener una biblioteca personal, pues la cultura y el mundo en general tenían un carácter masculino. Como salida, Juana Inés decide ingresar al convento, refugio “adecuado” para una mujer en su época y condición, pues no quería casarse, no tenía dote y era hija natural.

De acuerdo a Silvia Marina Arrom (1988), antes de 1786, pocas fueron las mujeres que tuvieron acceso a la educación iluminista. Algunas, de clase alta, recibían educación en su casa, pero la mayoría no recibían ningún tipo de educación. Las escuelas más reconocidas ofrecían un programa integral que incluía enseñar a leer, escribir, preceptos religiosos, bordado, costura y música. Además, algo de latín, aritmética, ciencia e historia. Sin embargo, a las alumnas indígenas sólo les enseñaban las primeras letras y se acentuaban las habilidades domésticas como lavar y planchar.

En este punto, abro un paréntesis para comentar acerca de uno de los libros más importantes sobre educación, específicamente, la educación naturalista, titulado Emilio o de la educación (Rousseau, 1970), cuya publicación fue muy valiosa, pero que deja entrever la concepción que se tenía de la mujer, al incluir un quinto capítulo, “Sofía o la mujer” para aclarar cuál sería su propuesta educativa para ellas. Me podría detener más, pero solo mencionaré una cita que lo resume todo: no es propio de las mujeres la investigación de las verdades abstractas y especulativas (…) las obras de ingenio vasto exceden su capacidad” (p. 396).

Después de esta fecha, se da un cambio en la educación ofrecida a las mujeres, en la ciudad de México. El ayuntamiento solicitó que en la capital se ofreciera educación gratuita, ya que las clases humildes llegaban a la metrópoli por la hambruna que había en el campo, y era necesario mantener ocupada a esa población. Así, para 1802, cerca de tres mil niñas estaban matriculadas en diferentes escuelas, aún cuando se dejaba en tela de juicio la calidad de la educación que recibían.

A finales del siglo, aparecen las primeras universitarias del país. En 1886 se tituló la primera dentista, Margarita Chorné; en 1887, Matilde Montoya obtuvo el título de Médico Cirujano el cual no fue gratuito, pues al matricularse “causó revuelo entre sus profesores, a quienes les incomodaba el hecho de que una señorita atendiera la clase de Anatomía con sus compañeros varones” (Lau, 2009, p. 6). En 1889, María Sandoval de Zarco, la primer abogada, concluyó sus estudios y “se vio obligada a ejercer derecho civil por ser mal visto que saliera a litigar” (Salinas, 2000, pp.12-13; Lau, 2009, p. 6).

En el aspecto laboral, la mujer de más baja escala social estaba considerada en el desarrollo de actividades económicas del virreinato, mientras las de elite sólo tenían esclarecida la maternidad. Las de clase media, con algo de instrucción elemental, podían dedicarse a enseñar a las de su sexo. La inmersión de las mujeres en el campo laboral requería cambios en los valores que hasta entonces se lo impedían. Pero, los gremios de artesanos no aceptaban la participación femenina en las actividades que ellos realizaban. El sustento legal que las respaldó apareció hasta 1784, con un decreto que eliminó estas restricciones en la península Ibérica. El virrey Miguel José de Azanza lo extendió a la Nueva España, pero el decreto fechado en 1799, en donde se permitía a las mujeres participar en cualquier “actividad que fuera compatible con su decoro y fuerza”, no fue acatado por los integrantes de las ordenanzas gremiales (Herrera, 2004, § 9).

Todo lo anterior explica el calificativo de “intersexual” dado a Sor Juana derivado de “su sexualidad enfermiza [orientada] hacia actividades como la literatura o la vida pública (…) Pfandal[3] identifica al mundo del saber y las letras con el mundo masculino” (Paz, 2008, p. 93). Incluso al leer la obra de la monja, un teólogo comentó que “la autora de esos conceptos no es una mujer sino un ‘hombre con todas sus barbas’” (p. 93).

Considerando la idea de Castellanos, en su texto Sobre cultura femenina, Sor Juana no es una madre biológica —forma de trascendencia del sexo femenino— sino que engendra “criaturas mentales”. Para ella, el lenguaje, las letras fueron el acceso al conocimiento, su forma de transgresión.[4] Conocer era una falta imperdonable al canon: una forma de virilidad que desde pequeña intentó alcanzar y que en los últimos años de vida le costaron su renuncia al saber como “una humillación impuesta por las autoridades eclesiásticas” (Paz, 2008, pp. 115-151).

En su intento por mostrar que el alma no tiene sexo, sino que es neutral, devolvió a la mujer su estatuto de persona y le abrió las puertas a la sabiduría. Es ella quien hace notar un elemento sustancial: “la aparición de una conciencia femenina” en la cultura hispánica (Paz, 2008, p. 533).

Un siglo de silencio casi absoluto se interpone entre Sor Juana y las bases para el definitivo arranque de la mujer como escritora en el siguiente siglo.

Sin embargo, es preciso mencionar literatas de diversos países que tuvieron que esconderse tras el nombre de un varón que las amparara, como George Elliot, seudónimo de la británica Mary Ann Evans, quien tomó esta decisión para no ser encasillada como escritora romántica; Cecilia Böhl escribió como Fernán Caballero más de 20 obras (Montero, 2003, p. 50); y, aún a mediados del siglo XX, Josefina Vicens escribía crónicas de toros bajo el nombre de “Pepe Faroles” por cuyos comentarios estuvo a punto de ser golpeada por un boxeador, así como guiones cinematográficos y de política, bajo el sobrenombre de Diógenes García.

III

Después de ver los casos anteriores, resulta imprescindible mencionar que el modelo masculinizado de la mujer, como un intento de igualar al hombre, es una postura que reconoce “un modelo de vida y de acción masculinos como los únicos factibles, como la meta que es necesario alcanzar a toda costa” (Castellanos, 1971, párr. 7). Por consiguiente, será difícil que permita a la mujer conseguir su propia identidad.

Hasta el siglo XX se puede hablar de un periodo enriquecedor para el desarrollo del sexo femenino, tanto en el plano político, social, cultural, como en el intelectual. Las alternativas son vastas y hay mujeres que han optado por alguna de ellas. Vemos que no hay verdades absolutas, no hay una mujer absoluta, no hay un modelo de mujer ideal, sino mujeres que han alcanzado aquello que por siglos se les había negado: alma, personalidad e intelecto; mujeres que, considerando el “conjunto de condiciones” que representa su sexo, lograron definir y desarrollar un camino propio para ser mujer. 

En lo personal, no logro concebir que hubo un momento en que se pensó que la mujer no tenía una categoría de “persona”. Esta inverosimilitud se la debo a todas esas mujeres que lucharon, con armas y sin ellas, que lucharon desarrollando sus habilidades, su cultura y su intelecto, para que yo, hoy, me sepa y me sienta mujer.


Notas:

[1]Amón, “El oculto”, fue el símbolo del poder creador y “Padre de todos los vientos”, fue uno de los principales dioses en Egipto. Su correspondiente griego es Zeus.  

[2]Malinchismo es el nombre dado a la actitud de quien muestra apego por lo extranjero con menosprecio de lo propio (RAE)

[3] Biógrafo o estudioso de Sor Juana, desde una perspectiva psicoanalítica

[4] Aún cuando este término nos lleva directamente al ámbito de las leyes, podemos considerar que al romper el estereotipo femenino precisamente se transgreden algunas normas de conducta implícitas, adjudicadas a la mujer, desde la Antigüedad. La transgresión se define como el hecho de quebrantar, violar un precepto, ley o estatuto. En inglés el términoEstablishment es utilizado para referirse a las reglas o normas tradicionales de las clases de élite y las estructuras sociales que ellos manejan. Puede ser utilizado informalmente para referirse a las costumbres arraigadas en los integrantes de estos grupos, sin que necesariamente se trata de un estatuto legal. De ahí que la transgresión se refiera a no acatar lo “establecido” aún cuando se trate de reglas tácitas

Fuentes:

Arrom, Silvia Marina (1988). Las mujeres en la ciudad de México 1790-1857. México: Siglo XXI.

Brown, Chip, “La reina hombre de Egipto”, National Geographic en español, Volumen 24, Número 4, México, abril de 2009, pp. 2-25.

Castellanos, Rosario (1971), “La abnegación: una virtud loca” [versión electrónica], disponible en línea en www.debatefeminista.com, consultado el 31 de marzo de 2010.

Castellanos, Rosario (2005). Sobre cultura femenina. México:Fondo de Cultura Económica.

Círigo, Alberto, “La verdadera Malinche”, Contenido, Número 561, México, Marzo de 2010, pp. 56-63.

Herrera, Jorge Luis, “El amor es una reflexión, un volver atrás”. Disponible en línea en http://www.reneavilesfabila. com.mx, consultado el 5 de mayo de 2010.

Lau, Ana, “Todas contra la dictadura: las precursoras”, Proceso. Fascículo coleccionable.  La mujer en la Revolución, Número 3, México, Junio de 2009.

Montero, Rosa (2003). La loca de la casa. España: Alfaguara.

Paz, Octavio (2008). Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. (3ª ed.) México: Fondo de Cultura Económica.

Propp, Vladimir (2000). Raíces históricas del cuento (traducción del ruso de José Martín Arancibia). México: Colofón.

Rodríguez-Shadow, María (2000), La mujer mexica [versión electrónica]. (4ª ed.)México: Universidad Autónoma del Estado de México, disponible en http://books.google.com.mx consultado el 15 de abril de 2010.

Rousseau, Juan Jacobo (1970). Emilio o de la educación. México: Fondo de cultura económica.

Salinas Álvarez, Samuel (2000). Las mujeres en la Revolución. México: Museo Nacional de la Revolución.

Liliana Contreras

Psicóloga y Licenciada en letras españolas. Cuenta con un Máster en Neuropsicología y una Maestría en Planeación. Se dedica a la atención de niños con trastornos del desarrollo. Fundó el centro Kua’nu en 2012 y la Comunidad Educativa Alebrije en 2019. Ha publicado en la revista La Humildad Premiada, Historias de Entretén y Miento, La Gazeta de Saltillo, en los periódicos Vanguardia y Zócalo de Saltillo. Colaboró en el libro Cartografía a dos voces. Antología de poesía (Biblioteca Pape & IMC, 2017) y en el Recetario para mamá. Manual de estimulación en casa (Matatena, 2017). Publicó el libro Las aventuras del cuaderno rojo (IMCS, 2019), Brainstorm. Manual de intervención neuropsicológica infantil (Kuanu, 2019) y, actualmente, escribe para la revista NES, en la edición impresa y digital.

1 Comment

  1. Responder

    Barbara Castilla

    noviembre 14, 2021

    Sin duda alguna… anónimo para que no hablen de una 🤭

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