Entrevista por NES / Fotografías: Karina Briones
Ser educadora antes de ser madre era cumplir objetivos: enseñar, evaluar, marcar casillas. Todo giraba en torno a si el niño sabía leer, sumar o multiplicar. Hoy lo veo completamente distinto.
Después de convertirme en mamá, entendí que lo más importante no está en un programa académico. Lo verdaderamente valioso es que un niño sea feliz, que se sienta seguro, que disfrute ir a la escuela. La felicidad se nota en su cara, en cómo habla, en cómo se siente. Eso, para mí, ahora lo es todo.

La infancia que me formó
Crecí con una mamá maestra profundamente empática. Jugaba con nosotros, se ponía a nuestro nivel, hacía de cualquier momento una oportunidad para aprender y conectar. No tuvimos viajes lujosos, pero tuvimos algo mucho más importante: presencia.
Mi mamá nos enseñó que no se necesita tanto para crear recuerdos inolvidables. Hoy entiendo que la verdadera riqueza está en el tiempo compartido, en la creatividad, en la conexión.
El impacto de la maternidad
Convertirme en mamá fue un parteaguas. Me volví más consciente, más sensible, incluso más cautelosa. Pero también más fuerte.
La maternidad no siempre es como la pintan. Hay momentos muy duros, confusos, emocionalmente abrumadores. Yo necesité terapia para entender lo que estaba viviendo. Y ahí descubrí algo poderoso: aprender a gestionarme emocionalmente es clave para poder acompañar a mis hijos.
Romper expectativas y culpas
Vivimos en una era saturada de información sobre crianza. Leía tanto que terminé sintiéndome insuficiente. Me di cuenta de que no todo lo que se dice suma.
No existe una fórmula única. Cada familia, cada mamá, cada hijo es diferente. La crianza no debería ser una fuente de culpa, sino un espacio de conexión.

Criar desde la conciencia emocional
La inteligencia emocional transformó mi forma de maternar. Entendí que primero debo regularme yo para poder acompañar a mis hijos. Respirar, pausar, reconocer lo que siento. Entender que muchas veces el berrinche de un niño no es el problema, sino nuestra reacción. Aprender a validar emociones, a poner límites firmes sin enojo, a mirar con empatía.
Elegir la hipótesis más amorosa cambió todo: preguntarme qué hay detrás del comportamiento de mi hijo en lugar de reaccionar automáticamente.

Sanar mientras criamos
Criar también es un espejo. Nos enfrenta con nuestras propias heridas, con nuestra historia.
Nos da la oportunidad de sanar mientras acompañamos a nuestros hijos.
He aprendido a dejar de culpar el pasado y a tomar lo mejor de él para construir una nueva forma de educar, más consciente, más amorosa.
Mi camino: Emociónate Educando
De toda esta experiencia nació mi proyecto: Emociónate Educando. Un espacio donde comparto herramientas de inteligencia emocional para mamás, porque entendí que cuando una mamá está bien, todo a su alrededor mejora.
Hoy acompaño a otras mujeres desde la empatía, desde lo real, desde lo vivido.
Menos perfección, más conexión
Vivimos en un mundo lleno de pantallas y exigencias. Pero al final, lo que realmente importa es la conexión.
Dedicar tiempo de calidad, aunque sea poco, pero presente. Mirarlos, escucharlos, estar. Porque esos momentos son los que construyen la infancia.

Este artículo forma parte de nuestra edición especial impresa de MAYO – JUNIO 2026: CONCHITA SILLER: Corazón de Acero

