Por Verónica Barreda
El 10 de mayo se llena de flores, comidas familiares y mensajes perfectos. “Gracias por todo, mamá”, “eres lo máximo”. Y sí, claro que la amamos. Pero siempre me ha brincado algo: ese día hablamos del amor como si fuera limpio, fácil. Sin historia. Como si no existieran enojo, distancia o culpa. Como si amar a mamá fuera automático… y no un proceso que, muchas veces, también duele.
Durante años pensé que tenía una buena relación con mi mamá. Cercana. Presente. En cierta manera lo era. Pero también estaba llena de silencios, de expectativas invisibles que iban marcando el camino. Hasta que tomé una decisión completamente mía: divorciarme. Lo que yo creí que sería un proceso personal, se volvió también suyo. Su dolor, su decepción, sus “¿por qué?”. Ahí entendí algo difícil de aceptar: a veces no solo cargas con el peso de tus decisiones, sino con lo que estas implican para los demás. Y cuando ese alguien es tu mamá, la culpa aparece sin pedir permiso.
Porque no importa la edad que tengas, hay una parte de ti que sigue queriendo que ella esté bien contigo. Que apruebe, que entienda. Y cuando no pasa, algo se mueve adentro. Una duda, una incomodidad. Aunque en el fondo sepas que no estás equivocada.
Encima, en mi caso hay algo que lo vuelve aun más complejo: yo no tengo recuerdos de mi mamá como mujer. Mi papá murió hace más de 50 años, así que en mi historia ella siempre ha sido mamá… y ahora abuela.
Fuerte, presente, resolviendo.
Pero no mujer. Y cuando no ves a tu mamá como mujer, la colocas en un pedestal donde no puede equivocarse. Por eso, cuando lo hace, o cuando simplemente no coincide contigo, duele más.
Con el tiempo entendí algo liberador: mi mamá no vino a vivir mi vida, ni a aprobar cada decisión. Hizo lo que pudo con lo que tenía. Tal como lo hago yo.
Y aquí es donde la cosa se pone interesante. Porque hoy, además de hija, soy mamá. Y no de niñas… de mujeres. De Ana Sofía y de Luciana. Verlo desde esa óptica te confronta distinto. La pregunta deja de ser: “¿por qué mi mamá fue así conmigo?”. Para derivar en: “¿qué de esto o aquello estoy repitiendo yo sin darme cuenta?”, “¿en cuáles situaciones creo saber qué es lo mejor para ellas?”, “¿en cuáles me cuesta soltar?”.
Así fue que entendí algo incómodo, pero necesario: amar a tus hijos no te da derecho a dirigir sus decisiones. Acompañar no es controlar. Cuidar no es invadir.
Y soltar, cuando ya son adultos, no es abandono. Es respeto.
No es fácil. Porque hoy entiendo perfecto de dónde viene ese impulso de querer evitarles dolor. Solo que ahora me toca elegir hacerlo distinto. A veces eso implica callarme cuando quiero opinar. A veces es escuchar aunque no esté de acuerdo. A veces es sostenerme en el “confío en ti”, aunque por dentro el miedo me invada.
Y sí, también conlleva poner límites con mi mamá… pero desde otro lugar. No desde el enojo, sino desde la claridad.
Entender cuándo algo me duele, cuándo necesito tomar distancia.
No necesito que ella cambie para yo estar bien. Basta con que yo cambie la forma en la que me relaciono con ella.
Esto implica mirarme con honestidad. Porque a veces no repetimos lo mismo, pero hacemos lo contrario con la misma intensidad. Y eso… también ata.
Hoy no necesito que mi mamá esté de acuerdo con todo lo que soy para poder quererla. Ni ser la hija que ella imaginó para estar en paz conmigo.
Porque al fin entendí algo que me cambió por completo: no se trata de tener la relación perfecta, se trata de tener una relación posible. Una donde quepa lo que dolió… pero también aquello que sí supimos construir.
Yo hoy la veo distinto. Y en ese cambio de mirada, algo encuentra su lugar.
No porque todo esté resuelto. Sino porque ya no estoy peleando con lo que es.
Y desde ahí, amar a mamá deja de ser una exigencia; se vuelve una elección. Una donde también quepo yo.

