Por Cyntia Moncada
La maternidad adolescente no comienza con un embarazo, sino mucho antes: en los discursos que idealizan la maternidad como destino inevitable y silencian las condiciones sociales que la rodean. Esta columna invita a cuestionar esos imaginarios y a ampliar las posibilidades de vida para las adolescentes.
Nos enseñaron que la maternidad era ese destino inevitable hacia la plenitud. Nos dijeron que ser madres era una forma de trascender. El sistema coloca la maternidad, aún hoy, como un ideal de abnegación: donde todo se puede, donde todo se da y donde todo cobra sentido. Pero pocas veces nos dijeron que, en ese “todo”, también hay renuncias.
Recuerdo que, unos años después de graduarme de la universidad, llegué con mi abuela para contarle todo lo que estaba haciendo y los proyectos que tenía. Ella estaba orgullosa y sonreía. Luego, un pensamiento transformó su entusiasmo en preocupación:
—Ay, mija, y con tantas cosas, ¿cuándo vas a ser mamá?
Aunque tenía una visión progresista, incluso para el contexto en el que creció, esa idea también la atravesaba. Hablaba ella, pero también hablaban generaciones de ancestras que aprendieron que, para estar completas, tenían que ser madres.
El sistema nos ha presentado la maternidad como un refugio; el lugar donde nunca estaremos solas, ese destino en el que todo se acomoda y florece. Pero poco se habla de las condiciones necesarias para sostenerla en la realidad. Y esas condiciones no son un detalle menor: están atravesadas por desigualdades, contextos de violencia, falta de información, ausencia de autonomía, escasas redes de apoyo y un sistema que no sostiene los cuidados, la conciliación entre la vida laboral y familiar ni la salud mental.
Ahí, entre lo que omitimos y lo que idealizamos, comienza a contarse una parte de la historia del embarazo adolescente. Porque, si la maternidad es el lugar donde todo cobra sentido, ¿qué importa adelantarla?, ¿qué importa ahorrar años?
Aunque la maternidad en la adolescencia —entre los 15 y los 19 años— es un fenómeno complejo que no puede explicarse desde una sola causa, la idealización de la maternidad puede convertirse en una semilla que, al cruzarse con otros factores, termina por transformarse en una posibilidad.
Durante un ejercicio de participación con adolescentes, les preguntamos cuáles consideraban que eran las razones por las que ocurría un embarazo a esa edad. Una respuesta aparecía una y otra vez: —Para huir de los problemas en su casa.
En ese escenario, construir una familia propia parece la promesa de una vida distinta, una aparente salida. Sin embargo, muchas veces esa promesa no rompe el ciclo: solo lo reconfigura. Se traduce en relaciones desiguales, ausencia de redes de apoyo y falta de herramientas para salir de él.
Y aquí también habría que hablar de quienes participan en esas historias y casi nunca aparecen como responsables. Pero esa merece otra conversación urgente.
Las estadísticas muestran que, en México, el 74.9 % de las mujeres que fueron madres durante la adolescencia presentan rezago educativo y que el 67.4 % nunca ha cotizado en un sistema de seguridad social.
Como sociedad, desromantizar la maternidad significa dejar de colocarla en un pedestal y empezar a verla desde la realidad, no como un sueño idílico ni como un destino inevitable. Significa reconocer las condiciones necesarias para ejercerla con dignidad.
Cuestionar la maternidad no es atacarla; es desenmarañar su complejidad. Y sí, la romantización de la maternidad es apenas uno de los múltiples factores que intervienen en el embarazo adolescente, pero también es uno de los aspectos sobre los que la sociedad sí puede actuar.
Cuando cuestionamos los discursos que repetimos y reconocemos las condiciones en las que ocurre un embarazo adolescente, dejamos de imponer la maternidad como mandato. Si ampliamos el horizonte de posibilidades para las adolescentes, sus vidas dejan de estar definidas por un solo camino y se abre un mundo de decisiones libres, informadas y acompañadas.

