Amor de papá

Por Clara F. Zapata Tarrés

Acaba de pasar el Día del Padre. Y la realidad es que no todas tenemos un papá presente. No todas contamos con una figura paterna cercana. No todas compartimos una historia sencilla con nuestros padres o con el padre de nuestras hijas e hijos.

La relación con esta figura suele ser compleja. Profunda. Ambivalente. Honestamente, conozco muy pocas relaciones entre padres e hijas que sean completamente equilibradas, serenas o pausadas.

Un ejercicio para sanar la relación con tu padre

La semana pasada, un amigo nos propuso un ejercicio profundamente revelador. Puede ayudarte a sanar, poco a poco, este vínculo. Y quizá también pueda regalarte la oportunidad de crear una relación nueva: renovada, más consciente y más sana.

Elige una fotografía significativa

Busca una fotografía en la que aparezcas con tu padre.

Puede ser una imagen de cuando eras bebé, niña o adolescente. Incluso puede ser una fotografía reciente, siendo ya adulta.

Obsérvala durante unos minutos.

Permítete estar ahí.

Conecta con ese momento

Comienza a traer al presente los recuerdos de ese instante en el que alguien hizo sonar ese “click” de las cámaras antiguas.

Pregúntate:

  • ¿A dónde me lleva esta imagen?
  • ¿Qué recuerdos aparecen?
  • ¿Qué olores había?
  • ¿Qué colores recuerdas?
  • ¿Qué sonidos estaban presentes?
  • ¿Cómo era ese lugar?

Observa también tu expresión.

¿Había alegría?
¿Seriedad?
¿Tristeza?
¿Asombro?

Y después míralo a él.

¿Cómo se veía tu papá?
¿Cómo eran sus manos?
¿Cómo era su mirada?
¿Había algo especial en ella?

Deja que las emociones aparezcan

Poco a poco comenzarán a aflorar emociones y sentimientos.

Nómbralos.

Descríbelos con la mayor honestidad posible.

¿Qué está ocurriendo en tu corazón?

Permanece ahí un poco más.

Evita que tu mente entre a juzgar, analizar o emitir opiniones. No racionalices todavía.

Solo siente.

Permite que la emoción llegue.

Invítala.

Puedes escribir todo en una hoja o simplemente guardar la experiencia en tu memoria.

Incluso en el dolor, también hay recuerdos suaves

Aunque las circunstancias hayan sido difíciles…
Aunque tu historia con tu padre no haya sido la que deseabas…
Aunque haya habido sufrimiento, ausencia o desacuerdos…

Es posible que, de pronto, aparezcan recuerdos suaves.

Quizá una noche de verano viendo las estrellas.

Tal vez una canción que cantaban juntos.

Una tarde leyendo un libro.

Escuchando música.

Puede aparecer el recuerdo de un abrazo. Una palmada en tu espalda. Una caricia en tu cabeza. Una frase que él repetía. O simplemente una mirada llena de ternura.

Atesora ese momento.

El perdón como camino de sanación

Haz el ejercicio de perdonar.

Pero quizá lo más importante es comprender que muchas veces el perdón no empieza hacia el otro.

Empieza hacia una misma.

Hacia esa parte esencial que hoy comienza a sanar.

Te invito a vivir esta introspección.

Sin duda, puede convertirse en el inicio de una forma distinta de sentir, comprender e interpretar este vínculo.

Mi historia con mi padre

Yo recuerdo a mi padre como un hombre autoritario. Muy exigente en términos académicos. Sumamente terco cuando se trataba de que sus expectativas se cumplieran.

El proceso de sanación no ha sido sencillo.

Porque llega un momento en el que entendemos algo profundamente liberador: no podemos exigirle a otra persona que cambie.

Eso, en realidad, es casi imposible.

Después de años de terapia, he entendido que el cambio verdadero comienza en nosotras.

Y hay una frase que he comprobado una y otra vez:

Si tú cambias, lo que está a tu alrededor cambia también.

Maduramos.

Aprendemos a separar lo que ocurre en nuestra mente de lo que sucede en nuestro corazón.

Poco a poco dejamos de reaccionar desde las heridas del pasado.

Nos volvemos más presentes.

Más conscientes.

Y desde ahí, algo cambia.

Cuando una relación se transforma

Nunca imaginé que mi relación con mi padre pudiera cambiar.

Sin embargo, el 2 de diciembre de 2023, mi madre murió.

Ese día, mi papá y yo comenzamos una nueva historia.

Gracias al trabajo personal que yo había venido haciendo —y también porque sus propias estructuras internas se estremecieron profundamente— algo se transformó en él.

Se dio permiso de sentir.

Nunca lo había visto llorar tanto en toda mi vida.

Los casi tres años posteriores a la muerte de mi madre han sido una sorpresa profundamente conmovedora.

Lo que yo anhelaba desde mis primeros recuerdos infantiles era verlo permitirse sentir. Mostrar sensibilidad. Habitar su vulnerabilidad.

Hoy, a sus 83 años, lo está logrando.

Y eso me ha permitido crear una relación completamente inesperada.

Nueva.

Inimaginable.

Siempre hay esperanza

Todavía hay trabajo por hacer.

Siempre lo habrá.

Pero todo comienza desde la curiosidad.

Desde el deseo genuino de conocer esas otras facetas de nuestros padres.

De aprender.

Y también de desaprender.

De soltar aquello que no nos gustaba y que quedó incrustado en nuestra historia.

Sí, sanar requiere valentía.

Pero vale la pena.

Porque hay esperanza.

Y porque, incluso en vínculos profundamente complejos, otros caminos siempre son posibles.



LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here