Por: Ana Victoria Zamora
Imagínate que está en tus manos enseñar algo que te hace ser única, pertenecer. Algo que aprendiste desde niña, que quizá dabas por hecho, pero que, de pronto, alguien de otro país mira con curiosidad y te hace descubrir de nuevo.
Debo ser honesta: antes de este Mundial nunca había sentido tanto orgullo de ser mexicana. La vibra que se transmite es algo único.
Hay una emoción en el aire, una manera de celebrar, de abrazar, de hacer sentir a cualquiera que acaba de llegar que también tiene un lugar en nuestra mesa.
Tengo la fortuna de convivir diariamente con extranjeros: desde alumnitos y alumnas de Corea del Sur hasta europeos guapísimos y rompecorazones que llegan a mi vida con sus idiomas, sus costumbres y esa curiosidad que tanto me encanta.
Y es que enseñar idiomas me ha regalado mucho más que palabras. Me ha enseñado que cada idioma tiene una manera distinta de mirar el mundo. Que un “te quiero” no siempre se siente igual que un “I love you”, y que hay cosas que simplemente no se traducen: se viven.
Pero si hay algo que disfruto especialmente, es compartir mi cultura.
Me encanta explicar por qué ponemos ofrendas en Día de Muertos, por qué una piñata tiene siete picos, por qué el mariachi nos pone la piel chinita o por qué en México podemos convertir una reunión cualquiera en una fiesta. Me emociona ver la cara de un extranjero cuando prueba un taco por primera vez, cuando descubre que el mole no es solamente una salsa o cuando intenta decir “¿mande?”‘ y termina inventando una palabra completamente nueva.
También me encanta enseñarles que México no es solamente tequila, sombreros y playas. Que somos historia, arte, música, literatura, lenguas indígenas, familias que se reúnen alrededor de una mesa y personas que, aunque tengan poco, siempre encuentran la manera de compartir.
Porque compartir cultura no es presumir que la nuestra es mejor. Es decir: “Esto soy yo, esto me ha formado, esto me hace feliz. ¿Y tú, qué me quieres enseñar de ti?”.
Quizá por eso me gusta tanto convivir con extranjeros. Mientras yo les enseño a decir “¡qué padre!”, ellos me enseñan otras formas de entender la vida. Me cuentan de sus ciudades, sus familias, sus tradiciones y esas palabras que no existen en español. Y yo, que soy una apasionada de los idiomas, me quedo fascinada escuchando cómo una misma emoción puede tener tantos nombres.
Aunque debo confesar algo: hay una cultura que últimamente me interesa muchísimo más de lo que imaginaba. La europea.
Y no precisamente por sus museos, sus castillos o sus paisajes de pelicula… aunque tampoco me quejo.
Digamos que un europeo guapisimo llegó a mi vida y, sin pedir permiso, terminó robándome el corazón.
De pronto, enseñar México se volvió todavía más emocionante. Explicarle qué es un molcajete, por qué nos gusta tanto el picante, cómo se prepara una buena salsa o por qué decimos “ahorita” cuando a veces queremos decir “en un ratito” se convirtió en una de mis actividades favoritas.
Y lo más bonito es que él también me ha enseñado su mundo: sus palabras, sus costumbres, sus sabores y sus maneras de querer. Me ha hecho descubrir que la distancia puede ser complicada, sí, pero también una oportunidad para conocer a alguien de una forma que quizá nunca imaginaste.
Porque cuando dos culturas se encuentran, no solamente se comparten recetas o palabras. Se comparten historias, recuerdos, formas de ver la vida…. y, a veces, hasta el corazón.
Hoy, mientras veo la emoción que provoca este Mundial, pienso en lo bonito que es ser mexicana. En lo afortunada que soy de poder enseñar una parte de mi país todos los días. Y en que, aunque el mundo sea enorme, siempre hay algo que nos conecta.
Una palabra. Una canción. Un platillo. Una sonrisa.
O un mexicano que te enseña a comer chile… y termina enamorándote de México. Y quizá, sin darte cuenta, también de él.
Porque, al final, mi México puede ser tu México. Y qué bonito es cuando alguien de otro lugar lo mira con los mismos ojos de amor con los que tú lo has mirado toda la vida.

